domingo, 2 de febrero de 2020

En los capítulos del 13 al 19 el pueblo de Israel ha llegado ya desde el Sinaí al desierto de Parán, y si durante el viaje la crítica fue algo constante, en el nuevo lugar sigue siendo la tónica de actuación.

No cabe duda que el desierto implicó una travesía hostil, lo cual siempre es adecuado para sacar del interior lo mejor y lo peor de los viajeros. Los frutos de la formación espiritual se pone siempre en evidencia cuando estamos en circunstancias límites. Por ejemplo, en el capítulo doce vimos que María casi preparó un motín en contra del liderazgo de Moisés en medio de las dificultades, sus críticas alimentaron al pueblo negativamente. Esas mismas dificultades que María percibía, y a las que respondía con su crítica vehemente, Moisés también las experimentaba, pero el además, tenía que bregar con las respuestas difíciles e injustas del pueblo y seguir dirigiéndoles. La gran diferencia es que Moisés, enfrentando más dificultad que María, manifestó mansedumbre... él no se alegró por la lepra de Maria como consecuencia de su actitud errónea, sino que intercedió por ella con compasión. Eso me hace preguntarme algo ¿Qué sale de mi cuando estoy en dificultades, un espíritu de crítica o un espíritu de comprensión y compasión? Otra vez, las dificultades sacan de nosotros lo que está en nuestro interior.

En la porción en la que medito hoy, doce espías fueron enviados a examinar la tierra que debían tomar. Llama mi atención, que ante este reto sale a la luz la percepción profunda que tenemos de nosotros mismos y de los demás. En este caso diez de los doce espías explican así su percepción:

"—La tierra que hemos recorrido y explorado es una tierra que devora a sus habitantes. Toda la gente que vimos en ella es de gran estatura; también vimos allí nefilitas (los descendientes de Anac provienen de los nefilitas). Nosotros, a su lado, teníamos la impresión de ser como saltamontes, y eso mismo les parecíamos a ellos." (13:32b-33)

Está claro que si la percepción de ellos mismos es "ser como saltamontes" y a la vez no sale de ellos ninguna percepción acerca de como es el Dios que les acompaña, el resultado sea de nuevo la crítica y el desánimo:

"Entonces toda la comunidad comenzó a lamentarse a gritos y el pueblo pasó toda la noche llorando. Toda la comunidad a una murmuraba contra Moisés y Aarón diciendo: —¡Ojalá hubiéramos muerto en el país de Egipto! O si no, ¡ojalá, al menos, hubiéramos muerto en este desierto!" (14:1-2)

Solo Josué y Caleb mostraron una percepción diferente tras la exploración, el reto sacó de ellos otra manera de verse y mirar el entorno:

"Entonces Caleb impuso silencio al pueblo en presencia de Moisés y dijo: —Subamos con decisión y apoderémonos de esa tierra, pues somos más poderosos que ellos." (13:30)

Más adelante, nos encontramos con otra respuestas detestable en medio de la hostilidad del desierto, Coré, junto a otras personas de influencia, preparan un motín:

"y se rebelaron contra Moisés junto con doscientos cincuenta israelitas, jefes de la comunidad y miembros del consejo, todos ellos personas de renombre." (16:2) aquel

Dios interviene y enseñó al pueblo la importancia de la guía y la autoridad espiritual. En medio de una mortandad dramática, Aarón toma un incensario y dice el texto:

"Se puso entre los vivos y los muertos y se detuvo la plaga." (16:48)

Nuevamente, vemos una respuesta de compasión e intercesión por quienes están sufriendo las consecuencias de escoger el camino equivocado. Moisés y Aarón se colocan ante nosotros con los elementos necesarios para ser reconocidos como espiritualmente maduros. Con razón ellos fueron instrumento de Dios para guiar a un pueblo tan difícil.

La inmadurez espiritual saca de nosotros la queja y la rebelión, la madurez espiritual, por el contrario, nos llevará a un espíritu de agradecimiento y también a ser compasivos con los que nos rodean, aun a pesar de que a veces estén sufrimiento por escoger caminos injustos. Reconozco que el pueblo de Israel representa muy bien mi inmadurez espiritual. La crítica sale de mi constantemente en momentos de presión y todo ello me hace pensar en la necesidad que tengo de avanzar para ser más como Moisés y Aarón, en el sentido de ser una persona mansa y llena de compasión con los que me rodean.

En estos días, algunos miembros de la comunidad cristiana en la que participo nos hemos adentrado a conocer más a fondo el movimiento de santidad. Hemos descubierto que tratar de actuar de la manera adecuada en el momento oportuno (lo cual me parece buena definición de lo que es la santidad) es imposible sin una transformación profunda de nuestro corazón.

Algunas personas en la comunidad estamos practicando en estos días disciplinas espirituales relacionadas con evitar durante todo un día la crítica o el hablar mal de los demás. Al adentrarnos en la práctica durante un tiempo, vamos descubriendo que reformar los hábitos de nuestros pensamientos y lenguaje implica un cambio profundo de mente y corazón, por lo que a menudo retomamos prácticas del movimiento contemplativo (en el que nos adentramos meses atrás), donde el venir a Dios en silencio para que el nos recuerde su amor y nos sane, no se puede desligar de las prácticas de santidad.

Concluyo una vez más reconociendo que las dramáticas historias del Antiguo Testamento son también mis propias historias y ante ellas, decido poner mi confianza en Jesús, a través de una fe práctica que me lanza a empezar a pensar, sentir y actuar de una manera diferente, bajo la guía y poder del Espíritu Santo.

¿Qué crees que te aportaría el tratar de estar un día completo sin criticar y sin hablar mal de otros? Ten en cuenta que la práctica espiritual nunca debe ser una carga pesada, sino una manera de expresar la fe y confianza en Jesús de manera viva y activa. Imagínate que la práctica es la manera en la que decides lanzarte valientemente al vacío, esperando que Jesús te reciba en sus brazos.

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