domingo, 28 de enero de 2018

Me adentro en la parte final del libro de Juan, justo después de la oración de Jesús por sus discípulos. Antes de dicha oración el Maestro dijo:

"Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo." (16:33)

Ahora, vamos a tener una idea de cual es la estrategia divina a través de la cual Jesús vence al mundo, es muy interesante ver que en el Reino de Dios, la conquista se lleva a cabo de manera muy diferente a como lo hacen los reinos de este mundo.

Lo primero con lo que nos encontramos es con la revelación del nombre de Jesús como "Yo Soy". La palabra griega que se usa es la traducción de la palabra hebrea que se usa en el Antiguo Testamento para revelar el nombre de Dios (Éxodo 3.14, Isaías 43:10, 46:9). Es muy interesante que Juan ha mostrado en dos bloques de siete, situaciones en la que el Maestro habla de si mismo como "Yo Soy":

Yo soy el pan de vida (6:35), la luz del mundo (8:12), la puerta (10:7), el buen pastor (10:11), la resurrección (11:25), el camino, la verdad y la vida (14:6) y la vid verdadera (15:1).

Y por otro lado Juan diseñó otras siete situaciones donde Jesús simplemente dice "Yo Soy" (4:6, 6:20, 8:24, 8:28, 8:58, 13:19, 18:5).

Estamos en el último "Yo Soy" y este provoca la caída de las personas que lo oyen:

"Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron, y cayeron a tierra." (18:6)

Estamos por tanto ante la revelación divina de quien es Jesús lo cual no nos deja duda de que lo que viene por delante es la estrategia de Dios mismo para vencer la maldad.

Jesús es llevado al sumo sacerdote primero y después ante el gobernador Pilato, donde quiero resaltar las siguientes palabras del Maestro:

"Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí." (18:36)

Es decir, Jesús es un rey, pertenece a un reino, pero este reino penetra en este mundo desde unos valores y principios bien diferentes a los que estamos acostumbrados, revelándonos así el carácter de Dios mismo. Este reino divino ha decidido vencer sin espada:

"Jesús entonces dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina;" (18:11a)

Si no con una entrega voluntaria, radical y amorosa del Dios encarnado para morir en una cruz por aquellos que estamos perdidos:

"Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu." (19:30)

Sin embargo, la muerte de Jesús acaba en resurrección; al tercer día el cuerpo no está en la tumba y se aparece a sus discípulos, a quienes les envía para cumplir una misión en el mundo bajo la presencia del Espíritu Santo:

"Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo." (20:21-22)

Finalmente, llegamos al epílogo, donde Jesús vuelve a aparecerse a sus discípulos mientras ellos están pescando sin éxito. Jesús les dice desde la orilla que lancen las redes al otro lado de la barca, y al hacerlo obtienen una pesca increíble lo cual les lleva a reconocer que quien les estaba hablando era el Maestro. Sospecho que aquí se nos da a conocer un principio básico para la misión, relacionado con nuestra necesidad de escuchar y obedecer a Jesús como requisito para tener fruto.

Me quedo por tanto con el hecho de que el reino de Dios opera de manera diferente a los demás reinos de este mundo. Es a través de la entrega de Jesús en una cruz para morir y su resurrección al tercer día, que obtenemos el perdón de nuestros pecados y la victoria contra la maldad. Todo ello no es un acto que carezca de repercusión para nosotros en el presente, sino que por el contrario, nos abre el camino para la misión en este mundo bajo la presencia y poder del Espíritu Santo. Sin embargo, solo obedeciendo a Jesús, es que obtendremos éxito en nuestro objetivo y veremos el fruto de nuestro trabajo, así como los discípulos vieron una gran pesca solo cuando obedecieron.

Si la esencia del pecado es una actitud en la que decimos "Dios no te necesito, yo decido lo que está bien o está mal independientemente de lo que tu has dicho", la conversión que nos introduce a ser discípulos de Jesús tiene que ver con una rendición a la voluntad del Maestro. Obedecerle, se hace posible gracias a la presencia del Espíritu Santo en nosotros, y todo ello es el resultado de la obra de amor de Cristo en la cruz.

¿Tengo claro que tengo una misión en este mundo roto? ¿Soy consciente de que el fruto de mi misión depende de mi obediencia al Maestro como discípulo?

¿Qué me está diciendo Jesús que haga? ¿De qué manera me ayuda su Espíritu Santo a obedecer?



0 comentarios:

Publicar un comentario