martes, 9 de julio de 2019

Llego a lo que muchos consideran el corazón de Levítico. Los capítulos 16 y 17 nos dan instrucciones acerca de una de las celebraciones que llegaron a ser más importantes para Israel: "El día de la expiación".

Recordemos que Levítico nos sitúa ante la realidad de que Dios es santo y que estamos ante un pueblo que se ha hecho numeroso y donde el pecado está presente. Recordemos también que la santidad de Dios es en un sentido como el Sol, necesario para la vida, pero peligroso si nos acercamos demasiado sin la protección adecuada. Levítico nos está dando instrucciones de como acercarnos a la "VIDA" sin ser destruidos, lo que pasa necesariamente por un reconocimiento de que nuestro estado actual no es adecuado y necesita una protección especial.

La fiesta de la expiación se celebraba anualmente y con ella se tenía en cuenta todo el pecado que podía estar presente, aun de manera inadvertida, en medio del pueblo, lo que conllevaba a la necesidad de ser limpiados de toda maldad y así estar protegido de las terribles consecuencias de una vida inadecuada. Dicha limpieza anual se llevaba a cabo en un contexto contemplativo de descanso y uso del ayuno:

"Será para vosotros un sábado de descanso absoluto y de ayuno; es una norma perpetua." (16:31)

El ritual incluía dos animales: uno de ello era sacrificado y el otro era soltado en el desierto, al que se le ha denominado el "chivo expiatorio":

"allí echará a suerte los dos machos cabríos: uno será para el Señor y el otro para Azazel. Tomará Aarón el macho cabrío que le haya tocado en suerte al Señor y lo ofrecerá en ofrenda de purificación. En cuanto al macho cabrío que le haya tocado en suerte a Azazel, lo presentará vivo ante el Señor para hacer con él el rito de expiación y enviarlo luego al desierto para Azazel." (16:8-10)

El capítulo 17 nos arroja luz acerca del simbolismo del sacrificio, recordándonos que para los hebreos, la sangre es símbolo de vida:

"Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo os he dado la sangre para hacer expiación sobre el altar por vuestras vidas; pues la sangre hace expiación por la persona." (17:11)

Para el hebreo, la sangre actúa, en un sentido, como un "desinfectante" ante todo lo que nos sitúa en el lado de la muerte. De ahí que la sangre en tales sacrificios, se derramaba y también se esparcía. La muerte del animal, sin embargo, nos recuerda las consecuencias del pecado.

El simbolismo del "chivo expiatorio", sobre el que se le imponía las manos para traspasar los pecados cometidos,  nos recuerda que el pecado es alejado del pueblo, lo cual nos hace pensar en que la culpa es quitada, Dios arroja nuestras iniquidades a lo profundo del mar y no se acuerda más de nuestras maldades.

¡Cuán importante es esta idea de ser libres del pecado y de la culpa! El reconocimiento de que nuestra manera de vivir nos daña a nosotros mismos y a otros, no solo nos empuja a la necesidad de arrepentimiento, sino también a la necesidad de ser libres de unas consecuencias que nos es imposible remediar de manera perfecta, pues el pecado, deja grietas en las vidas, y desde ahí se sigue extendiendo en dimensiones imposibles de controlar para nosotros.

En la fiesta de la expiación, la sangre que se derramaba y el chivo que se alejaba, hablaba anualmente al pueblo de que Dios provee limpieza y perdón. El gran privilegio para nosotros, es poder acercarnos a estos rituales levítico desde este momento histórico, donde Enmanuel, Dios con nosotros, ha tomado el lugar sacrifical del cordero, derramando la sangre que limpia una vez y para siempre, perdonando nuestros pecados y abriendo el proceso a través del cual todo lo que el pecado ha estropeado será restaurado.

Dios no solo proveyó una serie de ritos para cubrir, en realidad ha provisto una solución total y eficaz en Jesús, el libro de Hebreos lo dice así:

"Bajo el sistema antiguo, la sangre de cabras y toros y las cenizas de una novilla podían limpiar el cuerpo de las personas que estaban ceremonialmente impuras. Imagínense cuánto más la sangre de Cristo nos purificará la conciencia de acciones pecaminosas para que adoremos al Dios viviente. Pues por el poder del Espíritu eterno, Cristo se ofreció a sí mismo a Dios como sacrificio perfecto por nuestros pecados. Por eso él es el mediador de un nuevo pacto entre Dios y la gente, para que todos los que son llamados puedan recibir la herencia eterna que Dios les ha prometido. Pues Cristo murió para librarlos del castigo por los pecados que habían cometido bajo ese primer pacto." (Hebreos 9:13-15)

Estoy en un momento en mi vida, en el que muchos puntos ciegos han recibido luz. Esta luz no ha sido agradable al principio, pues ha mostrado aspectos en mí que están desordenados y que me hacen daño no solo a mi, también a otros a mi alrededor. Sin el reconocimiento de tales aspectos miserables en mi, el cambio de actitud no es posible. Sin embargo, he de reconocer otro aspecto que dificulta mi cambio de dirección, me refiero al sentimiento de culpa que a menudo me acompaña. He logrado ver, que cuando la culpa nos inunda, esta no solo nos hace sentir ineptos, sino que con facilidad nos lleva a ver a otros también como inaceptables. Acabamos exigiendo a los demás lo que nos exigimos a nosotros mismos, por lo general, acabamos viendo en los demás, lo que nos cuesta ver en nosotros mismos. Todo este proceso es muy común y explicable desde el campo de la psicología.

Dios quiere que medite hoy en ese animal que representa mis pecados y que vea como muere y se aleja. Además puedo ver este simbolismo en su cumplimiento, por lo que Dios desea que experimente que  la sangre de Cristo nos purificará la conciencia de acciones pecaminosas para que adoremos al Dios viviente. 

¿Recuerdas el pasaje en el que Isaías tiene una visión en la que ve la gloria de Dios y espera morir por ello? Un ángel tomó un carbón ardiendo y tocó sus labios y mira lo que le dijo:

"y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado." (Isaías 6:7)

Jesús es ese carbón ardiendo que me permite estar delante de Dios al quitar mi pecado y toda culpa.

Sin embargo, aunque podemos entender intelectualmente esta realidad, también es posible que no la estemos experimentando en nuestra vida diaria. Es frecuente que nos tratemos sin compasión, que nos sintamos culpables y que ni siquiera lo sepamos. Una señal de que eso está ocurriendo en nosotros, es nuestra tendencia a ver como culpables a los demás de lo que nos pasa a nosotros y lo que pasa en el mundo, lo cual muy sutilmente, resta importancia a nuestra propia responsabilidad.

Jesús nos perdona, nos quita la culpa, y todo ello no para dejarnos de brazos cruzados, sino para que podamos andar en el camino de la responsabilidad, donde nos disponemos a manejar nuestros impulsos incontrolables y a modificar nuestras respuestas inadecuadas en un proceso que denominamos discipulado y en el que dependemos de su Espíritu Santo: un camino responsable y sin culpa, gracias a la obra de Cristo.

¿De qué manera se manifiesta la culpa en tu vida? ¿Qué crees que te lleva a ver a los demás como culpables? ¿Qué prácticas individuales o comunitarias te pueden ayudar a ser libre de la culpa?



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