jueves, 28 de junio de 2018

El libro de Hechos acaba en el capítulo 27 y 28 con el naufragio del barco donde el apóstol viajaba y era conducido rumbo a Roma, la salvación de toda la tripulación llegando a la isla de Malta y finalmente la llegada a Roma donde proclamó el mensaje del Reino y quedó dos años completos.

Llama mi atención como en medio de las circunstancias en las que Pablo se encuentra, su fe siempre aporta a quienes le acompañan: en medio del huracán en el mar, trae palabras de consuelo recibidas por un ángel; afirmando que todos se salvarán de la tormenta aunque la nave se perderá.

"Pero ahora os exhorto a tener buen ánimo, pues no habrá ninguna pérdida de vida entre vosotros, sino solamente de la nave. Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo" (27:22-23)

Una vez en Malta el padre del funcionario principal de la isla estaba enfermo y Pablo lo sana:

"Y aconteció que el padre de Publio estaba en cama, enfermo de fiebre y de disentería; y entró Pablo a verle, y después de haber orado, le impuso las manos, y le sanó." (28:8)

Una vez en Roma, Pablo les testifica acerca del Reino de Dios.

"Y habiéndole señalado un día, vinieron a él muchos a la posada, a los cuales les declaraba y les testificaba el reino de Dios desde la mañana hasta la tarde, persuadiéndoles acerca de Jesús, tanto por la ley de Moisés como por los profetas." (28:23)

Todo ello me hace pensar en que aporta mi fe en medio de las circunstancias en las que me encuentro.

¿Estoy dispuesto a recibir palabras de aliento para los que me rodean y están en dificultades?, y si esto ocurriera ¿Estaría dispuesto a compartirlas con ellos? ¿Estoy dispuesto a orar con fe por los que están en momentos críticos? ¿Estoy dispuesto a compartir del Reino de Dios con los que tengo cerca?

Dios me desafía con el ejemplo de Pablo a un estilo de vida misional, que no se basa en eventos para ser sal y luz en medio de un mundo roto, sino que consiste sencillamente en abrir mis ojos ante la realidad que me rodea, y permitir que Dios me dirija a llevar su palabra, su sanidad y sus buenas noticias en mi entorno.

¿Estoy dispuesto a ser misional en el contexto de la vida cotidiana?... quizás todo comienza abriendo mis ojos ante la necesidad y pidiendo a Dios que me libre de mirar hacía otro lado.



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