jueves, 3 de agosto de 2017

Llego al final del libro de Apocalipsis, y me encuentro con la gloriosa visión de Juan donde la Nueva Jerusalén desciende del cielo a la tierra. Todo ello en el contexto de una promesa divina:

"El que estaba sentado en el trono anunció: — Voy a hacer nuevas todas las cosas. Y añadió: — Palabras verdaderas y dignas de crédito son estas. ¡Escríbelas!" (21:5)

La nueva Jerusalén, la nueva creación es la culminación de las consecuencias de la obra de Cristo. En 1ª Juan 3:8 se nos recuerda que Jesús vino para deshacer las obras del diablo. La Salvación que Dios ofrece tiene que ver con la restauración de todo lo que el pecado ha estropeado. La idea de nuevo tiene que ver con la imagen restaurada de la creación, con la desaparición definitiva del pecado y sus consecuencias.

Es interesante que la Nueva Jerusalén es vista por Juan bajando del cielo:

"Me llevó, pues, en visión a una montaña altísima. Allí me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo enviada por Dios," (21:10)

Esto nos permite tener en mente la imagen de unión entre cielo y tierra. El pecado trajo en el Edén desunión entre ambas realidades, sin embargo, desde entonces el Reino de Dios ha estado abriéndose paso en medio de este mundo roto. Con la presencia de Jesús en este mundo, escuchamos lo siguiente:

"...Sabed que el reino de Dios está entre vosotros." (Lucas 17:21b)

Y ahora en Apocalipsis, se nos recuerda que esa irrupción del Reino de Dios en medio de nosotros será completa y definitiva.

Es por ello que la visión de Juan, no es algo ajeno a nuestra realidad presente. Nótese que la ciudad que ve no tiene templo:

"Pero no vi templo alguno en la ciudad, porque el Señor Dios, dueño de todo, y el Cordero son su Templo." (21:22)

Sin embargo, la Iglesia ya es un elemento en este mundo que no tiene la necesidad de Templos, a diferencia de la religión que si los necesita. De ahí que en el primer siglo los creyentes pudieran decir abiertamente:

"El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él, es Señor del cielo y de la tierra. No vive en templos hechos por los hombres" (Hechos 17:24)

Los primeros cristianos entendieron bien que ahora ellos eran templos de Dios (1ª Corintios 3:16-17), lo cual tenía que ver con una relación íntima de Dios con ellos. Se trata por tanto de la unión entre Dios y el ser humano. Lo que ya experimentamos, aunque sea en parte, un día será una experiencia plena para toda la creación. Algunos teólogos han descrito el tiempo presente con el término "el ya pero todavía no", es decir, el Reino ya está aquí, pero todavía no vemos sus consecuencias plena.

Al mirar en algunos círculos cristianos hoy, me doy cuenta que con frecuencia nos olvidamos que el Reino está ya aquí. Es por ello que algunos ven el Apocalipsis como algo que sucederá y que no tiene apenas relación ninguna con el presente. Incluso el colmo de esta manera de ver las cosas, es mostrar un total desinterés por la restauración de la naturaleza y la buena administración de los recursos, total, si al final todo va a ser hecho nuevo, ¿por qué perder tiempo tratando de no contaminar? Es más, ¿por qué perder tiempo invirtiendo en paliar los grandes problemas mundiales como el hambre o la inmigración? Sin embargo, hemos de entender que aunque el Reino de los Cielos no es de este mundo, si es para este mundo, y que ese Reino actúa hoy. La Nueva Jerusalén, baja a esta tierra y lo que va a ser totalmente nuevo es la misma realidad presente ante una invasión total del Reino de Dios.

Mi lectura del libro de Apocalipsis, me ha llevado a comprobar que el mensaje de Juan para las siete iglesias y para los cristianos de todas las edades, es relevante y práctico. No se trata tanto de poner en orden eventos futuristas, sino de entender que vivimos en una realidad donde siempre surgirá una Babilonia que se opondrá a los planes de Dios, sin embargo, nuestra resistencia no es en vano, porque en realidad esta Babilonia nunca se establecerá y un día Jesús regresará para dar continuidad al amor, la justicia y la vida plena de aquellos que han decidido vivir bajo la obra del Cordero que murió por sus enemigos para salvarlos.


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