sábado, 23 de abril de 2016

En el capítulo 12 de 1ª de Corintios, el apóstol escribe acerca de la diversidad de dones en medio de la iglesia. No todos tenemos los mismos dones ni tampoco los ejercemos de la misma manera. Sin embargo, la eclesiología moderna, parece que hace un flaco favor a esa realidad. La monopolización de unos pocos en las reuniones, nos sumergen en una uniformidad cansina que pierde de vista la creatividad que Dios nos permite en la diversidad. A menudo nos movemos en estructuras "castradoras", que parecen buscar la unidad en elementos secundarios en vez de en Cristo mismo, como si hubiera vínculo más seguro. La iglesia Nuevo Testamentaria, como veremos en capítulos posteriores, usaban la participación en sus reuniones regulares. El modelo de culto actual, basado en la manifestación de los dones de uno o dos, es algo no solamente extraño para ellos, sino contradictorios con los énfasis y soluciones de Pablo. Los cristianos del primer siglo no tuvieron que enfrentar el consumismo religioso derivado de un modelo regular de reunión donde la mayoría permanece sentado.

Pablo está tratando problemas de unidad en medio de los corintios, y como es costumbre en el apóstol, está aplicando el evangelio ante cada situación cotidiana que le han planteado. El hecho de que nuestro vínculo de unión es Cristo, nos permite una nueva manera de movernos, donde la diversidad, en vez de una amenaza, como frecuentemente ocurre en el mundo, se convierte en la maravillosa oportunidad de manifestar las riquezas en Cristo, la belleza de la creatividad de Dios y la presencia activa de los muchos recursos de los que somos dotados para el ministerio.
Pablo espera que los corintios entiendan que cada miembro cumple una función "a fin de que no existan divisiones en el cuerpo, sino que todos los miembros por igual se preocupen unos de otros. Y así, cuando un miembro sufre, todos sufren con él, y cuando recibe una especial distinción, todos comparten su alegría." (12:25-26)

Es decir, la diversidad, en la política del Reino de Dios, en vez de ser un problema para la unidad, se convierte en la expresión de una necesidad. No todos tenemos lo que hace falta, nos necesitamos unos a otros, y somos llamados a vivir ministrando a otros que a la vez nos ministran a nosotros y de esta manera siendo sal y luz en el mundo. Cuando nos reunimos, esta posibilidad se lleva a cabo, se ejercita y se aprende, para luego seguir ejerciéndola fuera de las reuniones regulares.

Esto pone patas arriba la tendencia moderna de que los cristianos se agrupen en base a maestros célebres, enfoques ministeriales, confesiones de fe secundarias o modelos organizativos. Si creemos que podemos encontrar un mejor vínculo de unión que Cristo mismo, no solo no lo encontraremos, sino que nos perderemos las riquezas que Dios nos ofrece a través de la comunidad cristiana.

¿Las reuniones de mi comunidad cristiana reflejan la diversidad o la uniformidad? ¿Nuestro sistema eclesiológico celebra y potencia la acción de cada miembro, o más bien crea un efecto castrador?




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