lunes, 6 de febrero de 2017

Los capítulos tres y cuatro nos adentran en el ministerio de Juan el Bautista y de su primo Jesús. Juan anuncia la necesidad de arrepentimiento en medio de una sociedad corrupta. Como señal de conversión usa el bautismo en agua y la gente le preguntaba "¿Qué debemos hacer?" Juan les contestaba:

"— El que tenga dos túnicas, ceda una al que no tiene ninguna: el que tenga comida, compártala con el que no tiene. Se acercaron también unos recaudadores de impuestos para que los bautizara y le preguntaron: — Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros? Juan les dijo:— No exijáis más tributo del que está establecido. También le preguntaron unos soldados: — Y nosotros, ¿qué debemos hacer? Les contestó: — Conformaos con vuestra paga y no hagáis extorsión ni chantaje a nadie." (3:11-14)

El mensaje de Juan a las personas, era claro y práctico, pero no se quedaba solo en la necesidad de cambiar sus conductas, había más:

"— Yo os bautizo con agua, pero viene uno más poderoso que yo. Yo ni siquiera soy digno de desatar las correas de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego." (3:16)

La Buena Noticia implicaba la obra de Jesús, un bautismo que es de fuego, que no nos va a dejar igual al que lo reciba.

Entonces Lucas nos introduce el bautismo de Jesús por su primo Juan, y como el Espíritu Santo baja en forma de paloma y el Padre expresa milagrosamente el agrado de su hijo (3:21-22). También nos deja ver a través de la genealogía que Jesús es el cumplimiento de la promesa a través de los siglos (3:23-38) y a continuación la historia de como Jesús es tentado por Satanás en el desierto y como el diablo es vencido a través de la proclamación correcta de las Escrituras (4:1-13).

Todos estos relatos, abren el anuncio del Reino por parte de Jesús en Galilea, y entonces vemos al Maestro haciendo tres cosas importantes:

1) La primera es anunciar el mensaje del Reino:

"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar a los pobres la buena noticia de la salvación; me ha enviado a anunciar la libertad a los presos y a dar vista a los ciegos; a liberar a los oprimidos y a proclamar un año en el que el Señor concederá su gracia." (4:18-19)

No es que el Reino de los Cielos no estuviera presente en la Tierra, es que a través de Jesús su accesibilidad va a ser notoria. Este sigue siendo un mensaje necesario en nuestros días, el Reino de Dios es accesible a través de Jesús. El Maestro no tenía duda de su misión:

"— Tengo que ir también a otras ciudades, a llevarles la buena noticia del reino de Dios, pues para eso he sido enviado. Y andaba proclamando el mensaje por las sinagogas de Judea." (4:43-44)

2) Lo segundo es la demostración del Reino:

"A la puesta del sol, llevaron ante Jesús toda clase de enfermos, y él los curaba poniendo las manos sobre cada uno. Muchos estaban poseídos por demonios, que salían de ellos gritando..." (4:40-41a)

Jesús no vino solo para traer información intelectual a las mentes, la realidad del Reino tenía implicaciones para el presente. Vemos a Jesús demostrando en que consiste el Reino y no solo proclamando. A veces lo vemos solo demostrando, y a veces solo proclamando, y a veces haciendo ambas cosas. Proclamación y demostración son dos caras inseparables de una misma moneda, dos aspectos importantes de la misión.

3) Lo tercero y a veces más desapercibido, es que vemos a Jesús retirándose en solitario:

Dice las Escrituras que "El mismo Espíritu lo llevó al desierto" (4:1) y más adelante:

"Al hacerse de día, Jesús salió de la ciudad y se retiró a un lugar solitario." (4:42)

La práctica del silencio, el retiro y la soledad está relacionada con la comunión con su Padre, con la meditación. El recogimiento que nos permite descansar del bullicio y recordar que nuestro sentido y misión brotan de una relación profunda con Dios.

A menuda, algunas tradiciones cristianas solo enfatizan en su formación espiritual la proclamación, otras la demostración y otras el retiro y el silencio. Jesús enfatizaba cada uno de estos aspectos en gran armonía.

Jesús nos ofrece como hemos de vivir. Somos el Cuerpo de Cristo en la tierra. Cuando contemplamos la vida de los discípulos de Jesús, estos aspectos siguen vivo en ellos, lo aprendieron del Maestro. Vemos a un Pedro proclamando el día de Pentecostés o un Pablo proclamando en Atenas. Los vemos sanando a un cojo en la puerta del Templo, pero también vemos al Pedro que sube a orar a la terraza y allí Dios le muestra sus planes y a un Pablo que antes de su ministerio pasa tiempo en Arabia (9:30), un lugar de retiro y práctica del silencio.

¿Soy yo, como los discípulos en la Biblia, un imitador de Cristo?

El discipulado es el proceso a través del cual Cristo es formado en nosotros. Pero como dijo Dallas Willard, querer ser como Jesús sin hacer lo que Jesús hizo, es como correr un maratón sin entrenamiento.

Hemos sido bautizado en Espíritu Santo y fuego, y eso significa, que podemos responder en fe viviendo como Jesús nos enseñó: predicando el Reino, Demostrando el Reino y cuidando una profunda e íntima relación con Dios. A nosotros nos toca la fe activa y Dios se encarga de los resultados de nuestra proclamación, oración por los necesitados y afligidos y nuestros tiempo de búsqueda de su presencia.


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