Me adentro en el libro de Isaías, donde desde sus primeros capítulos me encuentro con la tensión de un mensaje que contempla dos realidades: el juicio y la esperanza. En el capítulo uno el profeta pone patas arriba el énfasis de la religión, declarando lo siguiente: "¿Qué utilidad me reportan vuestros abundantes sacrificios? —dice el Señor—. Estoy harto de holocaustos de carneros, de la enjundia de cebones; no me agrada la sangre de novillos, de corderos y machos cabríos." (1:11) Diferentes eventos religiosos, muy importantes para la audiencia, son despreciados por quien hace de vocero de Dios. Se supone que estos eventos son para la adoración, sin embargo ¿De qué sirven si no nos conectan con la verdadera vida que Dios desea para su pueblo? La vida espiritual implica voluntad intencional para la transformación interior y desde ahí, nos involucramos en prácticas que buscan el bien del prójimo y nos sacan de la indiferencia ante las injusticias de los más desfavorecidos. Aun...
en una era denominada post-cristiana