lunes, 6 de junio de 2016

El mes de junio en mi comunidad cristiana nos hemos propuesto estar meditando en la segunda carta de Pablo a los Corintios. En estos días he escuchado la carta completa más de una vez, con el fin de tener un panorama general de la misma. No me cabe duda de que Pablo enfrenta conflictos importantes con esta comunidad; parece que algunos corintios pusieron en duda las intenciones del apóstol con el fin de restar credibilidad a su ministerio. Sin embargo, el deseo de Pablo para con ellos es:

"Que Dios, nuestro Padre, y Jesucristo, el Señor, os concedan gracia y paz." (1:2)

Gracia tiene que ver con sentirnos totalmente aceptados a pesar de lo que hemos hecho y somos, está relacionado con entender que Dios, aun con nuestras miserias, no nos ha abandonado, sino que por el contrario nos extiende su mano, nos ofrece su amor.

Paz tiene que ver no solamente con la ausencia de conflictos, sino con experimentar la realidad de la restauración de Dios en todas aquellas áreas que el pecado ha afectado. Es decir, el Shalom bíblico se relaciona con un estado de armonía con Dios, con nosotros mismos, con el prójimo y con la naturaleza.

Me pregunto: ¿estoy dispuesto a desear esto para aquellas personas que me causan problemas? Sospecho que no hay mejor deseo para ellos, ni mejor solución para un conflicto.

Sin embargo, lo que más ha llamado mi atención en este primer capítulo, son las siguientes palabras:

"Él es el que nos conforta en todos nuestros sufrimientos de manera que también nosotros podamos confortar a los que se hallan atribulados, gracias al consuelo que hemos recibido de Dios." (1:4)

Pablo señala los sufrimientos por los que ha pasado últimamente en su ministerio, lo cual supuso el perder la esperanza de seguir con vida (1:8). El tema del sufrimiento en esta carta nos recuerda principios importantes:

El primero es que por ser cristianos, no estamos exentos de pasar por dificultades y ser presa de las injusticias y dolores de este mundo. Pensar lo contrario, solo nos llevará a frustraciones.

El segundo, es que aunque no se nos promete ser libres de toda adversidad, si se nos promete la presencia de Dios cuando pasemos por ellas. Esta presencia y gracia de Dios, nos sustenta y nos permite no solo soportar, sino seguir adelante.

Lo tercero es que las experiencias tanto dolorosas como agradables, no pretenden ser solamente para uno mismo, sino que en la vida cristiana, se convierten en un canal para bendecir a otros.

A raíz de este último principio nombrado, me pregunto: ¿Qué he aprendido ante las experiencias difíciles en la vida? ¿De que manera estas experiencias pueden convertirse hoy en herramientas para bendecir a otros?

Mis experiencias dolorosas pueden convertirse en la oportunidad para un importante y efectivo ministerio.



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