lunes, 13 de febrero de 2017

"Les dijo: — La mies es mucha, pero son pocos los obreros. Por eso, pedidle al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en marcha! Yo os envío como corderos en medio de lobos." (10:2-3)

Recuerdo mi niñez escuchar en las reuniones orar para que Dios envíe obreros a las mies. Lo que realmente se pedía era que levantara misioneros y pastores asalariados, es decir, profesionales religiosos que llevaran a cabo la administración de las estructuras eclesiales y de los programas de evangelización. Recuerdo muchas predicaciones en las que se definía obrero desde este énfasis lo cual respaldaba el uso de la palabra precisamente para designar a los pocos que ostentaban cargos y títulos en la comunidad.

Sin embargo, Jesús ni siquiera usa estas palabras en el contexto de sus doce discípulos, lo hace cuando envía a setenta y dos personas a hacer lo mismo que Él hacía y que los doce habían hecho. Ninguna duda cabe que Jesús y aquellos discípulos no representaban el paradigma institucional religioso de sus días y mucho menos de nuestro día, no se trataba de maestros de la ley, de fariseos y saduceos, ni siquiera eran "pastores, ancianos o misioneros como hoy se entienden. Eran un grupo de personas de diversas profesiones y clases sociales, muchos de ellos rechazados por el sistema religioso, ya que los que no eran considerados destacados en la memorización de la Torá, en vez de seguir su educación a los pies de un Rabí, acababan en la profesión de sus padres, ya fuera esta ser pescador u otra. Precisamente en el mundo de la pesca, Jesús escogió a varios de sus discípulos. Escogió entre los que no eran considerados aptos para una labor religiosa profesional.

Tristemente, el paradigma institucional de la iglesia, nos hace perder de vista la interesante estrategia de Jesús, la cual sigue siendo toda una revolución en nuestros días y todo un desafío para la eclesiología heredada de Constantino.

Imagínate una formación espiritual que no está basada en perpetuar profesionales religiosos, sino en hacer de cada discípulo de Jesús un ministro a tiempo completo las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana, independientemente de que estos discípulos sean amos de casa, fontaneros, panaderos, maestros, policías.

La mies es mucha, es todo un mundo roto y necesitado de amor y liberación y los obreros son pocos, entre otras cosas porque predomina un paradigma donde solo unos privilegiados juegan el partido mientras multitudes se sientan a aplaudir el espectáculo.

¿Cómo las palabras de Jesús y su modelo de formación espiritual puede poner patas arribas nuestros énfasis y valores modernos? ¿Cómo nuestra manera de hacer discípulo entorpece los principios que usó Jesús para hacer discípulos?



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