lunes, 1 de octubre de 2018


Muchos eruditos atribuyen las cartas de Juan al discípulo amado, entre otras cosas, por los ecos que encontramos del evangelio de Juan. Sin embargo, muchos otros ponen en duda la teoría. Sea quien fuera el autor, parece que supervisaba una red de comunidades cristianas, probablemente en la ciudad de Éfeso.

El contexto de estas cartas parece relacionarse con un periodo de crisis, en el que algunas personas que formaban parte de estas comunidades han salido de las mismas debido a que ya no reconocen que Jesús, el Mesías ha venido en carne. Todo ello debió generar un ambiente de hostilidad que dio origen a estas cartas. La primera carta en la que me adentro hoy, es más bien un sermón poético, donde las ideas no fluyen de manera lineal, sino donde argumentos sobre la vida, la verdad y el amor, van brotando una y otra vez desde puntos de vistas diferentes con repeticiones cíclicas, hipérboles y fuertes contrastes. 

El escrito posee una introducción (1:1-4) y una conclusión (5:18-21) y en medio dos grandes secciones que comienzan cada una de ellas con la frase "Este es el mensaje..." La primera gran sesión (1:5-3:10) se centra en la idea de que "Dios es luz" y la segunda gran sesión (3:11-5:17) en que "Dios es amor" alrededor de estas grandes ideas, giran los argumentos. 

La introducción nos recuerda el inicio del evangelio de Juan, y con él se nos señala a "La Palabra de Vida", que no es otro que Dios Padre y su Hijo Jesucristo:

"Les anunciamos al que existe desde el principio, a quien hemos visto y oído. Lo vimos con nuestros propios ojos y lo tocamos con nuestras propias manos. Él es la Palabra de vida." (1:1)

No se anuncia una idea abstracta, sino una realidad que ha sido vista, oída y tocada, y que al anunciarla, permite ampliar la comunión con el mismo Dios que ha sido revelado en Jesucristo:

"Les anunciamos lo que nosotros mismos hemos visto y oído, para que ustedes tengan comunión con nosotros; y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Escribimos estas cosas para que ustedes puedan participar plenamente de nuestra alegría." (1:3-4)

La vida de fe, es en realidad la vida en comunión con Dios. Esta vida nos permite acceso a un camino de restauración ante todo lo que el pecado ha estropeado: nuestra relación con Dios, pero también nuestra relación con nosotros mismos, con nuestro prójimo y con el medio ambiente. De ahí que más adelante encontramos en la carta la idea de que el hijo del hombre ha aparecido para deshacer las obras del diablo. (3:8)

Antes de adentrarme a la carta, la he escuchado completa varias veces, esto me ha permitido vislumbrar el propósito práctico del autor. 

En la misma introducción, encuentro el desafío a mostrar una verdad que no solo es una idea intelectual, sino una verdad que se puede ver, oír y tocar. 

He sido entrenado la mayor parte de mi vida cristiana para verbalizar a otros el mensaje del evangelio, sin embargo, el poder verbalizarlo no es lo mismo que el vivirlo. Podemos ser buenos comunicadores orales de algo que no estamos experimentando. Sin embargo, la comunión con Dios, tal como se entiende en el Nuevo Testamento y también se señala más adelante en esta carta, tiene que ver con Dios viviendo en nosotros y a través de nosotros. 

Jesús es la verdad que se puede ver, oír y tocar, sin embargo Jesús en nosotros, quiere seguir manifestando que esa verdad se puede seguir viendo, oyendo y tocando. Aun a pesar de nuestras limitaciones e imperfecciones y de que nuestro proceso de ser como Jesús no ha sido completado, podemos decir, que en cierto sentido la encarnación continúa.

Todo ello me lleva a pensar en que manera estoy trasmitiendo el mensaje que nos permite entrar en la comunión con Dios que nos restaura ¿Lo trasmito solo verbálmente? ¿Puede mi familia, mis vecinos y compañeros ver y tocar el amor, la misericordia y el perdón? 




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