sábado, 17 de marzo de 2018

En los dos primeros versos del capítulo seis de 1ª de Timoteo, Pablo guía a su compañero a enfrentar otro problema, esta vez relacionado con la relación entre esclavos y amos.

Estamos ante uno de los pasajes más usados por algunos cristianos que en su momento no apoyaron la abolición de la esclavitud. La descontextualización de algunos textos de Pablo, junto con una actitud literalista que pierde de vista la narrativa y convierte los párrafos nuevo testamentarios en artículos de ley, son el coctel perfecto para el fundamentalismo religioso, incapaz de distinguir la cultura concreta con el nuevo orden del cielo.

Así como para entender el capítulo tres, tuvimos que partir de que el enseñoreamiento del hombre sobre la mujer es una consecuencia del pecado (Génesis 3:16), no podemos hacer menos ante la realidad de la esclavitud en medio del modelo de familia romana de la época.

Pablo deja muy claro que en Cristo Jesús:

"No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús." Gálatas 3:28

Estas palabras pierden gran fuerza, si creemos que la voluntad de Dios no altera la tendencia humana de que unos controlen a otros por razones étnicas, sexuales o sociales, me refiero a esa tendencia que acaba siendo culturalmente aceptada y finalmente confundida con la voluntad de Dios en la tierra. Si no tenemos claro que Cristo vino a derribar las barreras que son solo consecuencia de vivir sin tenerle en cuenta, es muy fácil que perdamos de vista la realidad del Reino de Dios que hoy es en parte y un día será plenamente establecido.

Esto también nos pasa a la hora de buscar un liderazgo de poder. La narrativa bíblica nos deja bien claro, que el que el pueblo de Dios tuviera reyes, nunca fue idea divina:

"Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos." (1ª Samuel 8:7)

"Pero el pueblo no quiso oír la voz de Samuel, y dijo: No, sino que habrá rey sobre nosotros; y nosotros seremos también como todas las naciones, y nuestro rey nos gobernará, y saldrá delante de nosotros, y hará nuestras guerras." (1ª Samuel 8:189-20)

La narrativa bíblica y nuestra experiencia actual, nos habla de nuestra dificultad para entender el nuevo reino que se avecina; pensar que la voluntad de Dios es que el hombre tenga autoridad sobre la mujer, que los ancianos sean puestos privilegiados de gobierno sobre la comunidad cristiana o que la esclavitud se perpetue, son solo algunas pistas de que operamos bajo el paradigma terrenal que un día desaparecerá.

Dicho esto, no debemos perder de vista la manera estratégica en la que el Reino de Dios se establece en medio de las convulsiones sociales que nos rodean debido a los choques culturales.

Pablo es consciente del arraigo del modelo familiar romano en medio de la iglesia de Éfeso, así como de las revueltas de los esclavos de la época, y como tales revueltas están siendo frenadas por la violencia del imperio Romano. Es en medio de este contexto, que la propuesta de transformación de la familia romana no sea a través de la violencia, sino a través del amor persuasivo. Es muy probable que algunos cristianos en condición de esclavos, estuvieran sumándose a dichas revueltas.

Pablo desea que los vecinos y aun cristianos que formaban el modelo familiar romano no se sientan repudiados, sino persuadidos por las implicaciones prácticas de una nueva visión de la familia. En otras cartas Pablo reprende a creyentes que tienen a su cargo esclavos y en esta ocasión lo hace a cristianos en condición de esclavos. Unos y otros son exhortados a una nueva manera de vivir y tratarse, la cual marcaría la diferencia y la luz en el entorno social.

"El hecho de que tengan amos creyentes no es excusa para ser irrespetuosos. Al contrario, esos esclavos deberían servir a sus amos con mucho más esmero, porque ese esfuerzo beneficia a otros muy amados creyentes." (6:2)

El texto de hoy pone ante mi dos retos importantes y complementarios:

El primer reto es el de no perder de vista la voluntad última de Dios en medio de la cultura social establecida en nuestro mundo y aun en nuestras comunidades cristianas.

El segundo reto es el de abrir paso al nuevo modelo del cielo desde una actitud persuasiva y ejemplar y no desde la imposición al puro estilo romano.

¿Qué respuestas predominan en mi entorno ante culturas no aceptadas? ¿Hay en Cristo una alternativa de respuesta que debería considerar?




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