viernes, 18 de marzo de 2016

El capítulo 39 de Génesis es un ejemplo de integridad. José, una vez vendido por sus hermanos, acabó en Egipto en manos del jefe de la guardia del faraón llamado Potifar. Dice el texto que José era apuesto y atractivo y que la mujer de Potifar le propuso tener relaciones sexuales. Sin embargo, José se mantuvo firme en sus convicciones y se propuso no acceder a la tentación.

Sin embargo, actuar correctamente, no siempre trae de manera inmediata los beneficios que nos gustaría. La mujer de Potifar mintió y acusó a José de haber querido deshonrarla, usando como prueba la ropa que el joven dejó en sus manos cuando huyó ante la insistencia de ella a cometer adulterio e infidelidad, y esto hizo que Potifar pusiera a José en la cárcel injustamente.

Llama mi atención que esta escena empieza y acaba señalando algo: "el Señor estaba con José" (39:2 y 23). Sin embargo, esa realidad, también presente en muchos otros personajes bíblicos, ni aquí ni en otros texto significa ausencia de problemas, ni ser librado de injusticias.

Creer que andar en integridad es la llave para una vida de "color de rosa" es una fantasía, de la que algunos incluso se atreven a hacer teología. Los seguidores de Jesús no debemos olvidar las palabras del Maestro, cuando advirtió a sus discípulos que pasarían por tribulaciones. Ni debemos ignorar el consejo apostólico, de que si sufrimos por hacer el bien, estaremos pareciéndonos más a Cristo.

Si actuar en integridad, a veces puede meternos en más problemas, ¿por qué deberíamos tratar de ser íntegros?

La integridad es el resultado de unas convicciones profundas, donde manifestamos nuestro deseo de andar en justicia y verdad. Es el resultado de entender que la injusticia y la mentira solo hacen de este mundo un lugar peor. Aun aquellos que no contemplan la fe cristiana, se exponen a sufrir cuando se atreven a denunciar abiertamente acciones ante autoridades injustas y represivas o se niegan a actuar de manera que perjudiquen a otros. Muchos están en la cárcel precisamente por no ceder a lo que consideran falta de integridad a principios morales considerados universales.

Todo ello me hace pensar en las ocasiones en la que no he sido íntegro con mis convicciones para evitar molestias por parte de otros. Podemos mirar hacía otro lado ante las injusticias de los que nos rodean con el fin de no meternos en problemas con ellos, o podemos ceder nosotros mismos a hacer lo incorrecto, para quitarnos de encima un peso desagradable.

Sin embargo, viene a mi mente, que en mi fe, contemplo el que al final, toda obra justa y verdadera permanecerá y no quedará sepultada en la muerte. Lo falso e injusto quedará en la tumba, pero en Cristo, tenemos la esperanza de la resurrección. Toda acción de justicia, por tanto, es un vislumbre, de lo que al final vencerá y permanecerá por los siglos de los siglos. Si los que no contemplan esta esperanza, aun así están dispuesto a sufrir por la justicia, ¿Cuánto más deberíamos los que decimos confiar en las promesas de Dios?




0 comentarios:

Publicar un comentario