domingo, 16 de diciembre de 2018

Pablo en el capítulo 2 de Filipenses sigue animando a sus receptores a una vida piadosa a través de consejos.

Uno en especial me destaca en este día:

"Nada hagáis por contienda y vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo" (v. 3)

He de reconocer que mi corazón roto en ocasiones me lleva a basar mi valor en base a sentirme superior a los demás. Entonces las actividades que hago pueden parecer muy honrosas, piadosas y espirituales, pero a la vez pueden estar impulsadas por una actitud incorrecta basadas en el egoismo que mana de un corazón herido. Esto se pone de manifiesto, por ejemplo, cuando otros reciben el reconocimiento o la oportunidad que me gustaría, y en vez de alegrarme me entristezco.

El ejercicio que Pablo propone es muy práctico y es el siguiente:

"Que cada uno busque no su propio provecho, sino el de los otros" (v. 4)

La invitación no es a mirar lo que yo deseo y necesito como prioridad, sino lo que otros desean y necesitan e involucrarme en ayudarles. Se trata por tanto de comportarnos como lo hizo Cristo, quien fue capaz incluso de humillarse para ponerse a nuestra altura.

Dos cosas para mi en este día:

1) Reconocer ante Dios que mi corazón herido puede impulsarme a actitudes egoistas y motivaciones erradas independientemente de lo respetable y espiritual que sea la acción que desarrolle.

2) Esforzarme en buscar el bien de los demás, adiestrando mi cuerpo a vivir como Cristo vivió.

Por supuesto, mi esfuerzo no tiene el poder de transformar la naturaleza de mi corazón, yo diría que ni incluso la capacidad para imitarle. Sin embargo el apóstol me recuerda lo siguiente:

"Es Dios mismo quien realiza en vosotros el querer y el hacer, más allá de vuestra buena disposición" (v. 13)

Deduzco por tanto que la fe que accede a la gracia que me transforma, es una fe activa, que reconoce su necesidad ante Dios y que práctica la imitación de Cristo, sabiendo que es el mismo Dios quien nos está impulsando a ello, dandonos el poder para realizarlo y a la vez transformándonos.

Es hora por tanto de colocarme en el lugar donde la sola gracia de Dios me transforma, hora de manifestar el regalo de la fe viva con obras que buscan el bien de los demás.


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