lunes, 11 de febrero de 2019

PABLO CRUCIFICADO (FILEMÓN)

Me adentro en la carta más corta de Pablo; la que escribió desde la cárcel a Filemón. Si bien solo son 25 versículos en los que ni siquiera el apóstol habla sobre la muerte y resurrección de Jesús, así como nos tiene acostumbrado en el resto de sus escritos, esta carta no debe ser subestimada, de hecho, ha llegado a ser para mi una de las más interesantes para entender el evangelio en acción.

El destinatario, Filemón, fue un hombre romano adinerado que conoció a Jesús y acabó siendo un cristiano influyente, probablemente ayudó a Epafras (Colosenses 1:7) a la consolidación de la iglesia que se reunía en una casa de Colosas. Como era usual en la cultura, Filemón poseía esclavos como acostumbraban los patriarcas. Parece que uno de sus esclavos, llamado Onésimo, tuvo que traicionar a Filemón de alguna manera, lo cual llevó a Onésimo a huir e ir en busca de Pablo, probablemente para pedirle ayuda.

En esta carta Pablo escribe a Filemón para decirle que Onésimo ahora es un hermano en Cristo y para hacer una llamada al compañerismo que brota del evangelio mismo. De hecho desde el principio del escrito Pablo tiene muy en cuenta la palabra "compañerismo" que en el original es "koinonía":

"Pido a Dios que el compañerismo que brota de tu fe sea eficaz para la causa de Cristo mediante el reconocimiento de todo lo bueno que compartimos." (v. 6)

Sin embargo, la palabra "koinonía" no es solo un concepto abstracto en el escrito, sino que está lleno de implicaciones muy prácticas en la realidad del reino de Dios.

En el caso que nos ocupa, Pablo ve la necesidad de que el compañerismo entre Filemón y Onésimo sea restablecido de manera práctica y radical, aun cuando eso suponga poner patas arribas la cultura predominante. ¿Un esclavo traidor que regrese a casa de su antiguo amo como un miembro de su familia? Si, eso precisamente es lo que Pablo dice que debe suceder en el proceso en el cual el evangelio sigue instaurándose:

"Tal vez por eso Onésimo se alejó de ti por algún tiempo, para que ahora lo recibas para siempre, ya no como a esclavo, sino como algo mejor: como a un hermano querido, muy especial para mí, pero mucho más para ti, como persona y como hermano en el Señor." (v. 15, 16)

Pablo no solo media para tal reconciliación, que es el resultado práctico de la realidad espiritual del ser humano delante de Dios (el lugar donde ya no hay judíos ni griegos, esclavos ni libres, ni ninguna otra separación en razón de raza, genero o condición social), sino que también se ofrece para pagar el mismo los prejuicios ocasionados por Onésimo:

"Si te ha perjudicado o te debe algo, cárgalo a mi cuenta. Yo, Pablo, lo escribo de mi puño y letra: te lo pagaré;" (v. 18-19a)

Con este acto, vemos que Pablo, en esta carta no habla de la muerte de Cristo en nuestro lugar, sino más bien aplica a las circunstancias lo que significa tomar nuestra propia cruz. Así como Jesús pagó las consecuencias de nuestra maldad en la cruz, Pablo se dispone a pagar las consecuencias de Onésimo con el fin de restaurar su relación con Filemón. Este es un ejemplo práctico del ministerio de reconciliación que se nos ha dado a los que hemos sido transformados en Cristo y del que Pablo ya habló a los Corintios:

"De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación;" (2ª Cor. 5:17-18)

Al acercarme a esta carta, me doy cuenta que es fácil quedarnos solo en que Cristo ha tomado nuestro lugar, ignorando que el discipulado implica entre otras cosas, tomar nuestra cruz, imitar al Maestro, dar de gracia así como recibimos, entregarnos como él se entregó por nosotros. De hecho, si la entrega de Cristo en nuestro lugar para restaurarnos no nos impulsa a una vida de entrega por los demás en beneficio de restauración, quizás debiéramos preguntarnos si en verdad lo que no podemos dar es justamente lo que no tenemos. Hemos de rebozar de gracia para que esta fluya hacía otros, y tener un buen discurso sobre lo que la gracia significa no es garantía de que la gracia esté activa en nosotros.

Pienso en aquellas situaciones donde hay evidencias de falta de reconciliación en mi propia familia, en la iglesia, en mi lugar de trabajo o en mi vecindario ¿Cuál es el daño recibido? ¿Qué significaría pagar yo los destrozos de otros para encontrar reconciliación? ¿Qué tendría que hacer Filemón ante el daño recibido por Onésimo para que la "koinonía" fuera la experiencia del reino de Dios en medio de lo ocurrido? ¿Qué tengo que hacer yo para contribuir a la reconciliación con ...? (Nombra la persona/as que Dios trae a tu mente y contesta)



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