miércoles, 10 de octubre de 2018

Recordemos que el contexto de esta carta implica una serie de personas que formando parte de la comunidad cristiana, se han ido confesando que el Mesías no ha venido en carne. Se trata de un rechazo total a Jesús:

"Esas personas salieron de nuestras iglesias, pero en realidad nunca fueron parte de nosotros; de haber sido así, se habrían quedado con nosotros. Al irse demostraron que no eran parte de nosotros." (2:19)

"¿Y quién es un mentiroso? El que dice que Jesús no es el Cristo." (2:22)

Juan lleva a cabo una expresión radical de contraste entre la verdad y la mentira.

"Así que les escribo no porque no conozcan la verdad, sino porque conocen la diferencia entre la verdad y la mentira." (2:21)

La verdad excluye totalmente a la mentira. Sin embargo, la verdad a veces puede ser difícil de aceptar y ante ello podemos tomar una mentira como verdad. Las mentiras que aceptamos como verdad acerca de nosotros mismos, acerca de Dios etc. nos mantienen esclavos, de ahí que las Escrituras afirmen que la verdad nos hará libre, y esa verdad no es solo una afirmación o idea, sino que es la misma persona de Jesucristo.

Para combatir las mentiras, se nos ha dado el Espíritu de Verdad, el cual nos ayuda y nos mantiene en Cristo. Tristemente, a veces dependemos más de lo que nos dicen lideres humanos que de lo que el Espíritu nos dice, eso habla mucho de donde ponemos nuestra confianza. Es por ello, que un buen liderazgo en la vida cristiana nos motivará a depender del Espíritu Santo y no de las personas.

"Ustedes han recibido al Espíritu Santo, y él vive dentro de cada uno de ustedes, así que no necesitan que nadie les enseñe lo que es la verdad. Pues el Espíritu les enseña todo lo que necesitan saber, y lo que él enseña es verdad, no mentira. Así que, tal como él les ha enseñado, permanezcan en comunión con Cristo." (2:27)

Una verdad básica y central en la cosmovisión cristiana es la siguiente:

"Miren con cuánto amor nos ama nuestro Padre que nos llama sus hijos, ¡y eso es lo que somos! Pero la gente de este mundo no reconoce que somos hijos de Dios, porque no lo conocen a él." (3:1)

La verdad de que Dios nos ama y nos ha hecho sus hijos, combate todas las mentiras acerca de nuestro valor e identidad. Cuando el amor de Dios no llena nuestra vida, creemos la mentira de que nuestro valor es proporcional a lo que hacemos, a lo que tenemos o a lo que otros digan acerca de nosotros. Esas mentiras solo nos hacen ser esclavos de personas y circunstancias sociales, económicas o emocionales. De ahí que esta carta fuera básica para el movimiento contemplativo, que trató siempre de profundizar en la realidad del profundo y poderoso amor de Dios que fluye desde dentro de nosotros. Lo creamos o no, la verdad es que Dios nos ama tanto, que no le ha importando todos nuestros fracasos y defectos, a pesar de todos ellos, incluido los más vergonzosos y repugnantes, nos ha hecho parte de su familia, nos ha acogido y no nos ha dado lo que merecemos sino lo que necesitamos: amor que transforma.

Solemos medir si ese amor está o no dentro de nosotros en base a nuestras declaraciones teológicas o en base a nuestras prácticas religiosas, pero nuevamente, Juan, quien ha mostrado el contraste de la luz y la oscuridad, de la verdad y la mentira, acude a nuestras prácticas, como los testigos más fiables de donde estamos realmente. ¿ Cómo podemos saber si somos hijos de Dios o hijos del diablo?:

"Queridos hijos, no dejen que nadie los engañe acerca de lo siguiente: cuando una persona hace lo correcto, demuestra que es justa, así como Cristo es justo. Sin embargo, cuando alguien sigue pecando, demuestra que pertenece al diablo, el cual peca desde el principio; pero el Hijo de Dios vino para destruir las obras del diablo." (3:7-8)

"Por lo tanto, podemos identificar quiénes son hijos de Dios y quiénes son hijos del diablo. Todo el que no se conduce con rectitud y no ama a su hermano no pertenece a Dios." (3:10)

En la tradición contemplativa, la meditación no llega a su fin si no nos impulsa a actos de gracia. Son esas acciones que buscan el bien de los demás, no para acallar nuestras conciencias o recibir algún premio, sino como respuesta a un amor recibido que no se puede contener en nosotros, las que son testimonios fiables de que somos hijos amados de Dios.

Así como en los anuncios de detergente el eslogan "el algodón no engaña" es contundente, la propuesta de evaluación de Juan lo es para nuestra vida espiritual.

¿Pasamos la prueba que propone el apóstol para saber si estamos en Cristo?




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