miércoles, 28 de agosto de 2019

Me adentro en la segunda carta de Pedro. Tras haberla oído al completo en formato audio me dispongo a mirarla más detenidamente en sus capítulos.

En el capítulo uno me resalta las palabras "deben esforzarse". Dice Pedro que hemos sido llamados a participar de la naturaleza divina y se nos ha concedido el poder de Dios para todo lo que necesitamos para la vida y la piedad:

"Dios, por su poder, nos ha concedido todo lo necesario para una vida plenamente piadosa mediante el conocimiento de quien nos llamó con su propia gloria y potencia a través de preciosos y sublimes dones prometidos. De este modo podréis participar de la misma condición divina, habiendo huido de la corrupción que las pasiones han introducido en el mundo." (1:3-4)

Esta idea es básica para entender la formación espiritual, sobre todo, cuando en algunos contextos cristianos predomina la idea de que la salvación solo afecta la vida al otro lado de la tumba. Sin embargo, el Nuevo Testamento nos da suficiente material para entender que la muerte y resurrección de Cristo hacen posible que vivamos la vida de Cristo en este mundo. Todo lo que Cristo vivió, se convierte desde la perspectiva del discípulo, en un camino posible e imitable gracias a la entrega de Jesús en la Cruz.

Sin embargo, esta gracia no significa ausencia de esfuerzo por nuestra parte, por el contrario, Pedro comenta que precisamente porque tenemos un llamado, se nos ha concedido el poder y hemos recibido sus promesas, que debemos esforzarnos:

"Por lo mismo, esforzaos al máximo en añadir a vuestra fe, la honradez; a la honradez, el recto criterio; al recto criterio, el dominio de sí mismo; al dominio de sí mismo, la constancia; a la constancia, la piedad sincera; a la piedad sincera, el afecto fraterno, y al afecto fraterno, el amor." (1:5-7)

Además, Pedro se atreve a decir que si tenemos tales cosas y las desarrollamos seremos libres de una vida inútil o sin frutos (v. 8) y vuelve a llamarnos a dejar de estar de brazos cruzados:

"Por tanto, hermanos, redoblad vuestro empeño en consolidar vuestro llamamiento y vuestra elección. Haciéndolo así, jamás fracasaréis." (1:10)

Sin embargo, debemos reconocer que nuestro modelo de discipulado en occidente ha abandonado esta idea de esforzarnos en desarrollar hábitos y actitudes y a veces se ha reducido a asistir a reuniones y escuchar sermones. Los maestros cristianos en oriente, siguiendo el modelo de Jesús, ayudaban a sus discípulos a desarrollar una nueva manera de vivir. De ahí que pasar tiempo con los discípulos en la vida cotidiana siempre fue algo importante. Por otra parte, el maestro enseñaba prácticas para la vida: recordemos a Jesús enseñándoles a orar en el pasaje del Padre Nuestro, llevándolos a lugares solitarios y tranquilos, enseñándoles a practicar la oración y meditación en el retiro y el silencio o llevándolos en medio de los necesitados para darles de comer y sanarlos...

¿Estamos dispuestos a enseñar a nuestros discípulos prácticas espirituales como un medio para arraigar en nosotros virtudes y de esa manera no fracasar? (v. 10)

Sin duda, el discipulado que usa las prácticas espirituales y que nos lleva a esforzarnos en una nueva manera de vivir, no debe olvidar que está fundamentado en la gracia de Dios, pues como dice Pedro, es porque hemos sido llamados, hemos recibido el poder de Dios y sus promesas, que debemos y podemos esforzarnos en añadir...(v. 5-7). La práctica del discípulo es la fe en acción, que nos saca de nuestra zona de confort y nos coloca en el lugar donde Dios obra y transforma.

¿Hemos reducido en mi comunidad cristiana la formación espiritual a la sola transmisión de información? ¿Qué elementos de la vida de Jesús están por desarrollarse en mi vida? ¿Qué implica de manera práctica esforzarme en obtenerlos? ¿Qué prácticas concretas puedo desarrollar en los próximos días como resultado de una fe viva que me coloca en el lugar donde la sola gracia de Dios me transforma?


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