domingo, 14 de agosto de 2016

Tras las parábolas, el capítulo cinco de Marcos nos muestra una serie de milagros relacionados con la liberación de un hombre oprimido, la sanidad de una mujer con flujo de sangre y la resurreción de una niña.

Estos milagros me llevan a pensar en nuestra vulnerabilidad, en la realidad de que el pecado nos degrada, nos hace menos humano, como aquel hombre endemoniado que llegó al extremo de vivir lejos de la sociedad, atormentado, gritando y solo, en un cementerio. Sin embargo Jesús le devuelve la dignidad, le trae liberación, le devuelve la cordura; restaura su tormento interior y su relación con el entorno:

"Cuando la gente llegó a donde se encontraba Jesús, vio al hombre que había estado poseído por la legión de demonios, y que ahora estaba sentado, vestido y en su cabal juicio." (5:15a)

Esta porción del texto también me lleva a pensar en nuestros temores. Pienso en aquel padre que teniendo su hija tan enferma y recurriendo a Jesús, seguramente con mucha urgencia, ve que el Maestro es interrumpido por una mujer de fe que busca también sanidad. El tiempo se demora y entonces, llega lo que temía, el anuncio de que su hija ha fallecido. Sin embargo las palabras de Jesús en un momento tan difícil son increíbles:

"No tengas miedo. ¡Solo ten fe!" (5:36b)

Todo ello me recuerda que Jesús ha venido para restaurar lo que está estropeado. Como dice mi amigo Félix Ortiz, para que este mundo sea lo que Dios pensó y el pecado impidió. El quiere que sus seguidores nos involucremos en este Camino que nos ha mostrado, que nos convirtamos en agentes de restauración, que nos dispongamos a colaborar con él en su misión restauradora.

Sin embargo, este pasaje me ha recordado como a veces Jesús quiere que llevemos a cabo la misión.

En la historia del endemoniado vemos al Maestro saliendo al mundo gentil, traspasando el límite de lo que muchos consideraban sagrado y profano. No solo eso, sino que va hasta un hombre atormentado por espíritus inmundos, en un lugar donde había cerdos, animales impuros para un judío, y en una zona de cementerio. Allí, Jesús trastoca el entorno y lo pone patas arriba, allí se manifiesta la presencia de Dios, se experimenta la liberación, se lleva a cabo la restauración.

El hombre que fue liberado solicitó seguir a Jesús. Probablemente, nosotros veríamos aquí una buena oportunidad para sacarlo de aquel lugar "peligroso y profano" y llevarlo a nuestra segura "subcultura de paz". Pero Jesús no piensa como los religiosos y vivía libre del dualismo sagrado-secular. Dice el texto:

"Pero Jesús no se lo permitió, sino que le dijo:
— Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti.
El hombre se marchó y comenzó a proclamar por los pueblos de la región de la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; y todos se quedaban asombrados." (5:19-20)

Pienso en como el cristianismo de hoy está afectado por el dualismo sagrado-secular, ese que nos lleva a crear delimitaciones y a crear burbujas que nos alejan del mundo al que Dios quiere restaurar y poner patas arriba. A veces la manera dualista de ver el mundo nos impide salir de nuestra zona de confort. Además estamos afectados por estrategias atraccionales, que nos lleva a entender la misión desde la idea de que tenemos que sacar a las personas de sus contextos para encerrarlos entre las cuatro paredes, de ahí que cuando salimos de la comodidad, suele ser casi siempre desde campañas y programas sociales que pretenden arrastrar a las personas desde donde están hasta nuestro terreno.

El Maestro me invita a ver mi entorno, la misión, y las estrategias que hoy abundan, de una manera diferente. Así como el puso patas arriba aquella región gadarena, sospecho que quiere hacerlo con nuestra manera de entender la misión. Quizás es imposible hacer lo que Jesús hizo, me refiero a salir de la zona de confort e ir a restaurar a alguien en otro lugar sin sacarlo de su entorno social, si primero no somos libre del dualismo sagrado-secular y del sistema religioso atraccional que domina hoy. Necesitamos una visión del Reino de Dios más allá de nuestra eclesiología moderna tan delimitadora.






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