sábado, 30 de julio de 2016

COMBATIR LA DEPRAVACIÓN (JUECES 17-21)


Acabo el libro de Jueces tras haber meditado en los cinco últimos capítulos. Esta porción contiene al comienzo y al final la frase "Cada uno hacía lo que bien le parecía" (17:6, 21:25) y con ello nos explicamos el comportamiento insolidario, absurdo, la violencia extrema y el tremendo caos que se nos narra. 

En el capítulo 17 vemos a Micaías robando a su madre, haciéndose un ídolo y buscando su propio sacertote. 

En el capítulo 18 vemos a la tribu de Dan robando el ídolo de Micaías, a descendientes de Moisés presidiendo la adoración pagana, y la horrible matanza del pueblo de Lais, el cual es calificado en 18:7 y el verso 27 como gente "ociosa" y "tranquila". Según los eruditos, estas palabras que definen al pueblo de Lais provienen de la misma raíz  hebrea que se traduce  "reposo" en 3:11, 30, 5:31 y 8:28 para mostrar que los deseos de Dios de integridad, paz y justicia están siendo cumplidos. Todo ello apunta que aniquilaron a un pueblo que demostraban características agradables ante el Señor. 

En el capítulo 19 vemos a un Levita y a su concubina experimentando la ausencia de la práctica de la hospitalidad en medio del pueblo de Gabaa, sin embargo el Levita abandona intencionalmente a su concubina ante violadores y después no muestra ninguna empatía hacía la víctima. Tras la muerte de la concubina, el Levita hace consciente a la comunidad de la conducta violenta y depravada que está presente, pero con un acto repugnante. La horrible historia de este capítulo, en contraste con otras como el de Débora, nos recuerda que el tratamiento igualitario para la mujer es una señal y una prueba de la presencia de la rectitud, paz y justicia del Señor. 

Los capítulos 20 y 21 desembocan en la guerra contra Benjamín, el asesinato masivo de Jabes-galaad, y el tratamiento de mujeres esclavas. 

Queda claro por tanto que "Cada uno hacía lo que bien le parecía"

Sin embargo, en esta porción llama mi atención un acto representativo que inicia el resto de la narración (sin obviar lo que ya el libro nos ha narrado previamente): un hombre llamado Micaías se hizo un ídolo que lo convirtió en su dios, buscó su propio sacertote y dijo:

"—Ahora estoy seguro de que el Señor me favorecerá, porque tengo a este levita como sacerdote." (17:13)

Pienso en las veces en la que buscamos un dios o un sistema religioso a nuestra medida o tratamos incluso de adaptar al Dios verdadero a nuestras propias opiniones y apetencias. Con ello buscamos nuestros propios beneficios, nuestra propia protección y evitamos exigencias e incomodidades. Es fácil caer en la adoración de un dios que bendice pero que no nos pide cambiar nuestra manera de vivir, y en eso, no estamos nada lejos de lo que este relato nos advierte. 

Este libro nos alerta de las consecuencias de la idolatría y la desobediencia que son motivadas por el egoismo. Ante ello, veo oportuno lo que un miembro de mi comunidad cristiana propuso: ser una comunidad que reconoce su adicción al egocentrismo, y desde esa confesión colectiva y constante, como si de un grupo de recuperación se tratara, nos disponemos a seguir las directrices de Jesús, confiando en su poder para transformarnos. 

Pienso en los Alcohólicos Anónimos y tomo ejemplo de ellos para levantarme en medio de mi comunidad y decir: soy Rubén Gómez Cuenca, lucho con la adicción al egoismo y Jesús me está ayudando a mantenerme sobrio. 

Una idea práctica para la comunidad podría ser los Grupos de Crecimiento: http://andandoenelcamino.com/grupos-de-crecimiento/


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