jueves, 18 de julio de 2019

LEYES QUE NO TRANSFORMAN (LEVÍTICO 18-20)

Tras la explicación en el capítulo 16 y 17 de como llevar a cabo la fiesta de la expiación, Levítico nos sigue ofreciendo instrucciones acerca de como el pueblo de Dios debía mantenerse puro. Las leyes de pureza vista en los capítulos del 11 al 15 ayudaban a los hebreos a tener en cuenta la santidad de Dios en medio de la vida cotidiana. Como señalamos, estar impuro, no era necesariamente algo malo, de hecho era inevitable en medio de los procesos naturales, lo que no debía el pueblo de Dios, es acercarse a Dios en estado de impureza, lo cual les llevaba a participar en una serie de rituales que les permitía tener en cuenta a Dios en medio de cada área de la vida cotidiana: el trabajo, la sexualidad, las enfermedades etc.

En la porción de Levítico en la que nos adentramos hoy, los Israelitas son llamados a vivir de una manera diferente a como vivían los Egipcios y los Cananeos.

"No haréis como se hace en Egipto donde habitasteis; ni haréis como se hace en Canaán adonde yo os conduzco; ni seguiréis sus costumbres." (18:3)

De ahí que nos adentramos en una serie de leyes que van a introducir una manera diferente de vivir, que va a ser muy revolucionaria en la época y que va a afectar, al menos a la integridad sexual, la ayuda a los pobres y la justicia social.

En Egipto y Canaán existían prácticas sexuales permitidas, muchas de ellas de carácter religioso, que incluían actos homosexuales y heterosexuales de incesto y aun con animales. El pueblo de Dios está llamado a vivir una sexualidad diferente:

"No permitirás que ninguno de tus hijos sea sacrificado a Moloc, profanando así el nombre de tu Dios. Yo soy el Señor. No te acostarás con un hombre como se hace con una mujer; es una cosa aborrecible. No tendrás relaciones carnales con ningún animal contaminándote con él, ni tampoco las tendrá mujer alguna con él; es una perversión." (18: 21-23)

En Egipto, los israelitas fueron oprimidos trabajando sin descanso, sin embargo, ellos debían tratar al extranjero de manera diferente a como habían sido tratados:

"Cuando un extranjero resida en vuestra tierra con vosotros, no lo oprimáis; deberá ser considerado como un nacido en el país y lo amarás como a ti mismo, porque también vosotros fuisteis extranjeros en el país de Egipto. Yo soy el Señor, vuestro Dios." (19:33)

Ellos debían tener en cuenta a los pobres en medio de la comunidad:

"Tampoco harás rebusco de tu viña ni recogerás los frutos caídos de tu huerto; los dejarás para el pobre y para el extranjero. Yo soy el Señor, vuestro Dios." (19:10)

En medio de la vida social, los Israelitas son llamados a vivir justamente, sin hacer favoritismos:

"No procederás injustamente en los juicios, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al poderoso; juzgarás con justicia a tu prójimo." (19:15)

Para ello, se hace esencial tratar con motivaciones incorrectas como el odio y el rencor:

"No guardarás odio a tu hermano en tu corazón; reprenderás a tu prójimo y así no participarás de su pecado. No serás rencoroso ni vengativo con tus compatriotas, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor." (19:17-18)

El capítulo 20 viene a ser un código penal de la época, el cual debía ser aplicado con el fin de evitar aquellos comportamientos que llevaban al pueblo a ser semejante a las naciones corruptas e impuras. Entre los castigos, la pena de muerte está muy presente, lo cual nos trasmite la gravedad de actuar de maneras que permitan que la corrupción y la maldad se expanda.

"Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, los dos adúlteros serán castigados con la muerte." (20:10)

¿Cómo nos enfrentamos a estas leyes y castigos como cristianos en el día de hoy?

Es muy triste cuando el lector contemporáneo ignora el contexto histórico del momento y usa estos pasajes para defender, por ejemplo, la pena de muerte en nuestros días. Y ni digamos de aquellos países, que en el día de hoy mantienen la agresión y la muerte para quienes practican la homosexualidad o cualquier otra conducta sexual no permitida. No acercarnos a Levítico con las gafas que nos ofrece Jesús y su mensaje, nos puede llevar a conclusiones nefastas en nuestra lectura.

Por otro lado, el nuevo testamento nos recuerda que la ley, por útil y necesaria que fuera en las sociedades más primitivas o hoy en día en las consideradas más avanzadas, no tiene poder para transformar el corazón. La ley nos muestra el camino que debiéramos transitar, pero no nos da el poder para hacerlo, además, aun andando conforme a la ley, no estamos garantizando que exista un cambio profundo del corazón, tan solo conseguimos un "blanqueado superficial", dejando el interior sucio. Esto nos permite entender a Jesús cuando se dirigía a aquellos que se especializaban en cumplir con la ley hebrea:

"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia." (Mateo 23:27)

Las leyes en Levítico me recuerdan mi llamado a vivir una vida diferente a como la viven los corruptos e injustos ¿acaso no anhelo una vida en armonía con el AMOR en mayúscula? Sin embargo, tratar de vivir en justicia y rectitud, sin un corazón recto y justo, tan solo dará de mi acciones legalistas que me acabarán esclavizando.

Las buenas noticias, es que lo que la ley no puede lograr, Jesús si lo ha logrado:

"Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz." (Romanos 8:3-6)

La vida en el Reino me permite un contacto con Dios diario que trae transformación: los pensamientos que acaban en actos de justicia, son naturales y no el fruto del esfuerzo con el que tratamos de salvarnos a nosotros mismos "Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu".

La porción de hoy nos muestra a un pueblo que es llamado a vivir de una manera diferente a como lo hacían las naciones corruptas, sin embargo, a lo largo de nuestra lectura en el Nuevo Testamento, descubrimos que el pueblo que fue rescatado del Faraón, tenía que ser liberado de un faraon que llevaban en su interior, por lo que sus leyes fueron incapaces de transformar lo profundo del corazón.

Nosotros, al igual que Israel, somos llamados a vivir de una manera diferente en medio de todas las áreas de nuestras vidas. Somos llamados a actuar con integridad y rectitud en medio de nuestros hogares, lugares de trabajo, de estudio, vecindarios y allí donde disfrutamos del ocio y el placer. En realidad, nuestro llamado es a rendir todas las áreas de nuestra vida a Dios. Para ello, las reglas y normas de poco nos servirán si no hay una rendición honesta ante el dador de la Vida, donde nuestras limitaciones y contradicciones sean reconocidas y no encubiertas. La gran historia bíblica nos enseña que nuestras actuaciones rectas y justas de poco sirven si son solo el fruto de nuestro esfuerzo por cumplir con normas y leyes externas, Dios nos propone una transformación interna, para que nuestras acciones broten desde lo que llegamos a ser en nuestro interior a través de una relación de gracia y amor con Él.

¿Cómo vamos a vivir en medio de un mundo que no tiene en cuenta a Dios? ¿Qué prácticas me ayudan a una vida de sometimiento y rendición ante Él? ¿Qué leyes o normas ponen al descubierto mis contradicciones y necesidad de ser transformado?





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martes, 9 de julio de 2019

Llego a lo que muchos consideran el corazón de Levítico. Los capítulos 16 y 17 nos dan instrucciones acerca de una de las celebraciones que llegaron a ser más importantes para Israel: "El día de la expiación".

Recordemos que Levítico nos sitúa ante la realidad de que Dios es santo y que estamos ante un pueblo que se ha hecho numeroso y donde el pecado está presente. Recordemos también que la santidad de Dios es en un sentido como el Sol, necesario para la vida, pero peligroso si nos acercamos demasiado sin la protección adecuada. Levítico nos está dando instrucciones de como acercarnos a la "VIDA" sin ser destruidos, lo que pasa necesariamente por un reconocimiento de que nuestro estado actual no es adecuado y necesita una protección especial.

La fiesta de la expiación se celebraba anualmente y con ella se tenía en cuenta todo el pecado que podía estar presente, aun de manera inadvertida, en medio del pueblo, lo que conllevaba a la necesidad de ser limpiados de toda maldad y así estar protegido de las terribles consecuencias de una vida inadecuada. Dicha limpieza anual se llevaba a cabo en un contexto contemplativo de descanso y uso del ayuno:

"Será para vosotros un sábado de descanso absoluto y de ayuno; es una norma perpetua." (16:31)

El ritual incluía dos animales: uno de ello era sacrificado y el otro era soltado en el desierto, al que se le ha denominado el "chivo expiatorio":

"allí echará a suerte los dos machos cabríos: uno será para el Señor y el otro para Azazel. Tomará Aarón el macho cabrío que le haya tocado en suerte al Señor y lo ofrecerá en ofrenda de purificación. En cuanto al macho cabrío que le haya tocado en suerte a Azazel, lo presentará vivo ante el Señor para hacer con él el rito de expiación y enviarlo luego al desierto para Azazel." (16:8-10)

El capítulo 17 nos arroja luz acerca del simbolismo del sacrificio, recordándonos que para los hebreos, la sangre es símbolo de vida:

"Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo os he dado la sangre para hacer expiación sobre el altar por vuestras vidas; pues la sangre hace expiación por la persona." (17:11)

Para el hebreo, la sangre actúa, en un sentido, como un "desinfectante" ante todo lo que nos sitúa en el lado de la muerte. De ahí que la sangre en tales sacrificios, se derramaba y también se esparcía. La muerte del animal, sin embargo, nos recuerda las consecuencias del pecado.

El simbolismo del "chivo expiatorio", sobre el que se le imponía las manos para traspasar los pecados cometidos,  nos recuerda que el pecado es alejado del pueblo, lo cual nos hace pensar en que la culpa es quitada, Dios arroja nuestras iniquidades a lo profundo del mar y no se acuerda más de nuestras maldades.

¡Cuán importante es esta idea de ser libres del pecado y de la culpa! El reconocimiento de que nuestra manera de vivir nos daña a nosotros mismos y a otros, no solo nos empuja a la necesidad de arrepentimiento, sino también a la necesidad de ser libres de unas consecuencias que nos es imposible remediar de manera perfecta, pues el pecado, deja grietas en las vidas, y desde ahí se sigue extendiendo en dimensiones imposibles de controlar para nosotros.

En la fiesta de la expiación, la sangre que se derramaba y el chivo que se alejaba, hablaba anualmente al pueblo de que Dios provee limpieza y perdón. El gran privilegio para nosotros, es poder acercarnos a estos rituales levítico desde este momento histórico, donde Enmanuel, Dios con nosotros, ha tomado el lugar sacrifical del cordero, derramando la sangre que limpia una vez y para siempre, perdonando nuestros pecados y abriendo el proceso a través del cual todo lo que el pecado ha estropeado será restaurado.

Dios no solo proveyó una serie de ritos para cubrir, en realidad ha provisto una solución total y eficaz en Jesús, el libro de Hebreos lo dice así:

"Bajo el sistema antiguo, la sangre de cabras y toros y las cenizas de una novilla podían limpiar el cuerpo de las personas que estaban ceremonialmente impuras. Imagínense cuánto más la sangre de Cristo nos purificará la conciencia de acciones pecaminosas para que adoremos al Dios viviente. Pues por el poder del Espíritu eterno, Cristo se ofreció a sí mismo a Dios como sacrificio perfecto por nuestros pecados. Por eso él es el mediador de un nuevo pacto entre Dios y la gente, para que todos los que son llamados puedan recibir la herencia eterna que Dios les ha prometido. Pues Cristo murió para librarlos del castigo por los pecados que habían cometido bajo ese primer pacto." (Hebreos 9:13-15)

Estoy en un momento en mi vida, en el que muchos puntos ciegos han recibido luz. Esta luz no ha sido agradable al principio, pues ha mostrado aspectos en mí que están desordenados y que me hacen daño no solo a mi, también a otros a mi alrededor. Sin el reconocimiento de tales aspectos miserables en mi, el cambio de actitud no es posible. Sin embargo, he de reconocer otro aspecto que dificulta mi cambio de dirección, me refiero al sentimiento de culpa que a menudo me acompaña. He logrado ver, que cuando la culpa nos inunda, esta no solo nos hace sentir ineptos, sino que con facilidad nos lleva a ver a otros también como inaceptables. Acabamos exigiendo a los demás lo que nos exigimos a nosotros mismos, por lo general, acabamos viendo en los demás, lo que nos cuesta ver en nosotros mismos. Todo este proceso es muy común y explicable desde el campo de la psicología.

Dios quiere que medite hoy en ese animal que representa mis pecados y que vea como muere y se aleja. Además puedo ver este simbolismo en su cumplimiento, por lo que Dios desea que experimente que  la sangre de Cristo nos purificará la conciencia de acciones pecaminosas para que adoremos al Dios viviente. 

¿Recuerdas el pasaje en el que Isaías tiene una visión en la que ve la gloria de Dios y espera morir por ello? Un ángel tomó un carbón ardiendo y tocó sus labios y mira lo que le dijo:

"y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado." (Isaías 6:7)

Jesús es ese carbón ardiendo que me permite estar delante de Dios al quitar mi pecado y toda culpa.

Sin embargo, aunque podemos entender intelectualmente esta realidad, también es posible que no la estemos experimentando en nuestra vida diaria. Es frecuente que nos tratemos sin compasión, que nos sintamos culpables y que ni siquiera lo sepamos. Una señal de que eso está ocurriendo en nosotros, es nuestra tendencia a ver como culpables a los demás de lo que nos pasa a nosotros y lo que pasa en el mundo, lo cual muy sutilmente, resta importancia a nuestra propia responsabilidad.

Jesús nos perdona, nos quita la culpa, y todo ello no para dejarnos de brazos cruzados, sino para que podamos andar en el camino de la responsabilidad, donde nos disponemos a manejar nuestros impulsos incontrolables y a modificar nuestras respuestas inadecuadas en un proceso que denominamos discipulado y en el que dependemos de su Espíritu Santo: un camino responsable y sin culpa, gracias a la obra de Cristo.

¿De qué manera se manifiesta la culpa en tu vida? ¿Qué crees que te lleva a ver a los demás como culpables? ¿Qué prácticas individuales o comunitarias te pueden ayudar a ser libre de la culpa?



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jueves, 4 de julio de 2019

Los capítulos del 11 al 15 nos introducen en una serie de rituales para la purificación que pueden llegar a ser muy extraños para el lector occidental.

Uno de los elementos que encontramos en esta porción, son las normas de la dieta kosher, la cual es usada hasta el día de hoy por los judíos y que entre sus características hasta la época, incluye no tomar de ciertos alimentos. Creo que es importante resaltar que en caso de comer carne, la alimentación kosher incluye matar al animal con una técnica  que reduce el sufrimiento y que conlleva una actitud de respeto ante un acto tan dramático.

"Hablad a los hijos de Israel y decidles: Estos son los animales que comeréis de entre todos los animales que hay sobre la tierra." (11:1)

Los términos "pureza" e "impureza", tan frecuente en esta porción, nos van a dar la visión de dos realidades, Dios que es Santo está relacionado con todo lo que es limpio y puro, básicamente con lo que está mejor conectado con la vida. Aquello que se considera impuro nos recuerda lo sucio o la degradación y nos acerca a la realidad de la muerte.

Hemos de tener en cuenta que estar impuro en el contexto de Levítico, no siempre significa algo malo, de hecho, en medio de la vida natural y cotidiana, era inevitable no estar impuro, incluso muchas de estas ocasiones podemos considerarlas legítimas e incluso pueden estar motivadas por razones benévolas o ciclos naturales, por ejemplo: el dar a luz, los ciclos menstruales, el flujo de semen o el contacto con un animal que ha muerto o con alguien que está enfermo.

"Habla a los hijos de Israel y diles: La mujer cuando conciba y dé a luz varón, será inmunda siete días; conforme a los días de su menstruación será inmunda. Y al octavo día se circuncidará al niño." (12:2-3)

"Hablad a los hijos de Israel y decidles: Cualquier varón, cuando tuviere flujo de semen, será inmundo." (15:2)

Con respecto a los casos de moho en casas y tejidos y enfermedades de la piel, los sacerdotes parece que tomaban un papel sanitario importante a la hora de diagnosticar y declarar limpio:

"Mas cuando la carne viva cambiare y se volviere blanca, entonces vendrá al sacerdote, y el sacerdote mirará; y si la llaga se hubiere vuelto blanca, el sacerdote declarará limpio al que tenía la llaga, y será limpio." (13:16-17)

No obstante, el texto no deja claro las razones de tener ciertos elementos y circunstancias como impuras, aunque algunos relacionan, al menos en parte, con reglas sanitarias comunitarias que buscan proteger al pueblo de enfermedades.

Lo que si está claro es que cuando alguien se encontraba ante un estado de impureza, tomaba conciencia del mismo y llevaba a cabo un ritual a través del cual volvía a acercarse de nuevo al lugar donde la santidad de Dios, lo puro y la Vida con mayúscula era más evidente. Estas prácticas les permitía tomar conciencia al pueblo de que en el día a día no podemos ignorar que estamos rodeados de un mundo contaminado y que aun así, este Dios que es Santo y Puro, ha decidido que los seres humanos no tengan que vivir lejos de él, sino que puedan acercarse con confianza.

Mirar todo esto tras conocer las enseñanzas de Jesús y su sacrificio perfecto en la cruz para reconciliarnos con Dios, da valor a la iniciativa divina para restaurarnos. A la vez, no puedo dejar de pensar en que Jesús, en medio de una cultura judía llena de ritos, trae luz ante lo que verdaderamente es importante:

"Nada externo al ser humano puede hacerlo impuro. Lo que realmente hace impuro a uno es lo que sale del corazón." (Marcos 7:15)

Ya los profetas habían declarado, que las solemnidades, fiestas y sacrificios de nada servían sin un corazón inclinado a hacer el bien. Es decir, si todos estos rituales, no nos ayudaban a mantener un espíritu humillado que reconoce que solo Dios puede salvarnos de nuestra grave contaminación y por tanto nos disponemos a someternos a él, lo único que nos queda son ritos que el mismo Dios aborrece:

"Odio y aborrezco vuestras solemnidades, y no me complazco en vuestras asambleas. Y si me ofrecéis vuestros holocaustos y vuestras ofrendas, no los recibiré, ni miraré a las ofrendas de paz de vuestros animales engordados. Aleja de mí la multitud de tus cantares, pues no escucharé las salmodias de tus instrumentos.Pero corra el derecho como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo." (Amós 5:21-24)

El corazón del asunto, es un asunto del corazón, y eso no podemos perderlo de vista. En palabras del apóstol Pablo:

"Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres;" (Colosenses 3:23)

Cuando nos rendimos a Dios y nos disponemos a actuar en cualquier asunto de la vida teniendo en cuenta su voluntad, es cuando estamos en zona sagrada, independientemente de que lo que realicemos esté relacionado con el hogar, el trabajo, el ocio o el placer. De igual manera, cuando lo que hacemos, está motivado por actitudes incorrectas (podemos ayudar a alguien o predicar buscando el aplauso de otros, por ejemplo), nuestras acciones están en el terreno profano.

Sin embargo, las prácticas en Levítico, me hacen pensar en la necesidad de tomar conciencia de que vivimos en un mundo en el que continuamente estamos expuestos a que nuestra manera de pensar y actuar se vea contaminada por el egoísmo, la arrogancia o la lujuria y eso me lleva a buscar maneras para evitar todo aquello que acabará creando distancia con el Amor y la Vida. Por tanto, me quedo dos cosas para meditar tras esta porción:

Primero: ¿Cuál es la manera en la que tomo consciencia de la realidad del pecado y mi necesidad de ser apto ante Dios? (Pienso en ritmos de oraciones, Santa Cena, Bautismo...)

Segundo: ¿De qué manera estas señales en el Camino me mantienen alineado con el único que puede limpiarme y transformarme y de qué manera estas tradiciones pueden convertirse en algo abominable para Dios?





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lunes, 24 de junio de 2019

SANTIDAD PELIGROSA (LEVÍTICO 8-10)

En los capítulos del 8 al 10 nos encontramos con el rito de consagración de los sacerdotes, que va a permitir que Aarón y sus hijos puedan entrar a la presencia del Dios que es Santo. Moisés les trasmite lo que han de hacer y ellos obedecen:

"Y Aarón y sus hijos cumplieron todo lo que el Señor había ordenado por medio de Moisés." (8:36)

Después vemos el inicio del servicio sacerdotal y como se logra entrar en la Tienda del encuentro, lugar donde la presencia de Dios es intensa. El acto se lleva a cabo de manera pública y finaliza con una manifestación poderosa de la presencia de Dios que lleva al pueblo a postrarse:

"Moisés y Aarón entraron en la Tienda del encuentro; cuando salieron, bendijeron al pueblo y la gloria del Señor se manifestó a todo el pueblo. Salió fuego de la presencia del Señor y consumió el holocausto y la grasa que estaba sobre el altar. Al verlo, todo el pueblo prorrumpió en gritos de júbilo y se postraron rostro en tierra." (9:23-24)

El capítulo 10 es más incómodo, ya que nos narra como dos de los hijos de Aarón, ofrecen fuego extraño en el ritual que deberían de llevar a cabo y en ese momento, son fulminados por el fuego de Dios:

"Nadab y Abihú, hijos de Aarón, tomaron sus incensarios, pusieron en ellos incienso sobre brasas encendidas y ofrecieron ante el Señor un fuego indebido que el Señor nunca les había ordenado. Entonces salió de la presencia del Señor un fuego que los consumió, y murieron ante el Señor." (10:1-2)

Es interesante que esta historia se cuente al inicio del ministerio sacerdotal en el pueblo hebreo y que nos recuerde otra historia parecida en el inicio de la iglesia Nueva Testamentaria tras el día de Pentecostés, donde Pedro saca a la luz el engaño de Ananías y Safira a través del dinero que la iglesia estaba ofreciendo tras las ventas de heredades:

"Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios. Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron.!" (Hechos 5:3-5)

Estos dos hechos de muertes fulminantes en el Antiguo y Nuevo Testamento son muy incómodos y nos llevan a la pregunta ¿Puede algo bueno destruir?

La Santidad de Dios en la Biblia no solo hace referencia al estado moralmente perfecto de Dios, sino también a la realidad de que el Creador es un ser único. Una metáfora que a menudo se usa para entender la santidad de Dios es el Sol. Esta estrella cercana a nuestro mundo es única, poderosa y fuente de vida, sin embargo, si pudiéramos acercarnos al Sol a través de una nave espacial, acabaríamos expuestos a una energía de calor irresistible y esta nos destruiría. No es que la santidad sea mala, lo que pasa es que es demasiado buena y todo aquello que sea mortal y corruptible no soportará la fuerza que irradia.

Ante esta realidad del ser divino, Levítico nos muestra el deseo de Dios de que el ser humano pueda acercarse a su presencia sin ser destruido, y es ahí donde empieza a tener sentido los rituales de pureza.

Estos pasajes incómodos son una referencia poderosa y eficaz para no tener en poco la realidad de la santidad de Dios. A mi me hace pensar, que si no soy fulminado como lo fueron los hijos de Aarón o Ananías y Safira, no es porque yo soy mejor que ellos, sino porque Dios muestra así su gracia y misericordia a pesar de mis impurezas.

Es la sangre de Cristo la que nos desinfecta de toda maldad, pues es la sangre de aquel que tomó nuestro lugar a través del sacrificio en la cruz. Por la obra de Cristo es que tengo entrada libre a la presencia de Dios. El que no caigamos fulminados y podamos acercarnos con plena confianza, es gracia a lo que el mismo ha provisto, sin embargo, sospecho que hago bien en usar estas historias dramáticas para no olvidar la realidad de que Dios no ha dejado de ser Santo y que su energía es peligrosamente buena ante toda maldad e injusticia en mi vida y en el mundo.

Ante la santidad de Dios, la corrupción no permanecerá, y ante la protección de Jesús, permaneceremos cerca de la llama que nos transforma en un proceso continuo sin destruirnos. Esto es motivo para alabarle y a la vez continuar en el proceso en el que me ha involucrado:

"porque escrito está: Sed santos, porque Yo soy santo." (1ª Pedro 1:16)

¿Cómo ser consciente de la santidad de Dios me lleva a valorar su misericordia y gracia? ¿Qué aspectos imperfectos de mi vida deben ser expuestos ante la obra purificadora de Dios? ¿De qué manera puedo exponer mi maldad ante Dios con honestidad, responsabilidad y liberado de toda culpa?




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viernes, 21 de junio de 2019

SACRIFICIO Y SANGRE (LEVÍTICO 1-7)

Adentrarme en el libro de Levítico siempre me ha parecido un reto, pero allá vamos. 

Lo primero que he de tener en cuenta es que esta obra es una invitación a vivir en la presencia de Dios a pesar del pecado del pueblo. Confieso que la descripción de los sacrificios de animales, con su derramamiento de sangre y actos de descuartizar, no me parece fácil de abordar, sin embargo, apartar las Escrituras cuando esta no cumple con mis parámetros de lo que es agradable de leer no es un buen criterio como discípulo. 

Los primeros 7 capítulos en los que me adentro hoy, nos ofrece los procedimientos para 5 clases de ofrendas diferentes, dos de ellas con el propósito de manifestar agradecimiento y tres de ellas con el propósito de tratar el pecado del pueblo. Estamos por tanto ante dos elementos importantes para la vida espiritual: vivir disfrutando lo que Dios ha creado a través de una actitud de gratitud y vivir enfrentando el comportamiento en nosotros que destruye y no agrada a Dios.

Levítico muestra una continuidad con los cinco primeros libros de las Escrituras, a los que llamamos el Pentateuco. Es muy interesante comprobar lo que dice el primer verso de este libro y el primer verso de Números (el siguiente libro en el orden del Pentateuco):

"El Señor llamó a Moisés y le habló en estos términos desde la Tienda del encuentro:" (Levítico 1:1)

"En el primer día del segundo mes, en el segundo año de la salida del país de Egipto, el Señor se dirigió a Moisés en el desierto de Sinaí, en la Tienda del encuentro, y le dijo:" (Números 1:1)

Nota como Levítico empieza con una llamada de Dios a Moisés desde la tienda, Moisés está fuera de la misma, lo cual nos habla de una distancia que produce la santidad de Dios. Algunos comparan la santidad de Dios con la energía del Sol, que siendo buena y necesaria para la vida, es también mortal para todo ser que trate de acercarse demasiado a esta gran bola de fuego. Sin embargo, Números habla de que Dios habla a Moisés no desde la tienda, sino en la tienda, lo cual nos hace ver que la distancia se ha acortado y lo que parecía imposible se ha hecho posible, es decir, Levítico ha contribuido a acercar al ser humano a Dios a pesar de nuestro pecado. 

Entre los elementos que han contribuido a este acercamiento se encuentran las ofrendas y sacrificios, las acciones sacerdotales y los ritos de purificación. La mayor parte de la liturgia en Levítico está lejos de nuestra realidad, lo cual nos empuja a contextualizar lo que leemos. 

No podemos perder de vista que en el momento en el que se escribe este libro, el pueblo hebreo vive en una cultura donde los sacrificios de animales son un lenguaje habitual del entorno. Los seres humanos identificaban los desastres naturales como una ira por parte de los dioses que debía ser aplacada de alguna forma, y los sacrificios era la manera elegida para tratar de complacer a unos dioses que siempre parecían enfadados e insaciables. Si bien el lenguaje de la época está muy vivo en Levítico, el significado de dicho lenguaje manifiesta todo una revolución en la manera de entender al Dios que adoran los hebreos. A diferencia de los pueblos politeistas, este Dios no está tratando de saciar su sed de sangre a través de sacrificios, sino de hacer consciente de la gravedad de la maldad y la injusticia en el mundo y buscando recuperar la distancia con el ser humano que ha escogido darle la espalda. 

Al poner los sacerdotes la mano sobre los animales, estaban haciendo un acto de traspasar el pecado. Es esto a lo que llamamos expiación. El animal toma el lugar de la persona y ahora le representa. La muerte del animal nos habla de la gravedad de la maldad y sus consecuencias. Cuando alguien nos daña, ese daño no queda ahí, crea heridas que continúan teniendo efectos en el entorno y contribuyendo a estropear lo que es hermoso y está en armonía. Podemos decir que la vida se ve infectada por el pecado y este empieza un proceso de deterioro que acaba en muerte. El rito de los sacrificios de animales, es duro y difícil, al menos para muchos lectores contemporáneos, pero no podemos negar que es poderoso en cuanto a manifestar las horribles consecuencias de los actos de maldad e injusticia en el mundo.

"Pondrá su mano sobre la cabeza del animal destinado al holocausto, para que el sacrificio sea aceptado como expiación de parte suya." (1:4)

También es interesante tener en cuenta, que para la cultura hebrea la sangre es el elemento que da vida. 

"Recuerden que la sangre es la que da vida a todo animal." (17:4a)

Saberlo nos permite entender porqué los sacerdotes salpicaban el entorno con la sangre. Es como si aquello que está podrido y muerto, recibiera lo único que le puede dar vida. La sangre se convierte así en la vacuna para que el pecado no produzca su efecto, la muerte. Es el detergente que acaba con la infección. 

"El sacerdote ungido tomará sangre del novillo y la traerá a la Tienda del encuentro; luego mojará su dedo en la sangre y hará con ella siete aspersiones hacia el velo del santuario, en presencia del Señor." (4:5-6)

Nuestro gran privilegio, es poder leer este libro antiguo a la luz de la obra de Cristo en la cruz. Entender Levítico en su contexto, da valor a la muerte de Cristo en nuestro lugar y al derramamiento de su sangre, nos permite entender mejor el mayor acto de amor que se puede dar en este mundo:

"Nadie tiene un amor mayor que éste: que uno dé su vida por sus amigos." (Juan 15:13)

Este Dios Santo, alejado de toda impureza, a diferencia de los otros dioses, decide acabar con los sacrificios en el mundo, haciéndose el mismo hombre, y tomando el lugar que nos corresponde. Un solo sacrificio por el cual somos libres de las consecuencias del pecado y una sola sangre que nos limpia de todo pecado. De hecho, el único sacrificio y la única sangre que puede tener dicho efecto. Todo lo demás, incluyendo el contenido de Levítico, es sombra de lo que iba a venir para librarnos de nuestra perdida condición. 

Retomando el asunto de estos primeros 7 capítulos, relacionado con 5 rituales (2 para el agradecimiento y 3 para tratar el pecado), pienso en como afecta estos temas a mi vida espiritual hoy.

Viene a mi mente el valor de mostrar agradecimiento a Dios, no solo por todo lo que cada día nos da en su misericordia (desde el aire que respiramos, la comida, hasta el disfrute de una puesta de sol y el tiempo de calidad con las personas a las que amamos) sino por librarme de la culpa a través del sacrificio de Cristo, mostrándonos el camino del AMOR con mayúscula, donde por propia voluntad, decidimos tomar en nosotros las consecuencias de las acciones erradas de otros, con el fin de restaurarle y librarle de la perdición. Eso es lo que Dios ha hecho y eso es lo que Jesús nos propone. 

¿Qué elementos comunitarios e individuales me ayudan a no perder de vista el mayor acto de amor que existe en el universo (el sacrificio de Cristo en mi lugar)? ¿Qué efectos produce en mi emociones y acciones el considerar la obra de Cristo en la cruz?






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miércoles, 12 de junio de 2019

Tras mostrar Pablo como es una familia cristiana en medio de un ambiente como el de Creta, ahora el apóstol pasa a describir una nueva clase de ciudadanos, señalando el tipo de conducta que se espera de los cristianos en el entorno civil cotidiano.

"Recuerda a los creyentes que deben someterse a las autoridades que gobiernan: que las obedezcan y estén prontos a colaborar en todo lo bueno que emprendan; que no ofendan a nadie ni se peleen con nadie; que se muestren afables y llenos de dulzura con todo el mundo." (3:1-2)

Pablo les recuerda que en otro tiempo, el vivir de manera descontrolada, bajo pasiones y placeres egoístas, en envidia y odiando al prójimo, era "el pan de cada día". Sin embargo, la entrada en escena de la bondad y el amor de Dios, es la causa para un nuevo estilo de vida.

"Porque también nosotros en otro tiempo fuimos irreflexivos y obstinados; anduvimos descarriados, esclavos de toda suerte de pasiones y placeres, y vivimos en la maldad y la envidia, odiados de todos y odiándonos unos a otros. Pero ahora se han hecho patentes la bondad y el amor que Dios, nuestro Salvador, tiene a los seres humanos." (3:3-4)

Nuevamente hemos de notar, que este tipo de comportamiento centrado en hacer el bien, no se exige desde la fuente del esfuerzo humano (aunque el esfuerzo es parte de nuestra responsabilidad), sino desde la fuente de la bondad y el amor de Dios. A la vez este regalo de Dios nos ha sido dado no en base a nuestras buenas obras, sino en base a su misericordia y a la acción del Espíritu Santo en nosotros.

"Él nos ha salvado no en virtud de nuestras buenas obras, sino por su misericordia; y lo ha hecho por medio del lavamiento que nos hace nacer de nuevo y por medio de la renovación del Espíritu Santo que Dios ha derramado sobre nosotros con abundancia a través de nuestro Salvador Jesucristo. Restablecidos así por la gracia de Dios en su amistad, hemos sido constituidos herederos con la esperanza de recibir la vida eterna." (3:5-7)

Una vez más, encontramos base para afirmar que el esfuerzo humano en hacer lo correcto, si bien debe estar presente, no tiene el poder de transformar el interior, tan solo el de "pintar la fallada". Las buenas noticias son, que lo que nosotros somos incapaces de hacer, Dios desea hacerlo.

No obstante, hay momentos en los que podemos preguntarnos ¿Tratar correctamente al que no me trata bien? ¿Ser respetuoso y amoroso con quien no cumple mis expectativas? Cuando a veces en mi comunidad cristiana hablamos de vivir de esta manera, muchos reconocemos que esto no nos nace y que nos cuesta mucho. Sin embargo, Dios no está poniendo una carga que no podamos llevar, recordemos las palabras de Jesús:

"porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga." (Mateo 11:30)

Lo realmente pesado es vivir en constante amargura, sin perdonar, sin hacer el bien a toda persona. Es cierto, que lo que las Escrituras demandan como conducta cristiana, a veces nos puede parecer un imposible, sin embargo, Dios, cuando eso ocurre, no nos llama a juzgarnos, ni a condenarnos, nos llama a reconocer con misericordia, bondad y gratitud nuestras limitaciones, arrojándonos en los brazos del único que puede transformar lo profundo de nuestro corazón. Si él no nos condena, nosotros tampoco debemos hacerlo. Hasta que su amor no nos libre de la culpabilidad y la dureza con la que nos tratamos, seguiremos en la trampa de intentar salvarnos a nosotros mismos.

Puedo contaros que en medio de una crisis familiar, decidimos buscar asesoramiento terapéutico. Recuerdo los difíciles momentos en los que el profesional señalaba aquellas partes de mi que no me gustaban y que yo trataba una y otra vez de justificar e ignorar. Sin embargo, el mirar a los ojos el monstruo que llevo dentro, sin juzgarlo y aceptándolo como una parte real de mi, me ayudó a colocarme en el lugar donde el amor de Dios se hace evidente. El "ni yo te condeno" de Jesús, ahora se pronunciaba para mi, pero con una diferencia; de ser una bonita declaración de compasión, se había convertido en una bomba atómica de amor que pone patas arribas mi interior. Conforme soy capaz de mirar con compasión mis miserias y monstruos internos, estos pierden fuerza, pues el amor de Dios se hace presente y no viene a condenarnos sino a transformarnos.

Teniendo en cuenta que la fuente de nuestras buenas obras parte del amor y la bondad de Dios que nos inunda, llama mi atención que Pablo insiste en poner delante de nosotros un objetivo que no podemos perder de vista a la hora de evaluar nuestra vida espiritual: la práctica del bien.

"Es esta una palabra digna de crédito y quiero que también tú insistas con tesón en ella para que, cuantos creen en Dios, se apliquen con entusiasmo a la práctica del bien. Esto es bueno y útil para todos." (3:8)

"Que nuestros hermanos aprendan a ser los primeros en la práctica del bien, ayudando en las necesidades más apremiantes, para que no sea su vida como un árbol sin frutos." (3:14)

¿No es cierto que a veces nuestras reuniones se enredan en debates teológicos o discusiones vanas y perdemos de vista nuestro llamado? Qué fácil es en las comunidades cristianas de occidente enfocarnos en debates infructuosos o en eventos ostentosos, en vez de animarnos unos a otros a la práctica del estilo de vida de Jesús.

"Evita, en cambio, las controversias estúpidas sobre genealogías, así como las acaloradas polémicas en torno a la ley; son insustanciales y no conducen a nada." (3:9)

Podemos concluir por tanto, que si bien, puede existir buenas obras desde motivaciones incorrectas (salvarnos a nosotros mismos o buscar el aplauso de las personas), no puede existir una obra profunda de Dios en el corazón sin buenas obras hacía los demás. De hecho, lo primero será una carga pesada de llevar (los fariseos son ejemplos) y lo segundo, es la vida natural del Espíritu, donde el yugo es fácil y la carga ligera. La nueva humanidad que este mundo necesita, brota allí donde la bondad y el amor de Dios se manifiesta, no para condenarnos o ponernos cargas pesadas, sino para quitarnos la culpa, para perdonarnos, para aligerar nuestras cargas y para sanar lo profundo de nuestro corazón. El resultado de tan magnífico proceso nos lleva al lugar donde podemos disfrutar de nuestro prójimo, aun cuando este no cumple nuestras expectativas y nos capacita para responder con la misma bondad y amor que Dios nos da en abundancia.




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