sábado, 17 de octubre de 2020

En las últimas palabras del Predicador, seguimos encontrando argumentos acerca de porque la vida no es justa, y por ello, no podemos vivir con garantía de que el bien y los beneficios nos alcanzarán, aun cuando vivamos haciendo lo correcto.

"había una ciudad pequeña, de pocos habitantes; vino contra ella un gran rey que la cercó y la asedió con grandes fortificaciones. Vivía allí un hombre pobre y sabio, que hubiera podido salvar la ciudad con su sabiduría; pero nadie se acordó de él." (9:14-15)

Por mucho que tratemos de controlar los resultados con esfuerzo e integridad, cualquier detalle, por pequeño que sea, puede arruinarlo todo ¿Es esto justo? No lo parece, pero para el Predicador, la vida "debajo del Sol" no es justa. 

Un perfumista puede pasar muchas horas elaborando el mejor olor del mundo, pero en un momento, todo el trabajo puede quedar sin la recompensa esperada:

"Una mosca muerta pudre un perfume; un poco de necedad cuenta más que sabiduría y honor." (10:1)

A través de muchos otros ejemplos, relacionados con el trabajo, se nos recuerda que no podemos garantizar lo que buscamos tan solo con esfuerzo, no podemos predecir que todo saldrá bien: 

"El que cava una fosa, cae en ella; 

al que derriba un muro, le muerde una serpiente.

El que saca piedras, se lastima con ellas;

el que corta leña, puede hacerse daño." (10:8-9)

La observación de todas estas incidencias que no predecimos, no llevan al Predicador a despreciar el que actuemos con sabiduría e inteligencia, pero si nos invita a no vivir como si pudiéramos controlar el futuro. Aceptar nuestras limitaciones y dejar de ser controladores compulsivos en la vida cotidiana es una de las asignaturas que debemos aprobar en la espiritualidad profunda. 

El Predicador, ha observado que la vida está perfectamente preparada para enseñarnos nuestras limitaciones y plantearnos una manera de vivir donde descubrimos que no somos Dios y nos toca someternos y confiar en lo que está "por encima del Sol" o lo que es lo mismo; más allá de mirar el mundo sin tener en cuenta al Creador. 

Con una nueva exhortación a la alegría, va cerrando sus nuevas reflexiones, manifestando la fugacidad de lo que a veces consideramos los momentos más vigorosos e intensos en la vida:

"Disfruta, joven, en tu adolescencia y sé feliz en tus días de juventud; sigue los sentimientos de tu corazón y lo que es atractivo a tus ojos; pero debes saber que por todo esto Dios te pedirá cuentas. Aleja las penas de tu corazón y aparta el sufrimiento de tu cuerpo, porque efímera es la juventud." (11:9-10)

En la conclusión del discurso, el consejo de tener en cuenta a Dios, lo que significaría alzar la mirada "más allá del Sol", empieza a resonar y prepara la conclusión de quien está usando su discurso para enseñar a su hijo:

"Ten en cuenta a tu creador en tus días de juventud, antes de que lleguen los días malos y se acerquen los años en que digas: “no siento ningún placer”;" (12:1)

Y el segundo personaje, quien presentó al Predicador, entra de nuevo en escena para despedir el discurso:

"Cohélet, además de ser un sabio, también instruyó al pueblo; investigó, estudió y compuso muchos proverbios. Cohélet procuró encontrar palabras adecuadas para escribir con acierto sentencias veraces." (12:9-10)

Y llegamos a la conclusión de todo el libro por este segundo personaje:

"Conclusión del discurso: todo está dicho. Respeta a Dios y guarda sus mandamientos, pues en eso consiste ser persona." (12:13)

Acabamos de ser colocados en un lugar del que a veces huimos. Acaban de señalarnos una realidad que a veces no aceptamos: las personas humanas no somos dioses, somos seres limitados, incapaces de predecir que todo saldrá como nos gustaría o planeamos, y vivimos en ignorancia y frustración cuando no tenemos en cuenta al Creador y sustentador de la Vida. Nos equivocamos cuando rehusamos confiar solo en lo que vemos "debajo del Sol" y no en lo que va más allá de lo que percibimos. 

Eclesiastés es excelente para que el ídolo más poderoso en nuestras vidas, nosotros mismos, sea detectado y derribado. Si este ídolo no se derriba, nuestra verdadera humanidad no nos será revelada y no podremos exponerla abiertamente ante él único que puede darnos la perspectiva correcta para vivir. 

Respetar a Dios y guardar sus mandamientos, es una invitación a reconocer que estamos perdidos cuando vivimos fuera de los parámetros del Creador. Es la invitación a un camino de oración, escucha y obediencia donde aquel que es Amor con mayúscula nos sostiene en cualquier circunstancia y nos da un sentido profundo que transciende todo lo que se nos escapa. 

Vuelvo a las palabras de Teresa de Ávila para concluir mis reflexiones sobre este libro, sospecho que ella buscó y entendió lo que realmente necesitaba y por ello escribió:

"Quien a Dios tiene, nada le falta, solo Dios basta"

Eclesiastés concluye con la frase "Respeta a Dios y guarda sus mandamientos" ¿Qué implicaciones prácticas tiene para ti este consejo? ¿Hay algo que quieres hacer para adentrarte esta semana más en respetar a Dios y guardar sus mandamientos?


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