lunes, 4 de septiembre de 2017

Pablo escribe la carta a la iglesia en Roma en unas circunstancias concretas. El emperador Claudio había expulsado a los judíos de Roma (Hechos 18:1-2) y esto llevó a que la iglesia en la ciudad fuera solo de gentiles. Sin embargo, cinco años después los cristianos judíos pudieron volver a la ciudad y entonces se encontraron con un choque cultural: gentiles que seguían a Jesús pero no estaban circuncidados... todo ello produjo conflicto y Pablo les escribe buscando la unidad del pueblo de Dios.

Pablo confronta la situación anunciándoles el evangelio, ya que este debe ser aplicado en toda circunstancia:

"Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá." (1:16-17)

El evangelio es poder de Dios que salva y nos revela que Dios es justo, lo cual significa para el apóstol que Dios hace siempre lo correcto y también que él es fiel a sus promesas.

Sin embargo, lo primero que hace Pablo es una descripción de una humanidad que vive sin tener en cuenta a Dios y por lo tanto está rota:

"Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia; quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican." (1:28-32)

Uno puede caer en la tentación de no sentirse aludido con dicha descripción, sin embargo, Pablo deja claro que está hablando de una condición que compartimos gentiles y judíos igualmente:

"Por eso no tienes disculpa, tú que juzgas a otros, no importa quién seas. Al juzgar a otros te condenas a ti mismo, pues haces precisamente lo mismo que hacen ellos." (2:1)

Quizás los judíos pensaban que por haber recibido la Ley de Dios ellos se encontraban en una situación de mayor santidad con respecto al resto del mundo, sin embargo Pablo no se anda con rodeos:

"¿Qué pues? ¿Tenemos nosotros, los judíos, alguna ventaja sobre los demás? ¡Claro que no! Porque ya hemos demostrado que todos, tanto los judíos como los que no lo son, están bajo el poder del pecado, pues las Escrituras dicen: «¡No hay ni uno solo que sea justo!" (3:9-10)

En este terrible panorama de nuestra condición, las buenas noticias son que Jesús ha tomado nuestro lugar. El ha muerto por nosotros y ha resucitado de la muerte, y es por este acto que podemos alcanzar la salvación mediante la fe en él:

"por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús," (3:23-24)

Ser justificado implica por tanto una nueva identidad (somos perdonados y tenemos comunión con Dios), una nueva familia (somos incluidos como parte del Pueblo de Dios) y un nuevo futuro (estamos siendo transformados a la imagen de Cristo y estaremos siempre con Él).

Pablo refuerza su razonamiento acerca de que somos salvos por medio de la fe y no mediante el cumplimiento de una ley que somos incapaces de cumplir en el capítulo cuatro, donde nos recuerda que el mismo Abraham, el padre de los judíos, fue justificado por la fe y es padre de judíos y no judíos:

"Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia." (4:3)

El que Pablo aplique el evangelio a los problemas de la iglesia en Roma, me hace pensar en la necesidad que tenemos hoy de aplicar igualmente el evangelio a los problemas que nos afectan. Pienso en las circunstancias de nuestros días: terrorismo, brotes racistas, corrupción... y pienso como hablamos de tales cosas ignorando lo siguiente:

- Que hablamos de aquello cuya raíz albergamos en nuestro propio corazón (Romanos 2:11)
- Qué la solución que tanto necesitamos pasa por reconocer que estamos perdidos sin Dios y la obra de Jesús (Romanos 3:23-24)
- Qué Jesús lo ha solucionado con un acto de injusticia: un justo (Jesús) ha muerto por un injusto (Rubén) ¡Bendita injusticia!

La metodología a través de la cual Dios vence el mal pasa por que el mismo Dios entregue su vida por sus enemigos. Esto que para este mundo es una locura, es nuestra salvación y también el principio que nos lleva a amar a nuestros enemigos y a encarnar el amor y gracia de Dios que hemos recibido.

Es interesante que la paciencia que Dios mostró con nosotros hasta que llegamos al arrepentimiento y la que sigue demostrando cada día ante nuestras miserias a menudo está ausente del lenguaje de muchos cristianos cuando buscamos enfrentar el mal que otros han cometido. No estoy diciendo que no busquemos y reclamemos justicia, estoy hablando de entender como Dios ha operado y opera con nuestras propias injusticias y permitir que seamos canales de ese obrar para un mundo roto que solo es restaurado mediante el amor de Dios.  Sospecho que no creer que el amor y la gracia vence, implica poca fe en el poder del evangelio.

¿Cómo respondo cuando veo tanta maldad y deseo que esa maldad sea vencida? ¿Cómo responde el mundo que no conoce a Dios? ¿Cómo responde Jesús según mi propia experiencia?





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