jueves, 11 de junio de 2020

Si en los capítulos uno y dos el autor de Hebreos ha mostrado que Jesús es superior a los ángeles y en los capítulos tres y cuatro que es superior a Moisés, ahora nos va a mostrar que Jesús es superior a los sacerdotes levíticos.

Los sacerdotes levíticos eran personas imperfectas, que si bien ofrecían sacrificios por el pecado del pueblo, también lo tenían que hacer por sus propios pecados:

"En efecto, todo sumo sacerdote es alguien escogido entre los hombres para representar ante Dios a todos los demás, ofreciendo dones y sacrificios por los pecados. Puesto que también él es presa de mil debilidades, está en disposición de ser compasivo con los ignorantes y extraviados, y debe ofrecer sacrificios tanto por los pecados del pueblo como por los suyos propios." (5:1-3)

Sin embargo, de Jesús, que proviene de la tribu de Judá, y que por tanto no tiene descendencia levítica, el autor lo nombra como un sacerdote superior:

"y ha sido proclamado por Dios sumo sacerdote según el rango de Melquisedec." (5:10)

Melquisedec es un personaje misterioso que aparece en Génesis 14:18-24 bendiciendo a Abraham. Se le nombra como rey y sacerdote, pero nada sabemos de su descendencia. Por lo que Melquisedec, es usado como figura de un sacerdocio diferente al levítico; un sacerdocio que no depende de tu pertenencia familiar a un linaje concreto.

El autor deja claro en su argumento, que al ser incompleto el sistema sacerdotal levítico, ya que estos sacerdotes necesitaban sacrificios por sus propios pecados a la vez que lo ofrecían por los pecados del pueblo, necesitamos de Jesús, como sacerdote perfecto para siempre (7:28).

"Un sumo sacerdote así era el que nosotros necesitábamos: santo, inocente, incontaminado, sin connivencia con los pecadores y encumbrado hasta lo más alto de los cielos. No como los demás sumos sacerdotes que necesitan ofrecer sacrificios a diario, primero por sus propios pecados y después por los del pueblo. Jesús lo hizo una vez por todas ofreciéndose a sí mismo." (Hebreos 7:26-27)

Toda esta argumentación, vuelve a colocarnos en otra incómoda advertencia. Rechazar a Jesús cuando en parte le conozco, es rechazar nuestro camino de reconciliación con Dios, de ahí, que conocer el mensaje de salvación y vivir alrededor del mismo para acabar rechazándolo, es algo absurdo para el escritor de esta carta. Es muy probable que el autor tuviera información acerca de personas que participando de la comunidad cristiana, estaban abrazando una cosmovisión de la vida contradictoria con la que Jesús nos ofrece y viviendo de manera opuesta a como se espera de un cristiano.

"Es imposible, en efecto, que quienes fueron un día iluminados, saborearon el don celestial, participaron del Espíritu Santo, gustaron la dulzura del mensaje divino y experimentaron las maravillas del mundo futuro, y a pesar de ello apostataron, puedan de nuevo convertirse y renovarse. Lo que hacen es crucificar otra vez en sí mismos al Hijo de Dios y exponerlo a público escarnio. Y es que cuando la tierra embebe la lluvia que cae insistentemente sobre ella y produce plantas útiles a quienes la cultivan, es una tierra que ha recibido la bendición de Dios. Pero si no produce más que cardos y espinas, es una tierra baldía, a un paso de ser maldecida, y acabará siendo pasto de las llamas." (6:4-8)

No creo que este texto, que no es fácil de interpretar, pretenda crear miedo en sus oyentes, pero si es posible que quiera mostrar con contundencia, la insensatez de tener delante de nuestros ojos un camino que sabemos que nos salva, y darnos la vuelta para escoger el camino que nos destruye. A la vez, el texto nos recuerda que los frutos en nuestras vidas, son señales de el camino que hemos escogido andar; así como una tierra sin agua solo da cardos y espina, una vida que no recibe la vida de Dios, no producirá una vida de justicia y compasión, sino de injusticia y egoísmo.

Considerar que el problema del pecado en los seres humanos, tiene solución en Jesucristo, nos debe llevar a mirar las áreas enfermas de nuestra vida con esperanza. A la vez, esta esperanza nos debe llevar a tomar en serio la vida de discipulado, entendiendo la misma, como vivir en conexión con Jesús, a través de una fe viva que nos pone a vivir como el nos enseñó bajo el poder de su Espíritu: no juzgando, amando a nuestros enemigos, no afanándonos, buscando momentos en silencio con el Padre... y sabiendo que en ese Camino de fe viva, es donde la gracia de Dios nos va transformando y nuestra experiencia de salvación se hace tangible hoy.

 ¿Cómo me afecta el considerar que en Jesús el problema del pecado tiene solución? ¿Cómo me siento al pensar que hay un camino que me lleva a ser liberado de lo que me engaña y me oprime? ¿Qué respuesta práctica voy a dar a esta verdad espiritual?



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