jueves, 5 de abril de 2018

Me adentro en la lectura del libro de Ezequiel, uno de los denominados profetas mayores. Ezequiel fue un sacerdote en Jerusalén que fue llevado cautivo a Babilonia (2ª Reyes 24:8-17), parece que los Babilonios no acabaron con la ciudad, pero si se llevaron un gran número de presos a su territorio, estando el autor de este libro entre ellos.

El libro narra cinco años después de dicha deportación, en realidad comienza en el treinta cumpleaños de Ezequiel, donde tiene una visión celestial estando sentado en la orilla de un canal de riego muy cerca de su campo de refugiados.

"Aconteció en el año treinta, en el mes cuarto, a los cinco días del mes, que estando yo en medio de los cautivos junto al río Quebar, los cielos se abrieron, y vi visiones de Dios." (1:1)

El profeta ve a cuatro seres extraños con alas, con cuatro ruedas debajo y un trono encima, donde una figura de luz resplandece, Ezequiel describe la visión como "la semejanza de la gloria de Jehová", la palabra gloria en el original significa, peso, importancia:

"Ésta fue la visión de la semejanza de la gloria de Jehová. Y cuando yo la vi, me postré sobre mi rostro, y oí la voz de uno que hablaba." (1:28b)

La visión apertura el ministerio profético de Ezequiel, el cual va a implicar dirigirse al pueblo de Israel que ha roto su pacto con el Señor, adorando a otros dioses y viviendo en injusticia e inmoralidad.

Sin embargo, Dios prepara a Ezequiel para dar un mensaje que puede no ser escuchado:

"Acaso ellos escuchen; pero si no escucharen, porque son una casa rebelde, siempre conocerán que hubo profeta entre ellos." (2:5)

"Mas la casa de Israel no te querrá oír, porque no me quiere oír a mí; porque toda la casa de Israel es dura de frente y obstinada de corazón." (3:7)

Sin embargo, la responsabilidad profética es dar el mensaje que Dios ha puesto en su boca, si tras hacerlo, el pueblo decide no volverse de su camino, el profeta no es culpable de ello, ha hecho lo que Dios le encomendó:

"Pero si tú amonestares al impío, y él no se convirtiere de su impiedad y de su mal camino, él morirá por su maldad, pero tú habrás librado tu alma." (3:19)

Dicho esto, en los capítulos cuatro y cinco vemos la manera en la que Ezequiel ha de dar el mensaje para que sea más relevante, que es a través de unos actos públicos llenos de simbolismo, donde en un sentido se representa la realidad de como Israel ha tomado un camino que le lleva a la destrucción: el profeta tendrá que esforzarse en esta comunicación significativa y para ello deberá acostarse de una determinada manera, cocinar comida bajo estiercol, construir una ciudad de Jerusalén en miniatura, cortarse el pelo etc.:

"Hijo de hombre, toma una espada afilada y úsala como navaja para afeitarte la cabeza y la barba. Toma una balanza y pesa el cabello en tres partes iguales." (5:1)

Los primeros siete capítulos del libro me hacen pensar en la realidad de que servir a Dios no siempre significa tener éxito en nuestro ministerio. No podemos ignorar, que a veces el rechazo de nuestro mensaje puede estar perfectamente relacionado con nuestra falta de claridad y de contextualización. Algunos piensan que su mensaje es rechazado por la dureza del corazón de los receptores, obviando la posibilidad de que no estemos siendo entendidos correctamente. No debe haber duda, de que es nuestra responsabilidad dar el mensaje y darlo de manera entendible.

A veces puede ser que estemos hablando en lengua extraña sin ni siquiera tener el don de lenguas. Si te acercas a alguien que no esté familiarizado con el lenguaje y ciertos conceptos bíblicos y le decimos: "El Cordero inmolado ha derramado su sangre carmesí para redimirte de tus pecados y que obtengas vida eterna" , estaremos diciendo una gran verdad, pero es muy probable que será un mensaje poco o nada provechoso si no hay una interpretación de los conceptos que hemos decidido usar y una correcta contextualización de la necesidad de dicho mensaje.

El texto de hoy me recuerda que no es nuestra responsabilidad la respuesta de quienes nos escuchan, pero si es nuestra responsabilidad dar el mensaje que Dios pone en nuestro corazón de manera clara y entendible. Para Ezequiel, eso significó una serie de actos públicos para llamar la atención e invitar a la reflexión. Ahora, una vez que hemos cumplido con nuestra responsabilidad de ser entendidos, es posible que seamos igualmente rechazados. El problema de Israel no era que no podía entender, sino que no quería escuchar:

"No, no te envío a gente que habla un idioma extraño y difícil de entender. Si te enviara a esas personas, ¡ellas te escucharían!" (3:6)

Saber que no me toca convencer a nadie, pues este es el papel del Espíritu Santo, es un gran alivio para mi ministerio. Sin embargo, el que no me toque convencer, no me quita la responsabilidad de dar el mensaje de manera entendible a los receptores.

¿Soy consciente de que no me toca convencer a las personas? ¿Cómo puedo asegurarme de que el rechazo a mi mensaje no sea por falta de entendimiento?


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