lunes, 10 de octubre de 2016

"¡Oh gálatas Insensatos!" (3:1a) es como empieza el capítulo tres de esta carta. Sin duda Pablo es directo, duro en sus palabras y se muestra muy afectado y decepcionado, tiene razón para ello, está en juego la libertad que hemos recibido en Cristo. Por ello sigue argumentando para mostrar que los judaizantes están olvidando que la salvación solo es posible a través de la obra de Cristo, gracias a su muerte y resurrección, y por nada más que nosotros podamos hacer.

Llama mi atención lo que Pablo pregunta:

"Aquel, pues, que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe?" (3:5)

Los gálatas no habían recibido solo información acerca del ministerio del Espíritu Santo, experimentaban su presencia con poder y hechos asombrosos. Sin embargo, esta presencia y estas obras milagrosas no eran el fruto de obedecer las obras de la ley, sino el resultado de poner la fe en Cristo.

Esto me hace pensar en lo siguiente.  Los milagros en el Nuevo Testamento no eran exclusividad de Jesús y los apóstoles, los gálatas, los corintios, Esteban, Felipe, Ananias... también lo experimentaron. También me recuerda que las enseñanzas acerca del Espíritu Santo no deberían acabar (o a veces, quizás ni siquiera empezar) con buena información en nuestra mente, sino con la experiencia de su presencia, su amor y su poder entre nosotros. ¿Estamos experimentando la presencia del Espíritu Santo? Y si es así ¿Somos consciente de que es la gracia de Dios a través de la fe en Cristo que lo permite y no nuestro esfuerzo personal?

Después de apelar a la experiencia espiritual para mostrar la sola fe en Jesús como vehículo de salvación, Pablo hace referencia a alguien muy importante para los judaizantes, el mismo Abraham. El apóstol nos recuerda que el patriarca fue justificado no por las obras de la ley, sino por la fe, y que somos herederos de la promesa que el recibió también por la fe.

"Así Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia. Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham." (3:6-7)

El que Abraham fue justificado al igual que yo por la fe, a pesar de que no conoció a Jesús como yo, me lleva a un punto interesante. Nadie ha sido salvo y disfrutará la vida más allá de la muerte con Dios sin la obra de Cristo. Pero la Biblia habla de que hay personas que han sido salvas sin conocer a Cristo (Abraham entre ellos). Reconociendo que estos dos puntos son claros, concluyo de que la manera en la que Dios otorga la obra de Cristo a la fe de las personas es un misterio para mi. Pienso en aquellos que han vivido en lugares o épocas en las que no escucharon de Jesús, o incluso en el día de hoy. No saco esta conclusión con el fin de librarme de mi responsabilidad de proclamar a Cristo ante un mundo que está perdido sin él, sino ante la tentación de juzgar a los que no se encuentran en mi misma situación y con el fin de reconocer la obra de Dios más allá del terreno de misión en el que nos involucramos.

Dicho esto, no cabe duda que esta, la carta más antigua del Nuevo Testamento, nos recuerda que somos salvos por gracia, y solo por gracia, mediante la fe en Cristo Jesús, quien murió y resucitó. Querer añadir algo a lo que Cristo ha hecho para salvarnos, es no entender el evangelio y las Escrituras. Conviene aquí recordar el "Solo fe, Solo Gracia, Solo Escritura" que muchos cristianos proclamaron ante la necesidad de una teología incorrecta que estaba dando lugar a motivaciones y prácticas que atentaban contra la libertad en Cristo.

Sin embargo, es posible creer que solo Cristo salva, y aun así seguir viviendo como si necesitáramos "algo más". Este "algo más" puede ser nuestro énfasis teológico, denominacional, o incluso prácticas concretas relacionadas con programas y eventos, organización comunitarias, la alimentación, el vestir, el lenguaje... que acabamos tratando de imponer a otros aun de manera sutil. Por ello deberíamos revisar nuestras actitudes hacía aquellos que no cumplen nuestras expectativas acerca de lo que creemos que debería ser la vida cristiana y/o la vida en comunidad cuando no están en nuestro mismo punto ante asuntos secundarios ¿Les juzgamos y presionamos?

Por otro lado, no podemos olvidar que la salvación sea por gracia y no por obras, no significa que no seamos salvos para buenas obras (Efesios 2:8-10). El asunto, por tanto, no tiene que ver con no dar importancia a la vida de obediencia a Dios, sino más bien con revisar lo que motiva nuestra obediencia. Hariamos bien en preguntarnos de donde parte nuestras motivaciones.

¿Soy consciente que soy libre a través del amor de Jesús para vivir como Dios me pide? o ¿Estoy obedeciendo a Dios para tratar de conseguir su amor y su aceptación?





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