jueves, 11 de enero de 2018

En los capítulos del siete al diez del evangelio de Juan, Jesús actúa en dos momentos muy importantes: la fiesta de los Tabernáculos o de las Enramadas (7-10:21) y la fiesta de Januká o la Dedicación (10:22-42).

Durante la fiesta de los Tabernáculos se celebraba el sustento por Dios del pueblo de Israel durante su caminar en el desierto. Sabemos como Dios proveyó para ellos agua de la roca y los guió con una nube que les alumbraba por la noche. En este contexto es que Jesús hace unas declaraciones en el templo que lleva a señalarle a él mismo como la verdadera agua y la verdadera luz para el pueblo:

"El último día del festival, el más importante, Jesús se puso de pie y gritó a la multitud: «¡Todo el que tenga sed puede venir a mí! ¡Todo el que crea en mí puede venir y beber! Pues las Escrituras declaran: “De su corazón, brotarán ríos de agua viva”»" (7:37-38)

"Jesús habló una vez más al pueblo y dijo: «Yo soy la luz del mundo. Si ustedes me siguen, no tendrán que andar en la oscuridad porque tendrán la luz que lleva a la vida»." (8:12)

El pueblo conocía perfectamente su propia historia narrada en las Escrituras, sin embargo, muchos eran incapaces de identificar a Jesús en la figura del agua y la luz. Las declaraciones del Maestro, sin embargo,  no podían dejar indiferente a quienes le escuchaban, con sus "Yo Soy" se hacía igual a Dios:

"—Les digo la verdad, ¡aun antes de que Abraham naciera, Yo Soy!" (8:58b)

Sus acciones y milagros manifestaba el carácter de su Padre y un enfoque correcto de la aplicación de la ley de Moisés. Ante la mujer adúltera que llevaron ante él, Jesús dijo:

"«¡Muy bien, pero el que nunca haya pecado que tire la primera piedra!»" (8:7b)

Lo cual hizo que todos los que le acusaban se fueran, quedando solamente él mismo, quien nunca pecó y quien tiene autoridad para juzgar, sin embargo sus palabras para la mujer fueron:

"—¿Dónde están los que te acusaban? ¿Ni uno de ellos te condenó?
—Ni uno, Señor —dijo ella.
—Yo tampoco —le dijo Jesús—. Vete y no peques más." (8:10b-11)

Pienso en como el carácter del Padre, revelado por Jesús, pone patas arriba lo que aquellos hombres esperaban hacer para agradar a Dios y me pregunto cuantas veces pasa eso en nuestros días. No puedo dejar de pensar en cristianos usando sus propias biblias para justificar la pena de muerte como solución para combatir el mal. Sin embargo, Jesús muestra un camino diferente y escandaloso, el cual cuestiona la aplicación interpretativa de muchos como el mejor camino.

La otra señal milagrosa es la de un ciego de nacimiento, al que sana en el día de reposo haciendo lodo y colocándolo en sus ojos, una acción considerada prohibida el sábado (capítulo 9).

Por si esto fuera poco, en la fiesta de la Dedicación, donde se celebra la consagración del Templo, como lugar apartado para Dios, Jesús les dice que Él y el Padre son uno (10:30), lo cual hace que las personas tomen piedras para matarlo. Jesús en medio de esta tensión, les muestra que el verdadero templo separado por Dios es él mismo:

"¿por qué ustedes me acusan de blasfemar cuando digo: “Soy el Hijo de Dios”? Después de todo, el Padre me separó y me envió al mundo." (10:36)

Tenemos por tanto al Mesías del que las Escrituras habla, mostrando que el agua que salió en el desierto de la roca y la luz que guió al pueblo son imágenes de Él mismo, diciendo que él ha sido separado por el Padre (así como el templo fue dedicado a Dios), mostrando las obras del Padre y declarando la verdad, sin embargo, muchos de los teólogos de la época son incapaces de identificarlo. Pasaban mucho tiempo estudiando las Escrituras, practicando sus ritos y tradiciones, sin embargo, esto no parecía que les conectaba con la vida de Dios en el contexto real. Pienso en como la religión tiende a encerrarnos en estructuras religiosas hasta el punto de desconectarnos con la vida real donde Dios actúa. Jesús se manifestaba en un contexto más allá del religioso, pero estos teólogos no estaban para nada familiarizados con ver a Dios más allá de las burbujas religiosas donde se movían.

¿Estamos inmersos en burbujas religiosas que nos aíslan de ver a Dios en la vida creal?

Jesús hay un momento que les dice que no tienen que creerle si solo trae mensajes orales, que les crea por hacer las obras del padre:

"No me crean a menos que lleve a cabo las obras de mi Padre;" (Juan 10:37)

Estas palabras me llevan a dos pensamientos:

- ¿Somos capaces de darnos cuenta que nuestros pensamientos y deseos muchas veces son opuestos a los del Padre? Jesús nos muestra el carácter del Padre ante la adúltera, ante los enfermos, ¿Cómo reaccionamos nosotros ante los que pecan o están en necesidad?

- Si dijéramos al mundo que no nos crean por nuestras palabras sino por nuestras obras, ¿qué tipo de obras verían en nosotros? Pienso en si nuestro mensaje tiene un contexto de credibilidad en nuestras acciones, mostrando así que la vida cristiana se trata de una Vida real y no solo de afirmaciones sobre el pasado y el futuro que hay que creer y que poco o nada afectan al presente.

Los teólogos de la época rechazaron a Jesús, ¿pasa esto hoy también? Si es así, ¿Hay algo que podemos hacer para evitarlo? ¿Qué implicaciones prácticas tiene para nosotros el término "creer en Jesús"?





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