miércoles, 25 de julio de 2018

Llego al final del libro de Zacarías adentrándome en los últimos tres capítulos, donde encontraremos nuevas imágenes acerca del Reino del Mesías, más concretamente, acerca de la nueva Jerusalén.

La nueva Jerusalén es un espacio donde la justicia se hará presente y el mal será derrotado:

"En aquel día Jehová defenderá al morador de Jerusalén; el que entre ellos fuere débil, en aquel tiempo será como David; y la casa de David como Dios, como el ángel de Jehová delante de ellos." (12:8)

Sin embargo, la justicia no solo será evidente exteriormente en la relación con el resto de las naciones opresoras, sino interiormente, en el corazón de los que forman el pueblo de Dios. Se nos muestra a un pueblo que experimenta gracia, que se vuelve a Dios en oración y que llora arrepentido por rechazar a su pastor Mesías:

"Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito." (12:10)

La frase "Mirarán a quien traspasaron" la encontramos en Juan 19:37, como referencia al momento en que Jesús fue atravesado con una lanza en la cruz. En Jesús, por tanto, este verso se muestra como texto profético y no es el único en la porción de hoy. En el capítulo 13 encontramos:

"Hiere al pastor, y serán dispersadas las ovejas;" (13:7b)

Y Jesús, antes de ser entregado, dijo a sus discípulos:

"―Esta misma noche —les dijo Jesús— todos ustedes me abandonarán, porque está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño”." (Mateo 26:31)

La obra de restauración tan deseada por los oprimidos y simbolizada por la nueva Jerusalén, se conecta por tanto con la vida de Cristo. La imagen que Zacarías da sobre esta nueva Jerusalén, se relaciona no solo con ausencia de opresores, sino con un ambiente de sanidad y vida:

"En aquel tiempo habrá un manantial abierto para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para la purificación del pecado y de la inmundicia." (13:1)

En los escritos de los profetas del Antiguo Testamento, encontramos a menudo la necesidad de que los más débiles sean liberados. Sin embargo, los liberados a menudo se convierten en opresores, por los que no es de extrañar que los profetas sueñen con una liberación del opresor que todos llevamos dentro. Esta condición no es exclusiva, por supuesto, de los Israelitas, por lo que acabamos encontrando a los profetas, soñando con una liberación mundial y en algunos textos, con una liberación cósmica, que implica nuevos cielos y nueva tierra.

Zacarías es un ejemplo de ello, pues las aguas sanadoras que nombra en el capítulo 13 parece que no quedan estancadas en la ciudad, sino que fluyen desde ella al resto del mundo, por lo que las naciones acaban también beneficiándose del reinado del Mesías:

"Acontecerá también en aquel día, que saldrán de Jerusalén aguas vivas, la mitad de ellas hacia el mar oriental, y la otra mitad hacia el mar occidental, en verano y en invierno. Y Jehová será rey sobre toda la tierra. En aquel día Jehová será uno, y uno su nombre." (14:8-9)

"Y todos los que sobrevivieren de las naciones que vinieron contra Jerusalén, subirán de año en año para adorar al Rey, a Jehová de los ejércitos, y a celebrar la fiesta de los tabernáculos." (14:16)

Moisés encabezó la liberación de los oprimidos por una super potencia llamada Egipto, pero Jesús, el Mesías, es quien encabezará esta liberación cósmica, que incluye la completa restauración de nuestra relación con Dios, con nosotros mismos, con nuestro prójimo y con el resto de la creación.

La propuesta de Jesús, es adentrarnos en un Camino que nos permite experimentar hoy parte de esta restauración, bajo la esperanza de que lo que hoy es en parte, un día será completo. La muerte de Cristo, su resurrección y ascensión, hacen posible la vida de Cristo hoy. El Espíritu Santo reproduce en los discípulos de Jesús la vida misma de él y esto nos permite caminar de la misma manera en la que el caminó en este mundo, trayendo vista a los ciegos, resucitando a los muertos, atendiendo a los afligidos. Ser su discípulo, significa andar como el anduvo, y en un sentido, significa participar de estas aguas sanadoras y aun formar parte de ellas.

¿Hay un mejor Camino donde disponerme a andar? ¿Hay un propósito mejor por el cual vivir y aun morir?

¿Qué significa para mi ser alcanzado por este río sanador de Dios?
¿En qué sentido puedo yo ser parte de este río para otros?



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