miércoles, 21 de febrero de 2018

La cuarta discusión en el libro de Malaquías contiene una queja constante por parte del pueblo hacía Dios:

"Ustedes han cansado al Señor con sus palabras.
«¿Cómo lo hemos cansado?», preguntan.
Lo cansaron diciendo que todos los que hacen el mal son buenos a los ojos del Señor y que él se agrada de ellos. Lo han fatigado al preguntar: «¿Dónde está el Dios de justicia?»." (2:17)

El ver como los injustos prosperan es algo que nos crea malestar. La cosa se agrava cuando los que consideramos a Dios como Señor nuestro, enfrentamos dificultades e injusticias a la vez que los que no le temen reciben los bienes y placeres que no tenemos.

Me encanta que la Biblia no esconde este hecho. Los Salmos a menudo manifiestan esta queja abiertamente ante el Señor y nos da, en cierto sentido, un modelo de oración que bien podemos incorporar en nuestra adoración. Es interesante ver como en muchas comunidades cristianas, si te quejas ante Dios, eres visto como alguien sospechoso en el mejor de los casos. Sin embargo, en el contexto bíblico, la queja ante Dios es ofrecida frecuentemente y abiertamente.

Dios contesta a la queja del pueblo, básicamente le dice que va a enviar un mensajero que preparará el camino al Señor, quien finalmente traerá la justicia que anhelan. Llegará el momento en que los sacerdotes actuarán como deben actuar y el pueblo ofrecerá su adoración correctamente:

"Se sentará como un refinador de plata y quemará la escoria. Purificará a los levitas, refinándolos como el oro y la plata, para que vuelvan a ofrecer sacrificios aceptables al Señor. Nuevamente el Señor recibirá las ofrendas que el pueblo de Judá y Jerusalén le lleven, como lo hizo en el pasado." (3:3-4)

Las palabras del Señor son muy esperanzadoras también para nuestra realidad presente, pues son muy oportunas ante unos tiempo donde abunda la búsqueda del placer y del poder de manera inadecuada y ante un gobierno y una ciudadanía que a menudo ignoramos las necesidades de los que son estafados por empresarios injustos, o no pueden seguir adelante confortablemente con sus vidas por el hecho de ser viudas o extranjeros, dos palabras muy usadas en el lenguaje profético del Antiguo Testamento y que engloban a los más vulnerables en nuestras ciudades:

"En ese día, yo los pondré a juicio. Estoy ansioso por dar testimonio contra todos los hechiceros, los adúlteros y los mentirosos. Declararé en contra de los que estafan a sus empleados con sus sueldos, de los que oprimen a viudas y huérfanos o privan de justicia a los extranjeros que viven entre ustedes, porque gente que hace estas cosas no me teme», dice el Señor de los Ejércitos Celestiales." (3:5)

La Biblia no ignora la realidad de que los injustos prosperan, pero esta realidad se pone en perspectiva. No es algo que permanecerá para siempre, un día se acabará. Es decir, más allá de la tumba, no habrá tal prosperidad injusta que hoy todavía vemos. A la vez, todo acto de misericordia, de compasión y de justicia en el presente, permanecerá para siempre, la muerte no podrá contener al amor y la justicia, ambos resucitarán.

La realidad de que el día del Señor vendrá, de que el Reino de Dios que ahora vemos en parte un día se establecerá plenamente, no nos debe llevar a estar de brazos cruzados. Todo lo contrario, es una magnífica oportunidad para adentrarnos hoy en la vida eterna, aquella que irrumpe en nuestros días y finalmente triunfará y se impondrá contra todo lo perecedero, "Pues él será como un fuego abrasador que refina el metal o como un jabón fuerte que blanquea la ropa." (3:2b)

¿Qué papel debemos tomar como iglesia en medio de las injusticias que nos rodean? ¿De qué manera podemos involucrarnos hoy en lo que sabemos que permanecerá para siempre?





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