domingo, 11 de marzo de 2018

En el capítulo tres, Pablo pasa a describir las cualidades que deben acompañar a los cristianos que supervisan la vida comunitaria (obispos) y sirven en medio de la comunidad (diáconos).

Hay algo que pasa desapercibido a quienes leen este pasaje desde las gafas únicas que nos ha prestado la religión organizada. Me refiero a que obispos, presbíteros y ancianos (palabras que se usan para designar diferentes aspectos de una misma función) y también diáconos, en el nuevo testamento no hace referencia a un oficio o a un puesto de liderazgo de carácter piramidal.

Es muy interesante que Pablo en ocasiones usa el término diácono e incluso anciano, para referirse a si mismo, incluso a Jesús lo nombra como diácono. Si alguien sostiene que el término diácono o anciano alude a un puesto muy concreto, tendría dificultades para entender  a Pablo cuando se refiere a el mismo como diácono ¿acaso Pablo no es un apóstol?

Una clave para entender el modelo de liderazgo de la Iglesia del Nuevo Testamento, es recordar que en el Reino de Dios el liderazgo es muy diferente a como lo encontramos en el mundo (Mateo 20:25-28, Lucas 22:25-26). Cuando nosotros tratamos de leer la palabra apóstol, anciano, presbítero, obispo y diácono desde las gafas de Constantino o el mundo empresarial moderno, acabaremos distorsionando el sentido original y teniendo problema con un patrón general que encontramos en la narrativa Nuevo Testamentaria, y que no encontramos tanto en los modelos de iglesias convencionales:

- Los apóstoles a menudo escriben a una iglesia en medio de graves problemas, sin embargo estas cartas eran dirigidas a toda la comunidad y no a personal directivo (Gálatas 1:1-2, 1ª Tesal. 1:1, 2ª Tesal. 1:1, 1ª Cor. 1:1-2, 2ª Cor. 1:1, Romanos 1:1,7, Colosenses 1:1, Efesios 1:1, Filipenses 1:1). Las cartas llamadas pastorales, como esta a Timoteo, no eran dirigida a ningún obispo sino a colaboradores apostólicos que realizaban funciones mediante viajes.

- No encontramos en el Nuevo Testamento cargos que impliquen monopolizar reuniones o tomar decisiones por el resto de la comunidad. Por ejemplo, el desorden en Corintios, no se arregla con un acto de monopolización mediante un dirigente, sino con instrucciones claras acerca de como cada miembro debe participar y mantienen la teología comunitaria de Pablo de "una sola y única cabeza que se revela a diferentes miembros cuando se reúnen: y uno tiene...otro...". Es muy interesante que en el vocabulario apostólico no se encuentre las palabras en griego que designan puestos de autoridad sobre otros como: arche, time, telos, archisisunagogos, hazzan, taxis, hierateia, archon. 

Todo ello nos invita a leer las palabras anciano, presbíteros, obispos, diáconos y también apóstol, profeta, evangelista, pastor y maestro (Efesios 4:11-12) no desde el sustantivo, sino desde el verbo. Él énfasis en el Nuevo Testamento están en funciones y no en cargos oficiales. Tristemente la herencia eclesiológica que nos deja la iglesia institucionalizada pone el énfasis en puestos y oficios.

En la iglesia del Nuevo Testamento, los obispos y diáconos a los que Pablo se refiere, están entre la comunidad, y no sobre la comunidad. Son referentes que dirigen desde una posición de autoridad moral y no desde una posición de autoridad posicional. Son funciones que cualquiera de nosotros podríamos anhelar ("Si alguno anhela obispado, buena obra desea." 1:1b) aun realizar independientemente de que exista o no un reconocimiento de las mismas. En el Nuevo Testamento, el acto de reconocer a quienes realizan ciertas funciones debido a su madurez, era la manera de responder ante periodos donde falsas doctrinas y falsos maestros amenazaban a la iglesia con desviarla de su propósito. Para algunos parece impensable que en el Nuevo Testamento Pablo dejó comunidades durante años sin su presencia y sin ancianos reconocidos, siendo posteriormente que mandó a Timoteo reconocerlos ante un entorno que estaba siendo hostil, pero así fue.

Dicho esto, el pasaje de hoy es una invitación a examinar nuestras vidas en medio de nuestro proceso de madurez. Es todo un mapa de ruta en nuestra formación espiritual para desarrollar nuestro cuidado por los más jóvenes en la fe (función de anciano) y nuestro servicio en amor (función de diácono). Es una invitación a una espiritualidad integral, donde el carácter es el que determina la influencia en la comunidad y no el sabernos manejar ante estructuras eclesiológicas o subcultura religiosa concretas.

Es triste cuando vemos a cristianos que se manejan bien en cargos concretos que implican acciones visibles ante la comunidad, y se manejan mal en aquellos lugares donde pasan más tiempo a lo largo de su vida: su familia, su vecindario, su trabajo... Pablo está dando instrucciones claras para que dicho dualismo no tenga lugar en medio de la iglesia: los que supervisan la vida de la comunidad deben ser... y los que sirven deben ser... En un sentido, todos tenemos cierta responsabilidad de cuidar y servir, por lo que no consideraría descabellado tener en cuenta la fotografía de Pablo de como debe ser un obispo y un diácono como receta válida para nosotros y como punto de referencia al que debemos movernos.

La pregunta para mi hoy es clara: ¿Cómo vamos a formarnos espiritualmente para una vida espiritual integral, que nos permita aplicar la fe como parte del tejido social donde nos movemos y no solo dentro de la vida comunitaria? No tener en cuenta esta formación integral que nos propone Pablo, puede llevarnos a confundir la domesticación con el discipulado, lo primero solo nos ayuda a movernos en una subcultura, lo segundo transforma nuestro carácter.



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