domingo, 17 de junio de 2018

El capítulo 10 nos narra como un Centurión Romano y las personas a su alrededor escuchan el evangelio de Jesús a través de Pedro y reciben el Espíritu Santo.

Lo primero que llama mi atención es que este Centurión, alguien que adora a Dios y da limosna, recibe la guía sobrenatural de que llame a Pedro de la siguiente manera:

"Hace cuatro días, a esta misma hora, estaba yo aquí en mi casa ocupado en la oración de la tarde, cuando de pronto..." (10:30).

Pedro, por su lado, recibe también guía sobrenatural para atender a los enviados del Centurión mientras se encontraba realizando la disciplina espiritual de la oración:

"Pedro subió a la terraza para orar a eso del mediodía. De pronto..." (10:9-10).

Esto era cerca de la hora sexta. Dice un bíblico comentarista: "Así que oraba, no solo por la mañana y por la tarde, a las horas respectivas de los sacrificios (matutinos y vespertinos), sino también al medio día;" (Matthew Henry de CLIE).

Me resalta que ambas personas probablemente tenían un ritmo de oración, práctica que de alguna manera habían aprendido en su medio de la formación espiritual recibida.

Un ritmo de oración nos ayuda a parar para recordar que en nuestra vida cotidiana necesitamos a Dios, es una herramienta para lo que el hermano Lorenzo denominó "La Práctica de la Presencia de Dios", y realizada con la actitud y perspectiva correcta, es una buena manera de romper con el dualismo sagrado/secular.

Esta práctica espiritual que vemos también en el Antiguo Testamento (Daniel 6:10, 13), a menudo se ha perdido a lo largo de los siglos entre los cristianos contemporáneos, sin embargo, las ordenes monásticas las han practicado hasta el día de hoy, lo cual me hace pensar en la posibilidad y los beneficios de recuperarla.

En muchos entornos cristianos el discipulado solo se basa en la transmisión de información intelectual e ignora la importancia de un estilo de vida que nos coloque en el lugar adecuado donde la gracia Dios suele actuar.

Lo segundo que llama mi atención es que la teología de Pedro tiene que ser modificada. Pedro con su formación como judío, tenía dificultad para entender que Dios no hacía acepción de personas y que el Espíritu Santo también podía derramarse entre los gentiles. Por eso Dios le provee de una visión que va a ensanchar su cosmovisión de la realidad espiritual.

Pensaba en este maravilloso principio que Dios le revela a Pedro y que va a romper su visión dualista de la sociedad:

"...pero Dios me ha mostrado que ya no debo pensar que alguien es impuro o inmundo." (10:28b)

Vivo en una sociedad muy fracturada ante tantas interpretaciones de la realidad. Si bien algunas de estas interpretaciones pueden parecerme grotescas, el camino de imponer mi visión a otros cada vez me parece más alejada del modelo de Jesús. Hoy en día frecuentan en las redes cristianos con visiones del mundo conservadoras o progresistas que se regocijan cuando sus postulados son apoyados por gobiernos e impuestos en la sociedad, como si este fuera el verdadero camino para la transformación profunda de nuestro mundo. Lo más triste, es que el estilo de diálogo ante las diferentes interpretaciones de la realidad suele ser el más adecuado para serias fracturas, para defendernos del otro,  para juzgarnos y finalmente para evitarnos. Al tomar este camino, perdemos de vista que en la fe cristiana, la transformación viene desde identificarme con mi prójimo y morir a mi mismo (tal como Jesús nos enseñó). Si, sentarse en la misma mesa con "publicanos y pecadores" es lo que necesito que hagan conmigo y lo que necesito aprender a hacer con otros. 

¿Cómo debe cambiar mi manera de dialogar y relacionarme cuando entiendo la profundidad de  "que ya no debo pensar que alguien es impuro o inmundo"? ¿Qué maneras sutiles permanecen en mí para como Pedro antes de la visión, juzgar o evitar no relacionarme con aquellos que ya tengo etiquetados dentro de un movimiento o pensamiento que no comparto?

La historia de Pedro en la azotea también me recuerda que la teología, como construcción humana que es, necesita ser revisada a la luz de la revelación divina. Mientras que la revelación de Dios es dinámica y perfecta, nuestro entendimiento de la misma (nuestra teología)  responde a factores temporales y culturales que hacen que sea limitada. A la vez esto conlleva algo por mi parte, reconocer que necesito la suficiente humildad y valentía para revisar mis postulados teológicos y para aceptar mis posibles errores o limitaciones ante los mismos. Por cierto, mis verdaderos postulados teológicos no necesariamente son los que expreso verbalmente, son los que que me llevan a vivir de una determinada manera. Por ejemplo, hablar de la importancia de ser inclusivos desde una actitud constante de exclusividad es algo en lo que caemos frecuentemente. 

Nuestra teología, como en el caso de Pedro, puede limitar la actuación de Dios, sin embargo, no es Dios quien se limita a mi visión de las cosas, sino yo quien debo revisar mi teología para que esta encaje con el genuino mover del Espíritu Santo en el mundo. Es por ello que debo ser libre de dogmatismos, y de la tendencia de que Dios debe someterse a mi punto de vista, por muy buena base que tenga mi legítima teología.

El cuadro de hoy me recuerda que en mi espiritualidad, no debe faltar las prácticas que me ayudan a centrarme en Dios y me colocan en el lugar donde Él puede hablarme, cambiarme y usarme.

Y también que mi teología debe estar dispuesta a ser revisada, pues puede estar limitando mi visión de Dios y de su obra en el mundo.

La ausencia de un estilo de vida práctico en nuestro discipulado y de la posibilidad de que nuestra teología sea revisada, son dos importantes barreras en nuestra espiritualidad y misión en el mundo. Mi tendencia a etiquetar y a excluir al diferente es una señal de cuanto necesito enfrentar estas barreras.

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