miércoles, 19 de julio de 2017

Juan a partir de ahora, va a adentrarse en algunos temas que ya trató anteriormente, pero está vez de manera más específica. Concretamente, la porción de Apocalipsis en la que me adentro hoy, nos muestra la caída de Babilonia (17-19:10), más adelante nos hablará acerca de la batalla final donde el mal será derrotado (19:11-20:15) y acabará su carta con la llegada de la Nueva Jerusalén (21-22). Todo ello, en realidad nos habla de diferentes puntos de vista de como el Reino de Dios se establecerá finalmente.

Acerca de la caída de Babilonia, Juan nos da la imagen representativa de una prostituta:

"La mujer iba vestida de púrpura y grana, resplandeciente de oro, piedras preciosas y perlas. En su mano sostenía una copa de oro rebosante de acciones abominables, como sucio fruto de su lujuria. Escrito en su frente tenía un nombre misterioso: «Babilonia, la poderosa, la madre de todas las prostitutas y de todas las aberraciones de la tierra»" (17:4-5)

En realidad es un símbolo de las naciones que viven sin tener en cuenta a Dios. Para los primeros cristianos receptores de esta carta, este símbolo estaba muy claro. Ellos enfrentaban las dificultades de permanecer fiel al evangelio de Jesucristo bajo el poder político y militar del imperio Romano.

Sin embargo Juan usa ecos del Antiguo Testamento como la caída de Babilonia, de Tiro y de Edom que encontramos en los escritos de Jeremías, Isaías y Ezequiel. Es decir, Roma, que es lo que los cristianos del primer siglo tenían en mente, en realidad es la versión más reciente de una realidad presente a lo largo de la historia: un mundo organizándose y viviendo a las espaldas de Dios, en plena rebeldía hacía Él, con todos los efectos secundarios que eso implica. La imagen de la gran ramera, en realidad es un cuadro de la condición del ser humano a lo largo del tiempo.

Es interesante que muchos cristianos se acercan al libro de Apocalipsis, sin tener en cuenta los modelos políticos y religiosos con los que simpatizamos. No importan que estos modelos sean de izquierda, centro o derecha o formen parte de denominaciones históricas concretas, lo que importa es en que medida contribuyen a las consecuencias del pecado en el mundo, al egocentrismo y a la confianza en el ser humano como único y suficiente salvador.

No estoy diciendo que la política y la religión organizada sea un terreno del que debamos huir y no participar como cristianos, sino más bien en la necesidad de no darles un lugar que no les corresponde dentro de la visión de Reino que nos ofrece la Biblia, así como tratarlos con el discernimiento y la crítica correcta.

En occidente vivimos en una superpotencia, sin embargo, la Biblia, desde el Génesis al Apocalipsis, tiene mucho que decir a aquellos que vivimos en semejante entorno. Las super-potencias a menudo acumulan riquezas, contribuyen a la contaminación del entorno natural y eso se traduce en pobreza, miseria y muerte en el resto del mundo. Las super-potencias a menudo buscan la solución de los problemas arrojando bombas sobre otras naciones que también matan a inocentes y alimentan el odio. Las super-potencias a menudo cierran los ojos ante los refugiados, los pobres y hambrientos y señalan a otros como los únicos responsables de tales tragedias. Las super-potencias ponen su seguridad en armamentos (en el lenguaje bíblico diríamos "confían en carros y en caballos")... Sin embargo, algunos cristianos piensan, por ejemplo,  que ciertos regímenes que fomentan todo lo anterior, son conforme al corazón de Dios tan solo si están en contra del aborto y de la agenda de la LGTBI, semejante miopía de la iglesia es una terrible tragedia.

Por otro lado, el institucionalismo religioso nos empuja a levantar banderas concretas aparte de Jesucristo y nos adentran en la búsqueda de poder a través de la imposición y la presión, al puro estilo de los regímenes de este mundo. El proselitismo que confunde las organizaciones religiosas y los edificios con la iglesia, la domesticación con el discipulado, y el liderazgo piramidal con el servicio nos hace presas fáciles de la rendición ante el consumismo como el dios de este siglo, sobre el que también se postran modelos políticos, sociales y filosóficos.

Adentrarme en este libro me ha llevado a descubrir que el mensaje de Apocalipsis es tan radical como actual. Ahora toca desenmascarar aquellos aspectos que forman parte del estilo de la gran ramera y que pueden estar muy presentes en nuestra manera de vivir la iglesia, la política y las relaciones. Que Dios nos ayude.


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