viernes, 7 de febrero de 2020

Al llegar el pueblo de Israel a la llanura de Moab, este se alarmó de tener un pueblo tan numeroso tan cerca y decidió llamar a un supuesto profeta llamado Balaán, para que maldijera al pueblo de Israel.

"envió mensajeros a Balaán, hijo de Beor, que residía en Petor, ciudad que está junto al río Éufrates y era su país de origen, para que le dijeran: — Un pueblo ha salido de Egipto y cubre ya la faz de la tierra; ahora se ha asentado delante de mí. Ven, pues, y maldice a este pueblo de mi parte pues es más fuerte que yo; quizá entonces yo pueda derrotarlo y expulsarlo de mi territorio. Porque yo sé bien que será bendito quien reciba tu bendición y a quien tú maldigas, maldito será." (22:5-6)

El relato nos cuenta que Balaán no responde rápidamente a la petición, sino que decide consultar al Señor al respecto:

"Él les respondió: — Pasad aquí esta noche y yo os contestaré según me diga el Señor. Se quedaron, en efecto, con Balaán aquella noche los dignatarios de Moab." (22:8)

Dios se reveló en sueños a Balaán y le dijo:

"— No vayas con ellos. Tú no debes maldecir a ese pueblo porque es un pueblo bendito." (22:12b)

Pero otros dignatarios de más influencia fueron enviados al profeta para volverle a pedir que fueran con ellos a maldecir a Israel y recibir presentes por ello. Balaán vuelve a consultar al Señor y este le dice que vaya con ellos, pero que no diga nada que el no le muestre... y en el camino, algo sorprendente ocurre. La burra que Balaán llevaba no sigue las indicaciones de este porque ve a un ángel en el camino, y ante los azotes del profeta para que le obedezca, la burra empieza a hablar y a conversar con Balaán.

"Entonces el Señor hizo que la burra hablara e increpara a Balaán: — ¿Qué te he hecho, para que me hayas apaleado ya tres veces?" (22:28)

La escena no deja de ser sorprendente para nuestras mentes occidentales del siglo XXI, sin embargo, haríamos bien en no dejar escapar un principio universal muy necesario para combatir nuestras burbujas religiosas. Dios puede valerse de cualquier medio para comunicarse con nosotros.

Cómo el ver animales hablar no es algo que aceptamos con facilidad ni esperamos ver, nos es fácil perder de vista un hecho del relato que si ocurre frecuentemente hoy y que que a veces tampoco aceptamos con facilidad ni esperamos ver. Me refiero a que una persona como Balaán, que no era parte del pueblo de Israel y por lo tanto no estaba familiarizada con los rituales y ritmos del pueblo de Dios, pudiera comunicarse tan bien con el Señor y acabar siendo un instrumento de bendición.

¡Cuánto nos cuesta ver a Dios más allá de nuestras burbujas religiosas! Sin embargo, Dios está trabajando en cada rincón de este planeta, lo hace con cada ser humano, y lo hace muy bien. Él sabe como comunicarse perfectamente con los que tienen una cultura y unas creencias diferentes a las nuestras y ser consciente de ello es una señal de que entendemos su grandeza.

El término Missio-Dei ha tomado fuerzas en estos años atrás, y hace referencia al hecho de que Dios es un Dios misionero y la misión es en realidad suya, lo cual nos recuerda, que nosotros tan solo somos invitados a colaborar en lo que Dios está haciendo. Muchas veces, sin que nosotros en nuestra soberbia seamos consciente, Dios lleva a cabo su misión sin nosotros, y es esta realidad a la que me lleva el pasaje de hoy.

¿Dónde me cuesta más ver que Dios esté trabajando? ¿Cómo puedo tener mis ojos más atento para ver la obra de Dios allí por donde paso y donde llego? ¿Qué es en el fondo lo que nos lleva a pensar que el mundo está perdido hasta que nosotros lleguemos?


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