lunes, 13 de junio de 2016

En el capítulo 4 de 2ª de Corintios hay tres asuntos que llaman mi atención:

El primero es el comentario acerca de como en este mundo hay personas que están cegadas para entender el evangelio:

"Y si el mensaje evangélico que anunciamos está encubierto, lo está solamente para aquellos que van por el camino de la perdición, para esos incrédulos cuya mente está de tal manera cegada por el dios de este mundo, que ya no son capaces de distinguir el resplandor del glorioso mensaje evangélico de Cristo, que es imagen de Dios." (4:2-4)

El segundo es como Pablo señala que aunque el evangelio es glorioso, está contenido en vasos de barro, mostrando así nuestra debilidad y vulnerabilidad:

"Pero este tesoro lo guardamos en vasijas de barro para que conste que su extraordinario valor procede de Dios y no de nosotros." (4:7)

El tercero es que aunque nuestras vida física se acerca a su fecha de caducidad, hay una vida interior que se renueva:

"Esta es la razón por la que nunca nos desanimamos. Aunque nuestro cuerpo mortal se va desmoronando, nuestro ser interior va recibiendo día tras día nueva vida." (4:16)

Esto tres asuntos me hacen pensar en ciertas aplicaciones prácticas:

La primera es con respecto a que el dios de este siglo (referencia al diablo) ha cegado el entendimiento. Hay una realidad espiritual que hace que las personas no respondan al evangelio en base a más información y esfuerzo por mi parte, sino en base al toque liberador del Espíritu Santo. Ello no me lleva a cruzarme de brazos, sino por el contrario a hacer mi parte, es decir, proclamar el evangelio de manera entendible y relevante para esta generación. Sin embargo, no me toca convencer, pues el Espíritu Santo es quien se encarga y lo hace mejor que yo. Proclamar sin convencer me permite escuchar, me evita vanas discusiones, y me lleva a confiar más en la obra y la guía del Espíritu que en mis palabras, estrategias, programas y eventos.

¿Qué elementos son evidencias de que he entendido de que Dios es el que puede convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio? (Juan 16:8)

La segunda es con respecto a que somos vasos de barro que contenemos el glorioso evangelio. Eso me recuerda, tal como Pablo desarrolla en el capítulo, que no se nos promete ser libres de acoso, apuros, persecución y derribos (4:8), aunque tales experiencias no lograrán frenar la voluntad de Dios y lo que finalmente permanecerá. Pero también me recuerda que somos frágiles, que estamos hecho de la misma materia de aquellos que no conocen a Cristo, y que por lo tanto, puedo evitar tratar de mostrarme ante ellos como si fuera perfecto. Por cierto, cosa que nadie se cree y que nos suele alejar más que acercar a nuestro prójimo.

¿Soy capaz de identificarme con la realidad rota de otros desde mi propia ruptura? Si Jesús, que no pecó, se identificó con nuestros pecados, ¿que problema tengo con identificarme con los pecados de otros que no son mejores que yo? ¿Qué implica tal identificación?

Lo tercero es con respecto al deterioro físico que sufrimos a la vez que somos renovados. Es cierto, mi cuerpo ya no es el de aquel adolescente que hacía grandes saltos practicando Taekwondo. Sin embargo, aun puedo salir a correr (de momento), decidir comer sanamente y evitar un estilo de vida destructivo, lo cual puede contribuir a no acelerar el envejecimiento que si se producirá. A la vez, hay prácticas espirituales que me ayudan en la renovación de mi corazón, y aunque la transformación pertenece a Dios y se llevará a cabo, puedo adentrarme en sembrar para el espíritu, lo cual acaba en una interesante cosecha.

¿Qué animo recibo al saber que aunque mi cuerpo se deteriora mi espíritu se renueva? ¿Qué prácticas físicas y espirituales se alinean con la renovación y me alejan de la destrucción?


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