martes, 6 de diciembre de 2016

Me adentro en los versos del uno al trece del capítulo dos, donde Santiago no se anda con rodeos e inmediatamente va al grano diciendo que no hagamos acepción de personas. 

Hacer acepción de personas implica dar prioridad a alguien porque me interesa. Santiago pone el ejemplo de una comunidad cristiana que recibe en una de sus reuniones a una persona rica y le da un un lugar privilegiado, mientras que cuando recibe la visita de una persona pobre le da un lugar de poco privilegio. 

El ejemplo de Santiago es muy claro y yo diría que muy vigente aun en nuestros días, sin embargo, hacemos bien en pensar en muchas otras maneras en las que caemos en hacer acepción de personas. 

En nuestra sociedad tan patriarcal todavía, no cabe duda en cuanto a la acepción de persona que se lleva a cabo por causa del género. ¡Qué difícil lo tienen las mujeres en comparación con los hombres a la hora de obtener posiciones de privilegio en entornos familiares, religiosos, laborables, políticos...!

De una manera más sutil, pienso también en como podemos dar prioridad a otros por el hecho de que nos identifiquemos con sus ideas políticas, o ideas acerca de la educación, o por compartir nuestros mismos énfasis teológicos. 

La propuesta sencilla y profunda de Santiago derrumba de lleno nuestros sistemas sociales, políticos y religiosos actuales, tan influenciados por la dominación y tan productores de desigualdad de derechos y privilegios. 

Santiago está hablando en el contexto de la comunidad cristiana, que es donde se debería vivir la propuesta divina para el mundo. Pienso en como a veces estamos tan acomodados y acostumbrados a esta cultura de dominación y desigualdad de derecho, que la acepción de personas no nos escandaliza en absoluto ni fuera, y lo que es peor, ni dentro de la Iglesia, aun cuando se trata de un asunto clave para valorar nuestro entendimiento de la regla de oro: 

"Por supuesto, hacen bien cuando obedecen la ley suprema tal como aparece en las Escrituras: «Ama a tu prójimo como a ti mismo; pero si favorecen más a algunas personas que a otras, cometen pecado. Son culpables de violar la ley." (2:8-9)

La palabra amor en el verso ocho es "agape" en el original, y en el griego esta palabra no tiene el énfasis en lo que nuestros sentimientos nos dicen de los demás, ni tampoco en lo que otros merecen o no recibir. El énfasis está en actuar en favor de ellos sin esperar nada a cambio, se trata de un amor incondicional que a menudo nos implica esfuerzo y sacrificio. Es la manera en la que somos amado por Dios y también la manera en la que Dios espera que amemos a los que nos rodean.

Dentro del amor ágape encontramos la compasión, sin la cual nos perderemos la vida que Dios tiene para nosotros:

"Y tened en cuenta que será juzgado sin compasión quien no practicó la compasión. La compasión, en cambio, saldrá triunfante del juicio." (2:13)

La compasión implica ponernos en la piel de los demás. Esto también tiene unas implicaciones muy prácticas en un mundo donde como dice el refrán "hacemos leña del árbol caído". Qué fácil es señalar las razones y motivos por las que alguien ha fracasado o ha errado en la vida, pero cuanto nos cuesta, sin necesariamente aprobar sus ideas o acciones, ponernos en el lugar del otro.

Trabajo en un centro de internamiento para menores infractores. Los chicos que están internos han cometido delitos de todo tipo. Reconozco que me es fácil señalarles donde se equivocan en la vida, pero a la vez me cuesta ponerme en su piel. Cuando lo hago (tratar de colocarme en su piel), me doy cuenta que probablemente yo no lo hubiera hecho mejor que ellos en sus circunstancias. Con esto no trato de justificar sus respuestas, pero si de mostrarles compasión en su proceso de recuperación. Cuando somos compasivos con los demás, nos parecemos más a Jesús. Cuando señalamos los errores de los demás, tengo la sensación que nos parecemos más a los fariseos a los que Jesús enfrentó.

Concluyo por tanto que no hacer acepción de personas implica no dar prioridad a otros por el interés. El favoritismo se combate con una vida donde decidimos amar a otros no porque recibamos nada a cambio o porque lo merezcan, sino porque es lo mejor alinearnos con la Vida y el Amor que es Dios. Este tipo de amor manifiesta compasión, lo cual nos permite ponernos en la piel de los demás, un excelente recurso para no dar a otros lo que merecen sino lo que necesitan, así como Dios ha hecho conmigo.

¿Cómo respondo ante la desigualdad de la mujer en la sociedad actual? ¿Cómo trato a las personas cristianas que comparten puntos de vistas teológicos diferentes? ¿Cómo actúo con quien viene a casa a pedir o con la persona inmigrante que llama mi atención en el semáforo? ¿Cómo respondo a las personas en mi vecindario que manifiestan ideas políticas o religiosas que no comparto? ¿Cómo atiendo a quien está sufriendo por la injusticia o por una pérdida dolorosa? Y al pedófilo, violador o terrorista, ¿Cómo estoy dispuesto a tratarlo cuando me encuentro con él?

Por cierto ¿Cómo me trato a mi mismo cuando me equivoco una vez más?

"Cristo, enséñame el sagrado y revolucionario camino de la compasión y el amor incondicional. Amén"


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