martes, 17 de enero de 2017

La historia en la que he estado meditando, continua con escenas escandalosas y miserables. En esta ocasión, Amnón, hijo de David, comete una violación incestuosa hacía Tamar, por la que se sentía fuertemente atraído, tras ello, la echa de su casa y esta acaba en una condición lamentable:

"Entonces Tamar se echó tierra en la cabeza, rasgó la túnica que llevaba puesta y se marchó dando gritos con las manos sobre la cabeza." (13:19)

El acto de Tamar es un ritual de duelo del antiguo Oriente. Como mujer de la época y del lugar, tenía buenas razones para dar gritos, rasgarse la ropa y echarse tierra por la cabeza. Había sido violada de manera incestuosa, había perdido la virginidad y por tanto el poder ser apreciada por otros hombres, en este caso, para su padre y su administración, con el fin de hacer relaciones con otros reinos. 

Tamar, por vivir en esta época y lugar, además de soportar la agresión, no disponía del apoyo y los recursos que hoy podemos pensar en occidente para la recuperación.

Por si fuera poco, su hermano Absalón, hace de terapeuta, y su consejo solo va a empeorar la situación:

 "Su hermano Absalón le preguntó:
—¿Ha estado contigo tu hermano Amnón? Pues entonces cállate, que es tu hermano, y no te preocupes por este asunto.
Entonces Tamar, desolada, se quedó en casa de su hermano Absalón." (13:20)

Todos estamos expuestos a ser dañados por aquellos que nos rodean, no estamos libres de ser agredidos de alguna manera. Sin embargo, no hay nada peor que seguir el consejo de Absalón ante las heridas profundas de nuestro corazón: "cállate" le dijo, con razón "se quedó Tamar desconsolada en casa" y el final de historia en vez de mejorar acaba con venganza y muerte. 

Pienso en el daño que he podido recibir por la acción de personas y las heridas profundas en mi corazón, me doy cuenta que en el proceso de sanidad, expresar mi dolor ha sido clave. Los Salmos nos ofrecen gran cantidad de modelos en los que ante el dolor profundo, el salmista decide expresar ante Dios sin tabú lo que siente. 

No olvidaré el día en el que con lágrimas en mis ojos expresé a Dios mi lamento por el dolor que sentí. Le dije que no entendía porque permitió que pasara por momentos difíciles, le dije que siendo Dios podía haberlo evitado y no lo hizo. Durante dos días, el Espíritu Santo me permitió experimentar en dos mañanas la oración de lamento con lágrimas y llanto desconsolado. Tras esta experiencia de gracia, mi corazón fue reconfortado, mi carga se aligeró increiblemente y mi proceso de sanidad experimentó un progreso importante. 

Unos meses antes oí un audio de mi querido Norman Bowman y su esposa Gwen, a quien considero un mentor espiritual a pesar de las distancias. Ellos hablaban de la cantidad de salmos de lamento en la Biblia y de que hay un libro al que llamamos Lamentaciones. Dijeron algo así: "si no practicas la oración de lamentación que tanto aparece en la Biblia, un día te lamentarás". 

Todo esto es lo que ha venido a mi mente al acercarme a la dramática historia de Tamar.

¿Es mi comunidad cristiana un lugar donde aprendemos el lamento o un lugar donde el "cállate" de Absalón predomina? ¿Estamos dispuestos a hablar abiertamente de nuestro dolor a Dios? ¿Qué crees que sucederá si lo haces?




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