domingo, 18 de diciembre de 2016

SOLUCIONAR EL CONFLICTO (SANTIAGO 4)

El capítulo cuatro empieza con una pregunta que me interesa: "¿De dónde surgen los conflictos y las luchas que hay entre vosotros?" Pienso en mis últimos conflictos, en esos momentos en los que me he sentido herido y otros me han mostrado que se han sentido heridos por mi. Creo que todos podemos reconocer momentos así más allá de la comunidad cristiana, en nuestros hogares, lugares de trabajo, vecindarios, y aun con desconocidos. Creo que la respuesta de Santiago, es adecuada para el conflicto sin importar donde este se de, el habla de que tales conflictos proceden de nuestras pasiones internas (v. 1)  y más adelante aclara:

"¡Gente infiel! ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Por tanto, quien pretende tener al mundo por amigo, se hace enemigo de Dios." (v. 4)

Mi amigo Félix Ortiz comenta en su blog sobre este texto lo siguiente: "Santiago va al centro del problema, nuestra lealtad. Si somos leales al mundo, aquí mundo significa el presente sistema social, económico y cultural con sus valores, actitudes, prioridades y conductas, necesariamente entraremos en conflictos con Dios y su manera de entender la vida y, como consecuencia, con nuestros hermanos."

La pregunta para mi es: ¿Estoy dispuesto a reconocer que los conflictos que enfrento son frutos de mi amistad con el mundo? A veces nuestras imágenes mentales, a menudo tan caricaturizadas, llevan a no identificar "el amor al mundo" con una realidad interior en mi. Yo no me emborracho, no me drogo, no atraco a las personas, no voy a clubes para cometer inmoralidad sexual... y por ello puedo caer en el error de pensar que no amo al mundo.

Sin embargo, el conflicto que enfrento en mi vida cotidiana, a la luz de la Palabra de hoy, me invita a un examen más profundo de lo que en verdad hay en mi corazón.

No puedo negar que ante otros hablo como si yo poseyera la verdad absoluta. Eso me lleva a no escuchar, a no empatizar y a no entender en realidad a mi prójimo (aun cuando creo que lo entiendo), el conflicto está servido con mi actitud. Si la esencia del pecado es querer ser como Dios independientemente de lo que él ha dicho, mi actitud es un síntoma de dicho pecado, en el fondo es soberbia, y por eso las palabras de Santiago son tan acertadas y propicias, a la vez que difíciles de aceptar para alguien que desea hacerlo todo bien y no cree que detrás de ello hay inseguridad que brota como arrogancia:

"...Dios hace frente a los orgullosos y concede, en cambio, su favor a los humildes. Someteos, pues, a Dios y resistid al diablo, que no tendrá más remedio que huir. Acercaos a Dios, y Dios se acercará a vosotros. ¡Limpiad vuestras manos, pecadores! ¡Purificad vuestros corazones, los que os portáis con doblez! Reconoced vuestra miseria; llorad y lamentaos: que la risa se os convierta en llanto, y en tristeza la alegría. Humillaos ante el Señor y él os ensalzará." ((6b-10)

Si, mi soberbia sale a la luz cada vez que trato de ser como Dios juzgando a los demás. Juzgo a mis hermanos, a mi pareja, a mis hijas, a mis compañeros de trabajo etc. Dios me pregunta:

"¿Quién eres tú, entonces, para erigirte en juez del prójimo?" (12b)

Si, mi soberbia sale a la luz cada vez que trato de ser un dios que quiere controlarlo todo, las personas, las circunstancias, el futuro. Dios me pregunta:

"¿sabéis, acaso, qué os sucederá mañana?" (14a)

Concluyo por tanto que los conflictos que enfrento conmigo y con los demás, surgen de mi amor al mundo, a este sistema que me invita a pensar en mi mismo y a creer que puedo ser como Dios, decidiendo lo que está bien y está mal independientemente de lo que Él ha dicho.

Concluyo por tanto que la solución a dicho conflicto pasa por reconocer mi condición miserable, por humillarme ante Dios, por aceptar que estoy equivocado actuando como actúo.

Dejar la lealtad al mundo y ser leal a Dios y resistir al diablo, implica otra manera de actuar ante otros y ante las circunstancias. Implica dejar el control a Dios, en definitiva implica fe. Se trata de descansar en Dios, aun cuando mi entorno parece que me invita a ser impulsivo y a creer que la solución y salvación depende de mi. No hablo de pasividad, pero a veces lo que Dios va a pedirme va a consistir en callar (como lo hizo con el capítulo tres), o no actuar... en definitiva se trata de obedecer a Dios, porque hemos entendido que nuestro gran problema es creernos que podemos ser como Él haciendo precisamente lo que Él ha dicho que no hagamos.

"Haríais mejor en decir: "Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello"" (v. 15)

"Señor reconozco que enfrento conflictos por no tenerte en cuenta, ayúdame. Me someto a tu voluntad, ¿Qué quieres que haga o deje de hacer?"





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