martes, 9 de octubre de 2018

MUNDO SEDUCTOR (1ª JUAN 2:12-17)


En la porción anterior, Juan afirmó que las tinieblas no prevalecerán, de hecho están siendo disipadas:

"porque las tinieblas van pasando, y la luz verdadera ya alumbra" (2:8b)

Esta idea lleva al autor a señalar y celebrar la victoria de Dios que alcanza a sus hijos:

"Os escribo a vosotros, hijitos, porque vuestros pecados os han sido perdonados por su nombre. Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al que es desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno. Os escribo a vosotros, hijitos, porque habéis conocido al Padre. Os he escrito a vosotros, padres, porque habéis conocido al que es desde el principio. Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno." (2:12-14)

Tenemos por tanto una imagen donde la luz, como en el amanecer, empieza a disipar la oscuridad de una manera muy real y sentida, lo cual afecta de manera radical a quienes anhelan dicha luz. Ante dicha imagen de regocijo del pueblo de Dios, Juan nos anima a permanecer en victoria con una advertencia:

"No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él." (2:15) 

La palabra mundo es "cosmos" y originalmente hace referencia a todo lo creado, sin embargo, hemos de tener en cuenta el dinamismo del lenguaje, pues en la fecha de esta carta, el término "mundo" ha evolucionado y también es usado en medio de la comunidad cristiana como sinónimo del sistema social que nos rodea y que manifiesta claramente valores contrapuestos al reino de Dios:

"Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo." (2:16)

No hay que perder de vista que lo que el mundo nos ofrece es a primera vista atractivo, si no lo fuera, no tendría mucho sentido la continua invitación en las Escrituras a estar alerta y a resistir la tentación. 

Cómo dice Felix Ortiz en su blog sobre reflexiones bíblicas:

"El problema con el pecado es que promete lo que no puede dar; mejor dicho da lo contrario de lo que promete. Cuando Eva miró el fruto prohibido comprobó que era hermoso, delicioso, apetecible. Ciertamente escondía la muerte en su seno, pero cautivaba los sentidos." Por lo tanto "...No hay pecado sin tentación, ni tentación sin atractivo."

Sin embargo, lo que el mundo nos ofrece es algo que no permanecerá, que será destruido y que nos lleva a la destrucción, en contraposición a lo que Dios nos ofrece, que si permanecerá de manera eterna y en vez de muerte, producirá en nosotros vida:

"Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre." (2:17)

Si no somos capaces de tomar distancia ante las tentaciones que nos rodean y verlas desde una perspectiva eterna, nos es fácil perdernos del Camino de Jesús. Es por ello que la vida espiritual nos solicita tiempo para parar y meditar con honestidad y humildad acerca de nuestros propios caminos. Esto se hace mucho más necesario en una era postmoderna. 

El término postmodernismo está ya en desuso en muchos contextos debido a la rapidez con la que nuestra cultura cambia, sin embargo, puede ser efectivo para mostrarnos la ruptura con el modernismo. Una de las características de la postmodernidad es que el mundo deja de ser hostil y aparece un excesivo énfasis relativizador que nos puede llevar a acceder a las tentaciones del mundo de manera muy sutil. Nos toca por tanto ejercitarnos en evaluar como respondemos a los impulsos de nuestro corazón y en como estos pueden contrastar con la voluntad de Dios y la guía del Espíritu.

Por ejemplo, en este mundo el mal se combate al estilo Adán "la mujer que me diste tiene la culpa...", y nos es fácil caer en combatir los males de este mundo señalando a los demás como los culpables, lo cual nos da una falsa imagen de justos. No sin razón Juan nos ha advertido ya:

"Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros." (1:8)

La vida espiritual nos invita a la dura tarea de empezar la revolución en nuestro propio corazón, reconociendo nuestra misera condición tanto como la necesaria gracia de Dios. Sin embargo este camino contracorriente no es siempre fácil. Preferimos señalar la corrupción en nuestros políticos, la irresponsabilidad con el medio ambiente en los gobiernos y el machismo en el prójimo... y no porque no tengamos cierta responsabilidad profética en denunciarlo, que la tenemos, sino porque nos sentimos más seguro desviando la mirada de la viga que todos tenemos. A nuestro ministerio profético a veces le falta vulnerabilidad, autoexamen y honestidad. Sin embargo, cuando actuamos fuera del modelo de este mundo, evitamos rupturas innecesarias y las puertas de la gracia se abren trayendo la bendita luz incómoda a nuestras vidas y a las de los demás.

¿Qué manera de pensar y actuar en mi pueden estar contaminada por el sistema corrupto de este mundo? ¿Qué puede significar para mi hoy aplicar la frase "no améis al mundo"?



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