domingo, 14 de octubre de 2018

El capítulo cuatro de esta carta señala cual es el problema que han enfrentado y que quizás aun enfrentan las comunidades cristianas: Una serie de personas en medio de ellos empezaron a negar que Jesús ha venido en carne, y al hacerlo, están negando el verdadero corazón de Dios revelado en este mundo.

La encarnación tiene que ver con Dios viniendo por amor a la dimensión que nosotros entendemos y enseñándonos de que trata la vida. Tiene que ver también con Dios quitando de nosotros la culpa y el pecado a través de la cruz, donde su propio cuerpo es entregado y su sangre derramada para el perdón de nuestros pecados. Tal acto de amor inmerecido, es el corazón del evangelio y sin él, perdemos de vista la mejor expresión de amor y la gracia transformadora. Es por ello que Juan afirma:

"pero si alguien afirma ser profeta y no reconoce la verdad acerca de Jesús, aquella persona no es de Dios. Tal persona tiene el espíritu del Anticristo, del cual ustedes oyeron que viene al mundo, y de hecho, ya está aquí." (4:3)

En la espiritualidad cristiana, el amor de Dios es "el epicentro del mayor terremoto de amor conocido":

"Dios mostró cuánto nos ama al enviar a su único Hijo al mundo, para que tengamos vida eterna por medio de él. En esto consiste el amor verdadero: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como sacrificio para quitar nuestros pecados." (4:9-10)

El amor de Dios, cuando nos alcanza, nos zarandea con efectos inevitables. Uno de estos efectos es que somos movidos a amar a otros de la manera en la que hemos sido amados, es decir, sin condición y a pesar de:

"Nadie jamás ha visto a Dios; pero si nos amamos unos a otros, Dios vive en nosotros y su amor llega a la máxima expresión en nosotros." (4:12)

Una de las razones de porque no amamos bien y acabamos haciéndonos daños unos a otros, es porque tratamos de saciar nuestras necesidades en el prójimo. Como dijo Henri Nouwen: "convertimos a nuestro prójimo en Dios y entonces nosotros nos convertimos en demonios". 

Queremos que nuestro prójimo sacie lo que solo Dios puede saciar, y al no buscar nuestra plenitud y sanidad en Dios, acabamos exigiendo a nuestra familia, amigos y vecinos que nos libre de nuestros temores. Eso nos lleva a atraparlos fuertemente, asfixiándolos, confundiendo así el amor con el querer saciar nuestras necesidades más profundas. Sin embargo Juan afirma:

"Amor y temor, en efecto, son incompatibles; el auténtico amor elimina el temor, ya que el temor está en relación con el castigo, y el que teme es que aún no ha aprendido a amar perfectamente." (4:18)

Tenemos miedo de que los demás nos dejen de lado, de que descubran que no somos tan brillantes como queremos aparentar, tenemos miedo de perder aquello en lo que hemos decidido sustentar la seguridad en nuestro día a día... Sin embargo, Dios, quien sabe la realidad de nuestros corazones rotos y heridos, no nos ha desechado, no nos ha castigado, sino que nos ha amado como nadie, pues nadie tiene mayor amor que el que está dispuesto a dar la vida por sus amigos. Es por ello que la espiritualidad cristiana nos sumerge en conocer cada día más el amor sanador de Dios y a través de ese proceso somos perfeccionados en amar cada día mejor.

En este capítulo, Juan vuelve a ofrecernos "la prueba del algodón que no engaña", para saber si realmente estamos en el lugar que debemos estar:

"Quien dice: «Yo amo a Dios», pero al mismo tiempo odia a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, si no es capaz de amar al hermano, a quien ve? En fin, este mandamiento nos dejó Cristo: que quien ama a Dios, ame también a su hermano." (4:20-21)

¿Qué significa amar con el amor de Dios? ¿A qué personas cerca de mi estoy llamado a mar con tal clase de amor? ¿Qué actitudes o exigencias a otros forman parte de mi necesidad y no del amor de Dios? 




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