lunes, 24 de junio de 2019

SANTIDAD PELIGROSA (LEVÍTICO 8-10)

En los capítulos del 8 al 10 nos encontramos con el rito de consagración de los sacerdotes, que va a permitir que Aarón y sus hijos puedan entrar a la presencia del Dios que es Santo. Moisés les trasmite lo que han de hacer y ellos obedecen:

"Y Aarón y sus hijos cumplieron todo lo que el Señor había ordenado por medio de Moisés." (8:36)

Después vemos el inicio del servicio sacerdotal y como se logra entrar en la Tienda del encuentro, lugar donde la presencia de Dios es intensa. El acto se lleva a cabo de manera pública y finaliza con una manifestación poderosa de la presencia de Dios que lleva al pueblo a postrarse:

"Moisés y Aarón entraron en la Tienda del encuentro; cuando salieron, bendijeron al pueblo y la gloria del Señor se manifestó a todo el pueblo. Salió fuego de la presencia del Señor y consumió el holocausto y la grasa que estaba sobre el altar. Al verlo, todo el pueblo prorrumpió en gritos de júbilo y se postraron rostro en tierra." (9:23-24)

El capítulo 10 es más incómodo, ya que nos narra como dos de los hijos de Aarón, ofrecen fuego extraño en el ritual que deberían de llevar a cabo y en ese momento, son fulminados por el fuego de Dios:

"Nadab y Abihú, hijos de Aarón, tomaron sus incensarios, pusieron en ellos incienso sobre brasas encendidas y ofrecieron ante el Señor un fuego indebido que el Señor nunca les había ordenado. Entonces salió de la presencia del Señor un fuego que los consumió, y murieron ante el Señor." (10:1-2)

Es interesante que esta historia se cuente al inicio del ministerio sacerdotal en el pueblo hebreo y que nos recuerde otra historia parecida en el inicio de la iglesia Nueva Testamentaria tras el día de Pentecostés, donde Pedro saca a la luz el engaño de Ananías y Safira a través del dinero que la iglesia estaba ofreciendo tras las ventas de heredades:

"Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios. Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron.!" (Hechos 5:3-5)

Estos dos hechos de muertes fulminantes en el Antiguo y Nuevo Testamento son muy incómodos y nos llevan a la pregunta ¿Puede algo bueno destruir?

La Santidad de Dios en la Biblia no solo hace referencia al estado moralmente perfecto de Dios, sino también a la realidad de que el Creador es un ser único. Una metáfora que a menudo se usa para entender la santidad de Dios es el Sol. Esta estrella cercana a nuestro mundo es única, poderosa y fuente de vida, sin embargo, si pudiéramos acercarnos al Sol a través de una nave espacial, acabaríamos expuestos a una energía de calor irresistible y esta nos destruiría. No es que la santidad sea mala, lo que pasa es que es demasiado buena y todo aquello que sea mortal y corruptible no soportará la fuerza que irradia.

Ante esta realidad del ser divino, Levítico nos muestra el deseo de Dios de que el ser humano pueda acercarse a su presencia sin ser destruido, y es ahí donde empieza a tener sentido los rituales de pureza.

Estos pasajes incómodos son una referencia poderosa y eficaz para no tener en poco la realidad de la santidad de Dios. A mi me hace pensar, que si no soy fulminado como lo fueron los hijos de Aarón o Ananías y Safira, no es porque yo soy mejor que ellos, sino porque Dios muestra así su gracia y misericordia a pesar de mis impurezas.

Es la sangre de Cristo la que nos desinfecta de toda maldad, pues es la sangre de aquel que tomó nuestro lugar a través del sacrificio en la cruz. Por la obra de Cristo es que tengo entrada libre a la presencia de Dios. El que no caigamos fulminados y podamos acercarnos con plena confianza, es gracia a lo que el mismo ha provisto, sin embargo, sospecho que hago bien en usar estas historias dramáticas para no olvidar la realidad de que Dios no ha dejado de ser Santo y que su energía es peligrosamente buena ante toda maldad e injusticia en mi vida y en el mundo.

Ante la santidad de Dios, la corrupción no permanecerá, y ante la protección de Jesús, permaneceremos cerca de la llama que nos transforma en un proceso continuo sin destruirnos. Esto es motivo para alabarle y a la vez continuar en el proceso en el que me ha involucrado:

"porque escrito está: Sed santos, porque Yo soy santo." (1ª Pedro 1:16)

¿Cómo ser consciente de la santidad de Dios me lleva a valorar su misericordia y gracia? ¿Qué aspectos imperfectos de mi vida deben ser expuestos ante la obra purificadora de Dios? ¿De qué manera puedo exponer mi maldad ante Dios con honestidad, responsabilidad y liberado de toda culpa?




0 comentarios:

Publicar un comentario