domingo, 23 de julio de 2017

En la porción que me adentro hoy, Juan vuelve al tema de la batalla de Armagedón. Ahora, en su visión ve una representación de Jesús, montado en un caballo blanco y listo para establecer justicia en medio de un mundo donde se llega al punto de matar a los que deciden obedecer a Dios.

En mi formación bíblica, Armagedón siempre se me presentó como una guerra terrible, donde Jesús aparecía ahora como un guerrero sangriento. Sin embargo, el simbolismo, aunque usa la palabra batalla, parece que se refiere a algo lejano a lo que se me trasmitió.

Juan se da cuenta del siguiente detalle antes de la batalla:

"Viste un manto empapado en sangre y su nombre es «La Palabra de Dios»." (19:13)

Es decir, Jesús tiene la ropa empapada en Sangre, antes de la lucha. Lo cual nos lleva a pensar de que se trata de su propia sangre. La justicia la establece aquel que ha derramado su propia sangre para redimirnos del pecado.

Ahora fíjate en que tipo de arma va a usar para establecer la justicia:

"Una espada afilada sale de su boca para herir con ella a las naciones, a las que gobernará con cetro de hierro; y se dispone a pisar el lagar donde rezuma el vino de la terrible ira de Dios, que es dueño de todo." (19:15)

Jesús empapado en su propia sangre y con una espada que sale de su boca es una imagen de los elementos que Dios usa para establecer su reino y su justicia (Isaias 11:4 nos da una imagen similar). Al contrario que Roma, Dios se entrega así mismo en amor por sus enemigos a la hora de establecer su Reino, y es a través de su Palabra que da a conocer el mensaje que puede salvarnos. No cabe duda de que Dios va a pedir cuenta a aquellos que rechazan su amor y deciden postrarse ante los sistemas violentos y opresores de este mundo y los que rehusan arrepentirse, al final van a padecer las consecuencias de escoger el camino que lleva a la destrucción y desolación. El no arrepentimiento, tiene unas consecuencias terribles, y este libro las describe con gran dramatismo.

Al día de hoy, veo la imagen de Armagedón, no como una batalla sangrienta que sucederá, sino como un símbolo de como Dios establece su justicia, precisamente a través de la sangre y mensaje de Jesús.

Lo siguiente que ve Juan es un trono donde junto a Dios están los que han muerto permaneciendo fiel a Dios, en realidad son los mártires de la fe ejecutados por Babilonia (20:1-7), ahora ellos han vuelto a la vida y reinan junto al Mesias durante 1000 años:

"Todos estos recobraron la vida y reinaron con Cristo mil años." (20:4b)

El tema de los mil años y el lugar de las dos batallas con respecto a este periodo tal como se describe en Apocalipsis 20, ha dado lugar a muchas interpretaciones diferentes a lo largo de siglos, pero aquello en lo que toda interpretación coincide, es en que Jesús va a resolver finalmente el problema de la maldad en el mundo. Eso incluye tanto a los que han muerto injustamente por servir a Dios como a los que rehusan arrepentirse.

"Y el diablo, el que los había seducido, fue arrojado al lago de fuego y azufre donde, en compañía de la bestia y del falso profeta, sufrirá tormento por siempre, día y noche sin cesar." (20:10)

"y vi a los muertos, tanto los humildes como los poderosos, que estaban de pie ante el trono. Entonces fueron abiertos los libros y también fue abierto otro libro: el libro de la vida. Los muertos fueron juzgados conforme a las acciones que tenían consignadas en los libros." (20:12)

Pienso en los primeros receptores de la carta, enfrentando peligros de muerte, y aun conociendo ejecuciones en el momento ¿Todo esto va a continuar? ¿Cómo puede tanta maldad prevalecer? ¿Este es el final? Sin embargo, Juan les invita a una perspectiva espiritual y eterna de lo que está pasando, sin lo cual se hace más difícil enfrentarlo. Puedo imaginarme lo que aquellos cristianos sentirían al recordar que la muerte en realidad no tiene dominio bajo el gobierno de Dios (20:13) y que la maldad al final no triunfará.

Nuestros actos de obediencia a Dios amando, mostrando misericordia, cumpliendo la Gran Comisión, siendo bondadosos y dadivosos bajo la guía del Espíritu, permanecerán finalmente. Sin embargo, la corrupción, la violencia, la injusticia y el dolor, no prevalecerán, tienen fecha de caducidad, morirán y no resucitarán, cosa que no pasará con aquellos que arrepentidos, toman el camino de Jesús, el que murió por sus enemigos y nos salvó.


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