jueves, 15 de noviembre de 2018

EL DIOS DEL ETERNO ENFADO (OSEAS 11)

Si del capítulo 5 al 10 Oseas ha denunciado la lamentable actitud del pueblo y ha advertido acerca de sus consecuencias, en el 11 nos encontramos con un hermoso poema donde ante todo esto, Dios es representado como un padre amoroso que a pesar de cuidar a su hijo con atención lo ve alejarse y aun así trata de recuperarlo:

"Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más yo los llamaba, tanto más se alejaban de mí; a los baales sacrificaban, y a los ídolos ofrecían sahumerios.Yo con todo eso enseñaba a andar al mismo Efraín, tomándole de los brazos; y no conoció que yo le cuidaba. Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor; y fui para ellos como los que alzan el yugo de sobre su cerviz, y puse delante de ellos la comida." (11:1-4)

En el poema, este padre amoroso queda destrozado emocionalmente ante la rebeldía de su hijo y aun manifiesta abiertamente su enojo y deseo de que Israel pague las nefastas consecuencias del camino que ha escogido (11:5-7). No obstante, al momento, el Padre muestra que esa no es la última palabra, pues es movido a compasión por su hijo y dice que lo va a perdonar porque le ama:

"¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín? ¿Te entregaré yo, Israel? ¿Cómo podré yo hacerte como Adma, o ponerte como a Zeboim? Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión. No ejecutaré el ardor de mi ira, ni volveré para destruir a Efraín; porque Dios soy, y no hombre, el Santo en medio de ti; y no entraré en la ciudad." (11:8-9)

Las palabras de Oseas, son tan duras como esperanzadoras.

La imagen de Dios como una madre o un padre amoroso nos ayuda a entender la manera en la que él opera. Perder de vista lo que siente Dios ante nuestra rebeldía y su deseo de restaurarnos, es perder de vista el evangelio mismo: las buenas noticias que vienen a nosotros en medio de nuestra más mísera condición.

Pienso en aquellos momentos en los que como padre manifiesto a mis hijas mi enfado legítimo ante aquello que considero que les daña a ellas u a otros. A veces mi enfado puede llegar a ser percibido por ellas como falta de amor. He comprobado en mi experiencia personal, que el problema no es enfadarse, sino permanecer enfadado más de lo recomendable. Cuando ante el dolor que otros me causan decido permanecer en el enfado mucho tiempo, acabo descubriendo que me estoy atrincherando en una defensa que no me deja ver soluciones y que me abre la puerta al resentimiento. El enojo constante a menudo se convierte en la excusa perfecta para no perdonar y mostrar gracia. Con razón Pablo escribió:

"no se ponga el sol sobre vuestro enojo" (Efesios 4:26b)

El ver a Dios en un eterno enojo, a veces es síntoma de nuestra propia condición interior. Repito, el enojo no es malo, no es pecado, Dios se enoja. Enfadarnos ess una emoción legítima que nos avisa de que algo está siendo una amenaza para nosotros o para otros, el problema del enojo viene cuando no se reconoce y no se expresa adecuadamente, y también cuando es una emoción constante en nosotros. El dios del eterno enojo, no es el Dios de la Biblia.

Las personas con problemas de impulsos expresan el enojo de manera violenta, ya sea verbalmente, con pasividad agresiva o aun físicamente, y eso solo empeora las cosas. Las personas que reprimen su enojo, acaban enfermando. Si los más impulsivos y los más herméticos mantienen el enojo, ambos acaban en amargura constante.

Oseas expresa el enojo de Dios, pero también muestra que este estado no permanece en Él.

Lo interesante, es que el Dios que se enoja y al momento perdona es el mismo que me dice "enojaos pero no pequeís, no se ponga el sol sobre vuestro enojo" (Efesios 4:26), hay una manera correcta de enfadarnos.

Llevo lo dicho hasta aquí, al terreno de nuestro llamado a la "imitatio Dei", la imitación de Dios. En un sentido, como diría Henri Nouwen, estamos llamados no solo a identificarnos con ser "hijos pródigos" abrazados por el Padre, sino con ser "padres amorosos" que abrazamos a otros, el ser hijo pródigo es parte del Camino, pero este no acaba ahí "de gracia recibisteis, dad de gracia" (Mateo 10:8b).

¿Estoy atrincherado en el enfado? ¿Entiendo el enfado como una emoción incontrolable o como una decisión que tomo? La manera de ver el enojo en mi, ¿de qué manera me ayuda o no a salir del mismo? ¿Cuál es el siguiente paso que Dios quiere que tome tras mi enojo actual?


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