martes, 26 de noviembre de 2019

Proverbios 25 al 27 recoge una serie de lecciones morales y comparaciones, muchas de ellas dedicadas a la necedad y sus consecuencias.

Sin embargo, el verso que me ha destacado es el siguiente:

"No te jactes del día de mañana; 
Porque no sabes qué dará de sí el día." 
(27:1)

La razón por la que este texto llama mi atención está relacionado con una dramática situación vivida: Un querido compañero de trabajo, joven y sano, estaba junto a su pareja en el gimnasio, cuando de repente cae al suelo debido a un infarto cerebral muriendo poco tiempo después.

La muerte de mi amigo y compañero no solo nos ha llevado al duelo y a las lágrimas a todos los que le conocíamos, también nos ha llevado a reflexionar acerca de que no sabemos si mañana estaremos aquí. Vivimos como si estas cosas nunca nos fueran a pasar, pero cuando ocurre a alguien tan cercano, es inevitable que no se vea tocado esa falsa sensación de invulnerabilidad.

Estando en el tanatorio conversaba con otro compañero, que unas horas antes acudió a ese mismo lugar para ver a la familia de otro amigo que murió en circunstancias similares, este compañero me decía entre lágrimas que al salir de allí solo quería irse a beber a los bares.

Una compañera sollozando me reconocía que se sentía mal por haber estado llorando semanas atrás por importantes pérdidas materiales en su hogar, ahora era consciente que aquellas pérdidas no merecían tales lágrimas ni eran tan importantes como pensaba.

Otra compañera que había vivido tensión con otras, me comentaba también entre lágrimas: "nosotros peleándonos, cuando debiéramos estar disfrutándonos, no sabemos cuanto tiempo estaremos aquí". Parece que cuando tenemos más presente la muerte, la vida se vive mejor.

Comprenderás porqué me ha llamado la atención este verso. Vivimos el hoy como si fuéramos inmortales, pensando que mañana será un día mejor para disfrutar, para arreglar asuntos pendientes, para ocuparnos de lo verdaderamente importante... sin embargo, lo único que tenemos seguro es el ahora.

Nuestra sociedad nos invita a vivir a un ritmo desenfrenado, donde solo nos queda soñar con un futuro mejor mientras sobrevivimos en el activismo. Sin embargo, no podemos predecir el futuro, solo podemos decidir como vivir el presente.

Lo que tengo para entregar a Dios es mi ahora y es cuando entrego el ahora, que puedo aprovechar el momento de verdad, ya sea para disfrutar de los placeres de la vida, para reconciliarme con los demás, para ver mi trabajo, mi familia, mis vecinos con los ojos correctos, para responder de manera adecuada a la presión, a la crítica...

¿Soy consciente que mi entrega a Dios no es un evento pasado o futuro sino una actitud que solo puedo realizar ahora?

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