viernes, 6 de abril de 2018

En los primeros siete capítulos vimos como Ezequel tuvo una visión de la gloria de Dios en su lugar de cautiverio en Babilonia. Una pregunta interesante es ¿Qué hace la gloria de Dios manifestándose en un lugar como Babilonia? El capítulo ocho contesta perfectamente esta pregunta.

Ezequiel vuelve a tener una visión, en esta ocasión ve el templo de Dios y como fuera y dentro del mismo se está rindiendo adoración a dioses paganos:

"Entonces el Señor me dijo: «Hijo de hombre, mira hacia el norte». Así que miré hacia el norte y, junto a la entrada de la puerta que está cerca del altar, estaba el ídolo que tanto había provocado los celos del Señor." (8:5)

"Entonces entré y vi las paredes cubiertas con grabados de toda clase de reptiles y criaturas detestables. También vi los diversos ídolos a los que rendía culto el pueblo de Israel." (8:10)

"Así que me llevó a la puerta norte del templo del Señor; allí estaban sentadas algunas mujeres, sollozando por el dios Tamuz." (8:14)

"Entonces me llevó al atrio interior del templo del Señor. En la entrada del santuario, entre la antesala y el altar de bronce, había unos veinticinco hombres de espaldas al santuario del Señor. ¡Estaban inclinados hacia el oriente, rindiendo culto al sol!" (8:16)

Esta es la razón por la cual la gloria de Dios abandona el templo y el pueblo queda expuesto a las consecuencias de su propio camino. La libertad implica dos aspectos: la elección y la responsabilidad. Ezequiel está mostrando la raiz del problema, el pueblo ha elegido un camino de destrucción.

"«¿Ves esto, hijo de hombre? —me preguntó—. ¿No le importa nada al pueblo de Judá cometer estos pecados detestables con los cuales llevan a la nación a la violencia y se burlan de mí y provocan mi enojo? Por lo tanto, responderé con furia. No les tendré compasión ni les perdonaré la vida y por más que clamen por misericordia, no los escucharé»." (8:17-18)

Ahora sabemos porqué la gloria de Jehová no estaba en el templo sino manifestándose a Ezequiel en Babilonia.

"Luego los querubines se elevaron. Eran los mismos seres vivientes que yo había visto junto al río Quebar." (10:15)

Sin embargo, el mensaje profético no solo habla del pecado y sus consecuencias, sino que incluye en el capítulo once un atisbo de esperanza. El Señor no va a abandonar a su pueblo en el destierro:

"»Por lo tanto, diles a los desterrados: “Esto dice el Señor Soberano: ‘A pesar de que los esparcí por los países del mundo, yo seré un santuario para ustedes durante su tiempo en el destierro." (11:16)

Y no solo esto, sino que Dios se propone de nuevo restaurar lo que el pecado ha estropeado, en este caso, implica que el pueblo vuelva a tener la tierra que ha perdido:

"Yo, el Señor Soberano, los reuniré de entre las naciones adonde fueron esparcidos y les daré una vez más el territorio de Israel’”." (11:17)

Sin embargo, las consecuencias del pecado solo tendrán beneficio a corto plazo a no ser que se ataje el problema de raíz, de ahí que el capítulo once sigue ahondando en lo que el pueblo realmente necesita para que esta situación no se repita:

"»Cuando los israelitas regresen a su patria, quitarán todo rastro de sus imágenes repugnantes y sus ídolos detestables. Les daré integridad de corazón y pondré un espíritu nuevo dentro de ellos. Les quitaré su terco corazón de piedra y les daré un corazón tierno y receptivo, para que obedezcan mis decretos y ordenanzas. Entonces, verdaderamente serán mi pueblo y yo seré su Dios." (11:18-20)

A menudo, nosotros solo nos enfocamos en las consecuencias del pecado, sobre todo, si estas no son deseables. La realidad es que padecemos una ruptura interna con emociones no deseadas, y una ruptura con el prójimo y el entorno que nos llevan a conflictos en medio de la familia, el trabajo, el vecindario... y no digamos los conflictos bélicos nacionales e internacionales y el grado de destrucción y sufrimiento que generan. Todo ello, nos hablan de que hemos elegido el camino equivocado. Sin embargo, además de tratar de paliar tales consecuencias, necesitamos a la vez ir a la raíz del problema, que no es otra, que mi decisión de vivir sin tener en cuenta al Creador. Nuestra rebelión consiste en tratar de ser como Dios, decidiendo lo que está bien y lo que está mal independientemente de lo que Él ha dicho.

La humanidad necesita un nuevo corazón, una nueva manera de ver el mundo y de movernos en él y esto es lo que Dios se ha propuesto hacer en nosotros, de hecho solo él puede hacer esa obra profunda y sanadora en nosotros. La cuestión es si yo soy consciente de tal necesidad y estoy dispuesto a confiar en el único que puede rescatarme de mi mísera condición.

La porción de hoy me invita a reconocer mi necesidad de la obra restauradora de Dios en mi vida, cuando no reconozco mi condición, hay dos cosas que suelen pasar: sigo andando en un camino que me lleva a la destrucción y/o trato de paliar ciertas consecuencias no deseadas de mi manera de caminar sin ir a la verdadera raíz, lo cual, como dice el refranero español es "pan para hoy y hambre para mañana". Sin embargo podemos decir al Creador:

"Señor, necesito un nuevo corazón, si no me lo das, poca esperanza tengo. Gracias por disponerte a darme lo que necesito en vez de lo que merezco. Confío en tus promesas y en la obra de Cristo para hacer posible la obra de renovación que anhelo. Gracias por trasladarme al camino de Jesús, donde nuestro corazón es transformado, guíame en esta senda de fe y gracia." 


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