viernes, 16 de septiembre de 2016

"Dios dijo a Moisés: —Sube a encontrarte conmigo..." (24:1a). Así empieza la larga porción en la que me he adentrado. Moisés es invitado a pasar tiempo a solas con Dios, tiempo de calidad, y en ese tiempo, va a recibir muchas ideas para ir adelante con el pueblo que ha sido rescatado de la esclavitud. Ofrendas, arca del testimonio, mesa para el pan de la proposición, candelero de oro, tabernáculo, altar de bronce, atrio, vestido para los sacerdotes, ceremonias para consagrarlos... Las cosas no iban a ser igual para el pueblo después de este encuentro.

Acabo de llegar de unas vacaciones familiares, ha sido un tiempo de descanso, de salir de la rutina. Nos damos cuenta que cada vez que salimos de la rutina, recibimos perspectiva de como estamos viviendo y visión para enfrentar el seguir caminando. A la vez, tener esos momentos de apartarme a solas con Dios, se ha vuelto para mi una necesidad. No hacerlo me lleva a no corregir mis continuos errores como marido, padre, hijo, hermano, vecino, compañero y hermano en Cristo. Más allá de si ese día de descanso debería ser el sábado o el domingo, lo que me interesa es el principio de parar, evaluar, y conectar con Dios.

Dios no estaba interesado en ofrecer a Moisés rituales muertos, solo formas y activismo religioso, de hecho nada de eso tendría ningún valor sin la actitud adecuada, por eso Moisés recibe estas palabras:

 "Únicamente aceptaréis el tributo de aquellos que lo ofrezcan de corazón." (25:2b)

Nuestras prácticas religiosas tienen un fin profundo, y no son útiles si no nos ayudan a dicho fin. Es triste ver una espiritualidad basada en el cumplimiento de tradiciones, que evalúa solamente el funcionamiento y asistencia a actividades y programas y no la intención y la transformación del corazón. Esto último es lo que debemos de asegurarnos de evaluar. Jesús no criticó a los fariseos por sus prácticas, más bien lo hizo por las intenciones con las que las llevaban a cabo. Las motivaciones de nuestro corazón son el objetivo, y todo lo demás, solo medios más o menos útiles y revisables.

Por otro lado, Moisés no fue llamado a crear su propia visión personal para el pueblo, las palabras del Señor fueron claras para él:

"Hazlo todo conforme al modelo que te fue mostrado en el monte." (25:40)

Moisés recibió un modelo del cielo y debía reproducirlo. Esto me hace pensar en Jesús como nuestro modelo, y en nuestro llamado a seguirle como discípulos. Es triste que en muchas comunidades cristianas encuentras visiones personales de líderes carismáticos. Las personas son invitadas y a veces obligadas a adentrarse en dichas visiones personales, al menos si quieren permanecer en comunión con dicha comunidad. Pero estas visiones, por respetables que puedan ser, no son ninguna norma dada para la iglesia. Me tranquiliza pensar que el modelo que se nos ha dado es Jesús mismo. Su manera de andar y actuar en este mundo es el Camino que el mismo ha abierto para nosotros a través de su sacrificio, resurrección y al enviar su Espíritu Santo. Lo curioso es que es posible ver como Jesús discipulaba, como actuaba en medio de la vida cotidiana y no encontrar mucho parecido en como el cristianismo convencional discipula y actua ante los problemas que nos rodean. Quizás necesitamos parar, tomar perspectiva, evaluar y hacer cambios importantes.

Dios también le dio a Moisés formas que recordarían que los sacerdotes llevarían a todo el pueblo ante la presencia de Dios:

"Cada vez que Aarón entre en el santuario, llevará sobre su pecho, en el pectoral del dictamen, los nombres de las tribus israelitas para mantener siempre vivo su recuerdo en presencia del Señor."(28:29)

Felix Ortiz nos recuerda que la palabra griega para sacerdote es "pontifex" que precisamente significa constructor de puentes. Cada miembro de la iglesia ha sido hecho un sacerdote, es decir un constructor de puente entre Dios y los hombres. Construimos puentes cuando llevamos a las personas que nos rodean a Dios en oración, y lo hacemos también cuando les predicamos y demostramos el Reino.  Este también es un asunto a evaluar cuando nos retiramos con Dios.

Lo último que llama mi atención es lo siguiente:

"Habló Jehová a Moisés, diciendo: Mira, yo he llamado por nombre a Bezaleel hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá; y lo he llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte, para inventar diseños, para trabajar en oro, en plata y en bronce, y en artificio de piedras para engastarlas, y en artificio de madera; para trabajar en toda clase de labor." (31:1-5)

Esta es la primera persona que la Biblia menciona que es llenada por el Espíritu de Dios, y es curioso que dicha llenura se manifiesta para algo que en nuestro sistema educativo es considerado poco valioso, me refiero al arte. Lo que para nuestra cultura es solo un elemento no básico y de ocio, para la cultura del cielo parece algo de gran valor. Esto me hace pensar en como la poesía y los poetas toman un lugar tan importante en las Escrituras. El arte es un regalo divino que nos permite expresar y conectar con cosas que van más allá del hemisferio izquierdo de nuestro cerebro. Sin embargo, el racionalismo y el cientifismo tratan de hacer sombra a algo tan valioso, y lo peor de ello es que dicha tendencia influye tremendamente hoy la manera en la que llevamos a cabo la formación espiritual.

Enfrentamos hoy una sociedad post-moderna, con la que no vamos a conectar sin tomar perspectiva y evaluar como estamos viendo nuestra fe. Necesitaremos volver al modelo que se nos ha dado; al modelo de Jesús. Es a la manera de Cristo que tendremos que aprender a ser constructores de puentes, teniendo en cuenta no solo la verbalización de un mensaje sino la demostración del mismo con sacrificios de amor y demostraciones de poder. Y al estar trasmitiendo trascendencia, no podremos dejar de lado la inspiración artística que nos brinda el Espíritu Santo, sobre todo para una sociedad tan golpeada por el materialismo y con tanta sed de profundidad.

No se tu, pero yo encuentro motivos para apartarme, para tomar distancia, perspectiva, y atreverme a evaluar como estamos siendo iglesia en el Siglo XXI, y abrirme a que las cosas puedan cambiar así como cambió para el pueblo después de que Moisés subió al monte. Al fin y al cabo, si las cosas no están cambiando, o es que no estamos subiendo a la montaña, o es que subimos para nada.


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