viernes, 14 de diciembre de 2018

Siempre me ha sorprendido la carta de Filipenses por el énfasis en el gozo, muchos comentaristas, de hecho, la han denominado "la epístola del gozo". Lo que la hace especial para mi es que Pablo escribe esta carta en prisión, alejado de sus hermanos queridos y sin saber con certeza que pasará con él. ¿Cómo se puede trasmitir tanto gozo en tales circunstancias?

Creo que el primer capítulo me deja ver parte del secreto. Pablo dice:

"Porque Cristo es la razón de mi vida, y la muerte, por tanto, me resulta una ganancia" (v. 21)

La carta nos deja ver que el apóstol tenía un propósito claro en su vida, el cual estaba relacionado con tener a Jesús como el verdadero motivo de su felicidad.

Escribe a aquellos por los que ora:

"Cada vez que os recuerdo, doy gracias a mi Dios, y cuando ruego por vosotros, lo hago siempre lleno de alegría." (3-4)

Recordándoles que Dios acabará la obra que ha empezado en ellos, que dicho sea de paso, tiene que ver con que Cristo sea formado en ellos:

"Y estoy seguro de que Dios, que ha comenzado en vosotros una labor tan excelente, la llevará a feliz término en espera del día de Cristo Jesús." (v. 6)

De ahí el deseo de Pablo de que crezcan en amor y conocimiento que va más allá de solo información intelectual, se trata de algo experimental:

"Y esta es mi oración: que vuestro amor crezca más y más y se traduzca en un profundo conocimiento experimental" (v. 9).

Es decir, Pablo se relacionaba con los demás y con sus circunstancias teniendo presente lo que más amaba, a Cristo, y guiándoles hacía él.

Para Pablo aun la muerte no le quita el motivo de su gozo, porque el sepulcro significaría estar con Cristo, su razón de vida.

"Porque Cristo es la razón de mi vida, y la muerte, por tanto, me resulta una ganancia." (v. 21)

Sin embargo, cuando el motivo máximo de nuestro gozo está en algo pasajero, es muy fácil sentirnos frustrados.

Sin duda, en este mundo podemos tener buenos deseos, muchos de ellos relacionados con nuestro propio bienestar. Cuando nuestros deseos no se cumplen nos desilusionamos. Desilucionarnos es normal, lo triste es cuando, por el mismo motivo, nos desesperamos. La desesperanza viene a nosotros cuando el motivo de nuestro vivir se obstaculiza. Desilusión no tiene que significar desesperanza.

He observado que si mis ilusiones se convierten en el motivo de mi vivir, es muy fácil derribarme. Pero si Cristo es el motivo de mi vivir, puedo desilusionarme al no conseguir ciertos deseos, pero a la vez, es posible mantenerme firme en Aquel que es el motivo máximo de gozo.

Gozarme en Cristo implica una razón por la cual vivir y morir, implica tener a Cristo presente en medio de mis relaciones, trabajo, descanso. También implica gozo a pesar de las dificultades y desilusiones de la vida, pues ante ellas Cristo no desaparece, y por si fuera poco, también implica gozo más allá de la tumba, porque al fin y al cabo no voy a otro lugar que no sea con Cristo.

Me entristezco si no consigo ciertos deseos, pero hay algo que nadie puede quitarnos y es el mismo amor de Dios, Enmanuel (Dios con nosotros). La cuestión es si he puesto en Cristo el verdadero motivo de mi felicidad.

Nuestra formación espiritual, a menudo nos lleva a involucrarnos en un montón de actividades eclesiales y sociales, sin embargo, si esta misma formación no nos involucra en sumergirnos en el amor de Dios, acabaremos con una espiritualidad sin fundamento. El movimiento contemplativo brota de la vida de silencio y oración de Jesús, a lo largo de la vida de la iglesia, muchos cristianos, entre ellos los denominados "Padres del desierto", han buscado recuperar esta relación profunda con Dios, que nos permite anclarnos en su amor y en su gracia como el único fundamento sólido para enfrentar la vida.

Jesús escuchó las palabras de su Padre "eres mi hijo amado", y desde esa realidad vivió. Cuando nosotros no tenemos claro que somos los amados del Señor, lo más probable es que actuemos motivados por nuestra necesidad de reconocimiento en base a lo que poseemos, lo que hacemos u otros dicen de nosotros. No sin razón esas son las tres áreas en las que Jesús fue tentado en el desierto, pero antes de la tentación, Jesús fue afirmado en la realidad de que es el hijo amado en quien el Padre se complace.

¿Soy consciente del amor de Dios para mi vida? ¿Soy consciente del regalo de tener a Cristo en mi? ¿Hay algo más valioso para mi que Cristo mismo?

¿Cómo nuestra formación espiritual debería enfocarse para profundizar en el básico e importante cimiento del amor de Dios?

Sospecho que conforme más entienda y experimente el amor del Padre, más estaré entendiendo el motivo del gozo de Pablo, ese que está presente a pesar de las dificultades que nos rodean.


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