En el capítulo dos de Lucas encontramos el nacimiento de Jesús y también un acontecimiento ocurrido durante su infancia, exactamente el momento que sus padres lo perdieron y acabaron encontrándolo en el Templo con los maestros de la ley. Jesús tenía entonces doce años.
Sin embargo, lo que ha llamado mi atención es el hecho de que el anuncio de su nacimiento se hace de manera sobrenatural y gloriosa a unos humildes pastores de la zona:
"En unos campos cercanos había unos pastores que pasaban la noche a la intemperie cuidando sus rebaños. De pronto, se les apareció un ángel del Señor y el resplandor de la gloria de Dios los llenó de luz de modo que quedaron sobrecogidos de temor." (2:8-9)
Que el Creador del Universo se haga ser humano (la encarnación), ya implica algo inesperado para nuestra manera de pensar; donde los poderosos acostumbran a frecuentar los lugares más privilegiados, la Deidad se hace ser humano. Por si fuera poco, escoge nacer en el vientre de una mujer humilde en medio de un hogar sencillo, dando a luz como emigrantes que no tienen lugar de acogida, en un espacio preparado para animales y con visitas de personas consideradas en la época rudas y malolientes... La imagen romántica que vemos en las postales de navidad nos roba aspectos claves de esta historia, la cual nos recuerda que la Divinidad está presente y obra en lugares y con personas que son invisibles para la mirada materialista e imperialista. Nunca debemos olvidar que tras dar María a luz, coloca al Salvador, al Rey de reyes en un pesebre:
"Y María dio a luz a su primogénito; lo envolvió en pañales y lo puso en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón." (2:7)
Todo ello me hace pensar que en el camino de la fe, hemos de estar abiertos a que nuestros esquemas y tradiciones sean trastocados para acceder a revelaciones más gloriosas, hemos de estar abiertos a ver lo divino donde la religión muchas veces no quiere verlo.
Además la Encarnación no necesita esperar hasta la muerte y resurrección para anunciarnos ya buenas noticias, Francisco de Asís entendió que la fiesta de la Navidad nos habla de que ser humano, tener cuerpo y emociones, habitar en este planeta, no es para nada algo de lo que avergonzarnos, Dios ama la materia y la fisicalidad y esto también es una ruptura de esquema para determinadas cosmovisiones del mundo.
En el capítulo uno, el anterior al nacimiento de Jesús, vemos como la tradición de que un niño fuera llamado como alguien de su familia, lleva al asombro a muchas, personas pero así fue determinado por la Divinidad para Juan el Bautista:
"Todos querían que se llamase Zacarías como su padre; pero la madre dijo: — No, su nombre ha de ser Juan. Ellos, entonces, le hicieron notar: — Nadie se llama así en tu familia. Así que se dirigieron al padre y le preguntaron por señas qué nombre quería poner al niño. Zacarías pidió una tablilla de escribir y puso en ella: «Su nombre es Juan», con lo que todos se quedaron asombrados." (1:59-63)
Es cierto que a lo largo de las Escrituras, no paramos de ver prácticas regulares que llegan a ser parte de la tradición de un pueblo. Jesús nació y a los ocho días fue circuncidado (2:21), cuando cumplió los días de la purificación conforme a la Ley de Moisés fue llevado a Jerusalén para presentarlo al Señor y para presentar un par de tórtolas o dos palominos (2:22-24). Además los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la pascua (2:41). Sin embargo, en medio del ritmo del camino, encontramos que la Divinidad se hace muchas veces presente trastocando lo esperado y presente en lo ignorado.
Si no estamos en preparación para ello, podemos perder y aun rechazar lo que realmente la Deidad está haciendo. Muchos rechazaron al Mesías porque desafiaba sus interpretaciones teológicas y expectativas personales y todo ello a pesar de que eran los mayores estudiosos de las Escrituras y practicantes de las disciplinas espirituales.
Pedro fue desafiado en una terraza; la visión de animales inmundos y el mandato divino de que los comiera tenía todos los ingredientes para ser considerado un engaño del diablo, sin embargo, se trataba de ver la realidad de que la Deidad estaba purificando precisamente lo que la cultura del momento estaba rechazando.
Si nuestros ritmos espirituales y paradigmas teológicos no nos ayudan a adentrarnos en el Reino de Dios más allá de lo esperado, es porque nacen de motivaciones incorrectas y porque están perdiendo de vista que nuestra relación es con una Divinidad que desborda nuestras limitaciones constantemente.
El punto para mi hoy es: ¿Estoy dispuesto a que mis ritmos, tradiciones y expectativas no limiten la obra de la Deidad en estos días y con los que me rodean? ¿Cómo pudiera estar Dios moviéndose más allá de lo que yo espero o estoy acostumbrado? ¿Cómo puedo prepararme para no caer en el tradicionalismo ni fundamentalismo religioso? ¿Soy capaz de ver lo divino donde nunca esperé verlo? ¿Puede ser que esté amando más los medios que el fin?
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