domingo, 8 de enero de 2017

En estos días me he adentrado en los capítulos del dos al ocho de segunda de Samuel. A través de ellos vemos que por fin David, tras mucho tiempo y adversidades, ve establecido su reino tal como Dios le había prometido, Judá e Israel se unifican bajo su trono. El texto me hace pensar en que las promesas de Dios se cumplirán, pero ejemplos bíblicos como este, nos recuerdan que muchas veces implicarán tiempo, lo cual nos abre la puerta para adiestrarnos en la paciencia, la fe y la esperanza. ¿Qué nos ha prometido Dios que aun estamos esperando?

Sin embargo, lo que más ha llamado mi atención en esta lectura, es la práctica de consultar a Dios. Lo normal en un rey es que tome decisiones teniendo en cuenta factores estratégicos de las circunstancias que enfrenta, sin embargo, David toma sus decisiones en base a respuestas de Dios:


"Entonces David consultó al Señor:
—¿Debo atacar a los filisteos? ¿Me los vas a entregar?
El Señor le respondió:
—Atácalos, que yo los pondré en tus manos." (5:19)

La práctica de consultar a Dios y esperar su respuesta ha sido habitual en medio de la tradición carismática. No nos faltan ejemplos bíblicos de como personajes acuden una y otra vez a esta práctica y como a través de ella cultivan una relación con Dios y una guía especial para enfrentar los retos diarios.

He de reconocer que no tengo siempre en cuenta esta práctica. Sería bueno pensar en sus beneficios y peligros y disponernos a incorporarla en nuestras vida y en la vida de nuestras comunidades cristianas con el fin de crecer en nuestra relación con Dios. 

Tanto en las Escrituras, como en la historia de los movimientos cristianos, encontramos buenos ejemplos de un uso correcto de esta práctica y también de excesos que debemos evitar ante la misma. 

¿Qué asuntos deberían ser llevados ante Dios para obtener una respuesta específica de su parte? ¿Creo que Dios me va a responder? ¿Estoy dispuesto a adentrarme más seriamente en esta práctica espiritual?


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