domingo, 20 de noviembre de 2016

Los capítulos del dieciocho al veinte de primera de Samuel nos cuentan como Saúl calló en la envidia hacía David hasta el punto de querer matarlo. El rey es esclavo de emociones negativas y destructivas. El narrador describe la situación de Saúl, diciendo que el espíritu de Dios se apartó de él y un espíritu maligno le atormentaba (18:10,12).

En mi comunidad cristiana llevamos a cabo la práctica de rendirnos cuentas en grupos pequeños. Algunas de las preguntas que nos hacemos regularmente son: "¿Has dañado a alguna persona con tus palabras; bien sea a sus espaldas o cara a cara? ¿Has permanecido enojado con alguien durante esta semana? ¿Has deseado secretamente que a alguien le vaya mal para que a ti te vaya bien?". El enojo es legítimo, nos avisa de que algo que nos parece injusto está afectándonos. Sin embargo, este debe ser reconocido y expresado con honestidad y ante Dios. Cuando no respondemos adecuadamente a nuestras emociones, cuando no permitimos que estas revelen lo que está pasando en nuestro interior, podemos estar perdiendo la oportunidad de vencer en nosotros con la ayuda de Dios actitudes negativas y destructivas como la amargura, la envidia y el egoísmo. No estamos exentos de sentir envidia y egoísmo, pero la formación espiritual en el camino de la fe, nos propone enfrentarlo con honestidad y valentía, exponiéndolo ante la luz y reconociendo nuestra necesidad de paz interior.

Saúl no supo reconocer estas emociones como negativas, no supo exponerlas ante Dios ni ante sus amigos, por el contrario, se dejó llevar por ellas.

Por otro lado, David, experimentaba el dolor de ver al rey que admiraba en su contra. Sabía que quería matarlo y esto suponía huir, perder su puesto en el reino, alejarse de personas queridas. Todas estas circunstancias podrían hacer crecer en David un espíritu de amargura y venganza, pero en este libro nos muestra que no fue así. Muchos salmos de David describen este momento en su vida. En estos salmos David no ignora sus emociones, las expresa abiertamente ante Dios, sin censura, con una actitud de necesidad y dependencia hacía el Señor. Esto nos puede dar ciertas pistas acerca de como avanzar de manera práctica ante las dificultades y retos en la vida.

Además, el texto que he leído hoy nos dice que David contó con personas claves en medio de las dificultades que enfrentaba. Concretamente fue a Samuel y le expresó su situación:

"David había huido, poniéndose a salvo. Llegó a Ramá, donde estaba Samuel y le contó todo lo que le había hecho Saúl. Luego se fue con Samuel y se quedaron en Nayot." (19:18)

Más tarde lo vemos expresando sus emociones ante su querido amigo Jonatan, el cual fue un apoyo constante para David:

"Después se abrazaron el uno al otro y estuvieron llorando juntos hasta que David se recuperó." (20:41b)

La confesión honesta del estado de nuestro corazón ante Dios y ante los que nos acompañan en el Camino, son dos ingredientes básicos en la formación espiritual. Los retos de la vida cristiana son demasiado grandes como para tratar de enfrentarlos en soledad. Puedes asistir semanalmente a reuniones para escuchar mensajes acerca de la Palabra de Dios, aun puedes orar regularmente, pero si no tienes una cultura de la vulnerabilidad ante Dios y ante los demás, es posible que estas prácticas tan valoradas en ciertos contextos, te sean muy insuficiente para crecer espiritualmente. Al menos, en mi caso, ha sido así.

¿Estoy hablando con honestidad ante Dios acerca de lo que siento? ¿Estoy exponiendo lo profundo y oculto de m corazón ante la luz? ¿Quienes son mi Samuel y Jonatan que me escuchan, acompañan y apoyan a lo largo del Camino?


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