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EL CAMINO KENÓTICO (FILIPENSES 2)


Pablo en el capítulo 2 de Filipenses sigue animando a sus receptores a una vida piadosa a través de consejos.

Aquí, en los versos del 5 al 11, encontramos un himno digno de ser memorizado y considerado, donde se nos recuerda "el camino Kenótico" de Jesús como modelo: Quien es en forma de Dios, no escatimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a si mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los seres humanos, y estando en dicha condición humana, se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. 

La actitud de no aferrarse a si mismo, sino de despojarse (la palabra para despojarse es "kenosis" en el original), es la actitud que el apóstol aconseja que esté en sus lectores:

"Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús" (v. 5)

¿A qué me aferro? ¿Qué implicaría soltar, entregar con exsuberante generosidad? Jesús no se aferró el ser igual a Dios, no se aferró al individualismo egocéntrico, ni siquiera se aferró a su propia vida... en la manera en la que vivió, se ofreció generosamente en ricas comidas, en tiempo sanando y restaurando y aun ofreciendo su sangre... nos mostró el camino de no aferrarnos, si no de soltar en confianza plena en la Divinidad. 

Pienso en mi rango y privilegios, pienso en que es gastado mi tiempo y por tanto mi vida... La propuesta kenótica se trata de una cosmovisión del mundo diferente, donde decido tomar consciencia de todo lo que soy y lo que tengo en Dios y me dispongo a ofrecerlo con radical generosidad y radical confianza en la Divinidad. Así nació Jesús, así vivió Jesús y así murió Jesús. 

El Himno Kenótico de Pablo viene precedido de un práctico consejo de lo que puede suponer este camino de humildad que nos aleja del egocentrismo: 

"Nada hagáis por contienda y vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo" (v. 3)

He de reconocer que mi corazón roto en ocasiones me lleva a basar mi valor en base a sentirme superior a las demás personas. Entonces las actividades que hago pueden parecer muy honrosas, piadosas y espirituales, pero a la vez pueden estar impulsadas por una actitud incorrecta basadas en el egoismo que mana de un corazón herido. Esto se pone de manifiesto, por ejemplo, cuando otros reciben el reconocimiento o la oportunidad que me gustaría, y en vez de alegrarme me entristezco.

El ejercicio que Pablo propone es muy práctico y es el siguiente:

"Que cada uno busque no su propio provecho, sino el de los otros" (v. 4)

La invitación no es a mirar egoistamente lo que yo deseo y necesito como prioridad, sino más bien, lo que otros desean y necesitan e involucrarme en verlos como una extensión de mi mismo. Aclaro que no estoy hablando de no cuidarnos, pues cuando nos cuidamos, estamos también cuidando a quienes nos rodean y Jesús tomó también tiempo para estar a solas y alejarse a lugares desiertos. Hablo de no engrandecer nuestro ego, que no es lo mismo, aunque a veces se confunda en una espiritualidad desconectada con la persona misma. 

Se trata por tanto de comportarnos como lo hizo Cristo en su "camino kenótico", quien fue capaz incluso de humillarse para ponerse a nuestra altura.

Dos cosas para mi en este día:

1) Reconocer ante Dios que mi corazón herido puede impulsarme a actitudes egoistas y motivaciones erradas independientemente de lo respetable y espiritual que sea la acción que desarrolle. Mis rangos y privilegios pueden ser usados para oprimir.

2) Esforzarme en buscar el bien de los demás, adiestrando mi cuerpo a vivir como Cristo vivió. No aferrándome a mi mismo, sino despojándome para el beneficio de la conexión con Dios, con uno mismo, con las demás personas y con el resto de la creación. 

Por supuesto, mi esfuerzo no tiene el poder de transformar la naturaleza egocéntrica de mi corazón, yo diría que ni incluso la capacidad para imitar a Jesús. Sin embargo el apóstol me recuerda lo siguiente:

"Es Dios mismo quien realiza en vosotros el querer y el hacer, más allá de vuestra buena disposición" (v. 13)

Deduzco por tanto que la fe que accede a la gracia que me transforma, es una fe activa, que reconoce su necesidad ante Dios y que práctica la imitación de Cristo, sabiendo que es el mismo Dios quien nos está impulsando a ello, dandonos el poder para realizarlo y a la vez transformándonos.

Es hora por tanto de colocarme en el lugar donde la sola gracia de Dios me transforma, hora de manifestar el regalo de la fe viva con obras que buscan el bien de otras personas. Hora de adentrarme en el Camino Kenótico que Jesús nos enseña, el de no aferrarnos y soltar con exhuberante generosidad y radical confianza en la Divinidad. 

Propuesta: Ver la película "El Festín de Babette" como un ejemplo práctico de lo que podría ser adentrarnos en "el Camino Kenótico de Jesús". 





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