viernes, 6 de noviembre de 2020

Esta es una de las primeras cartas que tenemos de Pablo. Sabemos por el libro de Hechos que Pablo visitó la sinagoga de Tesalónica y enseñó que el Mesías debía sufrir y que este Mesías fue Jesús, quien murió y resucitó (Hechos 17:1-3). Muchos creyeron el mensaje y parece que así empezó una nueva comunidad. Sin embargo, a esta comunidad no le faltó dificultades desde su inicio; algunos organizaron alborotos y declararon que ellos eran infieles al César al declarar que el verdadero rey es Jesús (Hechos 17:7).  

Pablo escribe a cristianos que han demostrado su fe, amor y esperanza de una manera práctica en medio de un ambiente hostil, y así, en la oración con la que inaugura su escrito (la primera oración de dos más que pronunciará) declara:

"acordándonos sin cesar delante del Dios y Padre nuestro de la obra de vuestra fe, del trabajo de vuestro amor y de vuestra constancia en la esperanza en nuestro Señor Jesucristo." (1:3)

Pablo les recuerda que el evangelio no les llegó solamente como un mensaje intelectual, sino como un poder transformador que les llevó a un estilo de vida diferente que inspiró a otros:

"pues nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre. Bien sabéis cómo nos portamos entre vosotros por amor de vosotros. Vosotros vinisteis a ser imitadores nuestros y del Señor, recibiendo la palabra en medio de gran tribulación, con el gozo que da el Espíritu Santo. De esta manera habéis sido ejemplo a todos los creyentes de Macedonia y de Acaya," (1:5-7)

Si el evangelio no nos transforma en una manera de vivir que acaba bendiciendo a los demás, lo único que nos quedan son ideas para satisfacer nuestra curiosidad o en el peor de los casos, ideas para discutir con los demás ¡Qué triste cuando el evangelio se muestra solo como un elemento para la discusión, en vez de como el elemento que nos transforma! 

Sin duda, el intelecto es una de las áreas que el evangelio nos transforma, y parece que en la comunidad cristiana de Tesalónica, muchos habían cambiado su paradigma para interpretar el mundo, despojándose de creencias politeistas que le llevaban a vivir rindiendo lealtades a diferentes divinidades según áreas concretas de la vida y sin una esperanza firme en el futuro:

"...cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera." (1:9b-10)

La conversión, tiene que ver con el arrepentimiento y en el lenguaje original del antiguo testamento no se usa una palabra religiosa, sino la misma que describe un cambio de dirección de 180 grados. 

A menudo, nos quedamos solo con la idea de que la conversión es un evento único, sin embargo, aunque podamos identificar un evento destacado de conversión en nuestra vida y en la de otras personas, la conversión es a la vez un proceso. 

Si bien, un día decidimos darnos la vuelta y seguir a Jesús, es poco a poco que Él nos va revelando aquellas áreas de nuestras vidas que aun deben convertirse, que aun no están rendidas totalmente o suficiente a Dios... Los politeistas rendían a diferentes dioses diferentes áreas de sus vidas, sin embargo, en la fe judeocristiana todos los aspectos de nuestra vida deben estar rendidos ante un solo Dios, liberándonos así de una lealtad esquizofrénica. 

No obstante, es posible ser monoteista y vivir como politeista, y eso ocurre cuando declarando a Jesús como único Señor, vivimos, por ejemplo en nuestra área econonómica, rendidos ante el consumismo de nuestros días, o en el área de liderazgo personal, rendidos ante el hedonismo de nuestro siglo. 

La conversión, por tanto, es un evento en el sentido de que un día decidimos seguir a Jesús, pero a la vez es un proceso, en la medida de que en nuestro caminar con él, vamos descubriendo que hay áreas de nuestra vida que no le hemos entregado aun. 

Este aspecto es básico para entender porque el evangelio es poder de Dios para transformarnos, así como fueron transformados Pablo y los Tesalonicenses y desde ahí poder inspirar a otros, como también Pablo fue ejemplo de inspiración para ellos y ellos para personas en Macedonia y Acaya. 

Concluyo pues, que si bien el evangelio me ha dado una nueva cosmovisión para entender el mundo, es en un proceso de conversión que el Espíritu Santo nos va transformando. En este proceso no estoy de brazos cruzados, sino que voy rindiendo todo aquellos aspectos que el me revela. Además, lo que rendí en el pasado, no significa que esté rendido hoy (el pasado ya no existe y el futuro no llegó) pues la vida es dinámica y lo único que puedo rendir a Dios es el presente.

Te reto a sacar un tiempo para evaluar tu propio proceso de conversión regularmente. Quizás ahora tienes tiempo para hacerlo o prefieres buscar un momento más oportuno. La idea es la siguiente:

Mira tu vida hoy, tus pensamientos, tus emociones, tu cuerpo físico ¿Hay aspectos que deben ser rendidos a Dios? ¿Qué significa rendir estos aspectos a Él?

Mira tu vida relacional, tu familia, tu comunidad cristiana, tus amigos, tus compañeros y vecinos ¿Está tu vida relacional rendida a Dios? ¿Qué significa para ti rendir tu vida relacional a Él?

Mira tu trabajo, tus proyectos, tu economía, tus sueños ¿Hay aspectos que sientes que no están puesto en sus manos? 




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