miércoles, 28 de diciembre de 2016

El capítulo cinco de Santiago comienza con una advertencia bastante dura para aquellos que acumulan riquezas y se olvidan de los necesitados y acaban enriquecidos a costa de la explotación de otros. El texto en que me he adentrado dice así:

"Vosotros, los ricos, llorad y gemid a la vista de las calamidades que se os van a echar encima. Vuestra riqueza está podrida; vuestros vestidos están apolillados. Hasta vuestro oro y vuestra plata están siendo presa de la herrumbre, que testimoniará contra vosotros y devorará vuestros cuerpos como fuego. ¿Para qué amontonáis riquezas ahora que el tiempo se acaba? Mirad, el salario defraudado a los jornaleros que cosecharon vuestros campos está clamando, y sus clamores han llegado a los oídos del Señor del universo. Habéis vivido con lujo en la tierra, entregados al placer; con ello habéis engordado para el día de la matanza. Habéis condenado y asesinado al inocente que ya no os opone resistencia." (5:1-6)

No creo que este sea un texto contra la posibilidad de obtener riquezas, sino más bien contra la indiferencia de aquel, que teniendo riquezas, se olvida de las miserias que le rodean y aun más, contribuye a dicha miseria con sus métodos de enriquecimiento.

La historia del Génesis nos muestra al ser humano pasando de ser administrador de los recursos de la Tierra a ser explotador de estos mismos recursos.

"Maldita será la tierra por tu causa." (Génesis 3:17) Son palabras muy relevantes para nuestros tiempos: la acumulación de riquezas que entorpece que muchos inocentes tengan accesos a recursos básicos, la contaminación de nuestra atmósfera, de nuestras aguas... el cambio climático... todo ello son consecuencias de que el ser humano hemos decidido vivir decidiendo nosotros mismo lo que está bien y está mal independientemente de lo que el Creador ha determinado.

Es fácil leer la porción de hoy y no sentirnos aludidos, además ¿no tendemos a menudo a no considerarnos ricos sino explotados? Sin embargo, he de reconocer que teniendo techo, coche, luz y agua potable ya estamos entre las familias más ricas de la Tierra, y no he entrado a considerar los aparatos electrónicos y electrodomésticos, ni la cantidad de ropa en mi armario, o los platos que estoy saboreando en estos días de Navidad.

Debemos ser consciente de nuestras bendiciones materiales y creo que también debemos aprender a disfrutar de las mismas, pero no podemos olvidar que nuestras riquezas nunca pueden ser fruto de la corrupción y explotación ni tampoco la razón de nuestro gozo más profundo. Podemos decidir donde invertimos nuestro dinero y no contribuir con aquellas empresas que se enriquecen por explotar la tierra y las personas en otras partes del mundo. Podemos ser generosos con nuestras posesiones y experimentar la bendición de dar. Podemos decidir no mirar hacía otro lado ante los que no encuentran empleo, no llegan al final de mes y los que piden en las calles. Podemos sentarlos a la mesa a comer en nuestro hogar, conocerlos por nombre y conocer sus historias. Podemos exigir a nuestros gobiernos que tengan en cuenta las políticas que cuidan de los más vulnerables (enfermos, parados, ancianos, refugiados...) Porque no hacerlo, es señal de que me alejo del corazón del Dios que escucha las quejas de los afligidos.

Es triste que el tiempo de Navidad, donde muchos cristianos tratamos de recordar la manera en la que Dios vino a nosotros, los centros comerciales hayan deslumbrado el humilde pesebre. Vuelvo a repetir, no creo que Dios esté en contra de que seamos bendecidos materialmente y disfrutemos nuestras bendiciones, pero nuestra incapacidad para gozar de la sencillez, para ver a Dios donde no hay abundancia, puede ser una señal clara de porque Santiago escribió esta porción tan desafiante.

¿Cómo mis riquezas y bienes materiales pueden contribuir a que este sea un mundo mejor?


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